viernes, 17 de octubre de 2008

Nota XX
17 de octubre
Por JUAN L. MANAZZONI
Octubre de 2008
La evocación del 17 de octubre, al margen de la sonrisa socarrona que pueda generar en algunos la expresión “lealtad” en un partido signado por el faccionalismo y los personalismos, es prueba aún de la incisiva capacidad de la figura de Perón respecto de la política argentina para las décadas futuras a su desaparición física.

Simple es preguntarse qué partido político argentino logra celebrar sus gestas aún recientes, como con frecuencia lo hace el peronismo respecto de fechas históricas y lejanas como la del 17 de octubre, que nos traslada 63 años al pasado, o qué fuerza política puede activar un recuerdo así, año a año, en varios puntos del país y aún bajo dirigencias internas agudamente divorciadas.

Fue por octubre del ’45, que emergió una de las manifestaciones que más configuraría la política argentina posterior: los trabajadores abandonaron su fuente laboral, su modo de ganar el poco pan que ganaban para dirigirse a la Plaza de Mayo y reclamar por la liberación de Perón. Aunque discutible para algunos, el pueblo se movilizó y ganó la calle para conseguir la vuelta (la primera) de quien les había logrado una sustancial mejora en su calidad de vida.

Aquellos días de octubre no separaron del poder al coronel, para lo que muchos se habían combinado, sino que por el contrario lo lanzaron a la directa conquista de la más alta magistratura, potenciando la implementación de aquellas ideas sociales reformistas muy debatidas en el pasado pero que recién con Perón se habían comenzando a implementar.

Seis décadas más tarde ocurre el efecto contrario: en 1945 la Plaza recibió los miles de trabajadores que se acercaban y reunían por Perón. Hoy la Plaza se vacía, mientras esas columnas históricas marchan tras sus líderes menores.

Este 17 de octubre conmemoró aquella jornada histórica con una serie de dedicaciones casi simultáneas: el mismo Gobierno hizo dos actos, uno con la Presidenta y otro con Kirchner y el Consejo Nacional del partido, de forma que ninguno concentre el protagonismo y muestre ciertas ausencias destacadas. El “único movimiento” este viernes se dividió respecto de sus caudillos provinciales, dirigentes nacionales o líderes territoriales en actos que se mostraron “no compatibles” entre sí.

Esta supuesta no compatibilidad de los distintos actos pareciera descubrir que no es el Día de la Lealtad justicialista lo que algunos celebraron: si ése fuera el objeto de celebración, no habría motivos de dispersión, sino al contrario, excusa de reunión. Es claro que lo celebrado fue entonces el liderazgo coyuntural de unos cuantos. ¿Importa la cara de Kirchner a la hora de conmemorar aquella gesta fundacional? O más bien, ¿importa la cara de Kirchner, si lo que se aplaude es su modo de conducción? Ensayar ambas respuestas, ya perfila el cuadro de situación.

A 25 años de la recuperación democrática, 2008 venía a ser la oportunidad exclusiva para una celebración especial, respecto del movimiento político predominante en la historia política reciente: oportunidad para reafirmar el compromiso democrático desde su propia base partidaria. Pero el ansia coyuntural por mantenerse en la cúspide de poder sin posibilitar la generación futura de un proyecto que trascienda el corto plazo y las apetencias personales, congeló esa posibilidad de mejorar una fuerza política que seguirá siendo protagónica en la política de los años que vendrán. La búsqueda discrecional por encolumnar apoyos de turno en el partido que gobierna, vuelve a enredar el futuro del país.

Es virtud del buen conductor disponer el lugar a las futuras conducciones políticas. Hoy aún parece que no se aprendió la lección: los liderazgos post Perón se formalizaron como conductores “de última instancia”, vendiendo que más allá de ellos sólo quedaría la nada. Esa actitud fomentó la aparición de nuevos liderazgos de ese tipo, que al surgir niegan todo su pasado y se empotran como “nuevos mesías”. Y al agotar su liderazgo, abren la puerta a otro que asumirá la misma actitud: “el anterior fue todo malo y yo soy todo bueno”.

Recuperar la conciencia histórica, fomentar la dimensión de pertenencia y asumir las responsabilidades de lo cometido son algunas de las formas que crearán cierta previsibilidad en uno de los partidos más influyentes de la política argentina.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Nota XIX

Clientela nacional
Por JUAN L. MANAZZONI
Septiembre de 2008

Son cada vez más resonantes las críticas que en nuestro país exigen el fin de ciertas prácticas políticas enquistadas que corrompen la dinámica y el funcionamiento esperados respecto de las instituciones y la política en general.

Si buscásemos enumerar esos vicios que conserva con frecuencia nuestro sistema político, debiéramos emprender una tarea ardua, debido a la cantidad, y penosa, respecto de lo ingrato que significa descubrirlos. Hoy intentamos particularizar uno de tales defectos, el clientelismo, actividad que en verdad muchos denuncian y de la que pocos se hacen cargo.

Preguntándonos en qué consiste, en muy pocas palabras puede afirmarse que el clientelismo es una forma de adquirir consensos electorales (es decir, votos) a partir del reparto discrecional de recursos estatales. Al describirlo, Bobbio y Matteucci señalan que “los políticos de profesión, ofrecen a cambio de legitimación y sostén– o sea votos, toda clase de recursos públicos de los que pueden disponer, como cargos y empleos públicos, financiamientos, licencias, entre otros.”
Aquí, la finalidad primordial es la construcción de poder: todo político con actitudes clientelares busca construir o mantener el poder, porque generar consensos y afecto se le hace cada vez más difícil por si mismo, al tiempo que el beneficiario, ante su situación de necesidad y constreñimiento, se favorece con prebendas.

Los actores que se envuelven en esta forma de vínculo social son los políticos “contratantes”, que se disponen a cautivar adhesiones; los “clientes”, que aceptan un beneficios o recursos del Estado facilitados por los aquellos políticos a cambio de su apoyo; y el “puntero”, quien intermedia y obtiene también beneficios para sí y su estructura política local. Final y extensivamente, intervienen también el Estado, de donde salen los recursos, y la sociedad, que contribuye al tesoro público y padece la adulteración de su voluntad democrática.

En estas circunstancias perniciosas, quien sólo “gana” es el dirigente que así acrecienta o mantiene su poder e influencias, mientras damnifica a todos los demás: los beneficiarios, que si bien en el corto plazo obtienen algunas ventajas, en verdad por ser funcionales a este sistema corrupto son usados como “funcionales al sistema”, no fomentando su ascenso social y teniéndolos siempre a disposición; la sociedad en general pierde no sólo sus recursos materiales, sino lo que es peor, aquellas oportunidades de construcción de un futuro común sobre bases de una calidad democrática creciente.

Con lamento, puede verse cómo el clientelismo se manifiesta con mayor frecuencia en las zonas y sectores más vulnerables socialmente: el conurbano bonaerense o los barrios con una realidad social delicada en las ciudades del interior del país, son los más notables ejemplos. Pero no es exclusivo en este sentido: asombrosamente vemos también cuánto se repiten “clientelismos de guante blanco”, donde con foto y discursos, se racionan beneficios con una evidente intención y discrecionalidad políticas.

Es un espíritu de apropiación el que cimienta tales prácticas, por fuerte que suene la expresión. Pero más fuerte es engañar a la gente que padece debilidad y necesidades, exhibiéndole espejos de colores: no utilizando esos recursos públicos sino en beneficio personal, asignándoselos para que los beneficiados se conviertan en adhesiones, votantes o activistas. Y son espejos de colores, pues reflejan una cierta ventaja para quien lo recibe, pero que generando a la vez una cada vez mayor dependencia de las voluntades políticas.

El clientelismo no es exclusivo de nuestra Argentina contemporánea: ya la antigua Roma atestigua cómo el patronazgo intercambiaba trabajos y protecciones públicas entre familias. No obstante, la antigua Roma no nos exime de perseguir este mal social que a nuestra propia vida democrática le hipoteca sus mayores posibilidades. Tampoco es exclusivo de tal o cual fuerza política: si bien las responsabilidades no son todas iguales.

La mejor forma de atacar estas redes de fidelidades personales edificadas a partir del uso personal que la clase política hace de los recursos estatales es denunciándolas y publicándolas, haciéndolas notorias: legitimar una dirigencia pública a partir del abuso de la debilidad del otro es un disparate no sólo político, sino sobretodo humano, simultáneo con la injusticia.