lunes, 15 de diciembre de 2008

NOTA XXIV
El buen paso
Por JUAN L. MANAZZONI

Diciembre de 2008

Quizá para no llorar, un hombre se reía mientras le hacían el viernes pasado una nota radial, diciendo que pretendía avanzar por avenida Rivadavia, pero que cada vez se encontraba más cerca de Plaza de Mayo. Otra vez volvimos a ser testigos de un desorden de tránsito en la Capital Federal, con alcances inusitados, donde miles y miles de automóviles se movieron intentando casi en vano trasladarse de un punto a otro. Mientras la prensa buscaba dar con las autoridades competentes, aumentaban los cruces entre funcionarios del Gobierno nacional y otros de la Ciudad de Buenos Aires, señalándose mutuamente responsabilidades no cumplidas, sin dar solución a la cuestión que paralizó las zonas más densas de la Capital.El Gobierno nacional en estos casos vuelve siempre al lugar común: exhibir “los números del crecimiento” que suenan contundentes, pero que en lo referente a la vida cotidiana de cada argentino son cifras cada vez más lejanas y extrañas. Quizás hayan sido muchos los automóviles vendidos con el auge económico de los últimos años. Tal vez son más las calles, rutas y autovías que el Gobierno dice haber construido o mejorado. Posiblemente crecieron las oportunidades de viaje o traslado tras el aumento de la producción, el trabajo y el consumo, que vimos tras la crisis de 2001. Pero de lo que fuimos testigos inobjetables es de que a ese cierto progreso material no lo acompañó más que un evidente regreso en algunas capacidades que corresponden a nuestro depósito cultural: el caso del tránsito del viernes pasado, por ejemplo, es una franca demostración. Muchos autos, rutas u oportunidades no compensan una flagrante falla en la organización común, que deriva en una complicación de la vida de un ciudadano cada vez más molesto. El gran ausente aquí fue el capital organizativo, hoy en el caso del tránsito de la Capital como en innumerables ocasiones cotidianas.Con mucho acierto, Perón afirmaba que “la organización vence al tiempo”, manifestando cómo la correcta distribución de funciones, roles y tareas le gana a las muchas limitaciones cotidianas. Organizar involucra concebir “un todo orgánico”, donde cada una de las partes efectúa una función específica, en orden al beneficio del conjunto.No es complicado concluir que es el desencuentro creciente que sobrellevamos los argentinos lo que a veces impulsa este penoso “sálvese quien pueda”, olvidando cualquier modo de solidaridad y llevándonos forzosamente hacia el colapso general.
La Nación
Es aquí donde “la Nación” vuelve a sobrevenir imprescindible, aportando una serie de principios y valores que nos acercan entre todos, por un lado, y rigen y ordenan nuestra vida común en libertad, por el otro.“Los hombres no forman una nación porque viven a un lado u otro de una cordillera de montañas o un río, sino que viven juntos porque primitivamente, y en virtud de leyes naturales de orden superior, formaban ya un pueblo”, afirmaba Fichte, el autor de los “Discursos a la nación alemana”, allá por inicios del siglo XIX.Desde su llegada al poder, los Kirchner, con su lógica de confrontaciones, animaron una constante actitud de “enemiguismos”, al tiempo que potenciaron la desconfianza social hacia adentro de la sociedad argentina. En sus usuales bravuconadas de atril, Kirchner apeló, desde 2003, a la idea de un nuevo nacionalismo, idea que acabó falseada y hoy vacía. Claramente no fueron aquellas “leyes naturales de orden superior” de las que hablaba Fichte, el fundamento sobre el que se asentó su visión de la realidad y su acción por mejorarla.Por el contrario, esos valores comunes que guardamos los argentinos en nuestro bagaje común, verdadero reaseguro para el ejercicio de nuestras libertades, fueron obviados desde esferas oficiales, avivando antiguas confrontaciones entre argentinos, hoy ya superadas.¿Puede apelarse a la defensa de los intereses nacionales mientras al mismo tiempo se fomentan las discordias internas? Como cantó Fierro, “si los de adentro se pelean…”La Argentina parece haberse atascado: aún con fuerzas y capacidad para moverse, por culpa de su error de dirigencia, inteligencia y por sobre todo, de organización, hoy vemos que el país pierde vitalidad.Si miramos el presente, tememos que el país bajo “la planificación” se haya vuelto cada vez más rehén de una mera “digitación” en favor de los amigos del poder, debilitando una oportunidad de natural crecimiento de la actividad económica.Si miramos hacia el pasado cercano, otra vez perdimos la posibilidad de ensamblar coordinadamente los sectores sociales, y nos hicimos de una fractura, donde esas mismas partes, como células, se han vuelto autónomas entre sí y hasta en competencia.
La fractura
En 2001 la fractura social era consecuencia de un orden económico y un sistema productivo que se astillaba, causando desempleo, pobreza y marginación. El retiro, la ausencia o la inoperancia de las autoridades políticas terminaron colaborando con aquél estallido emergente.En 2008 vivimos en Argentina una fractura social, pero ésta ya de otro tipo, y ojalá que con consecuencias menores que las de 2001: hoy la mayor causa es de orden político. No es el caso del retiro, la ausencia o la inoperancia de las autoridades. Por el contrario, hoy es el caso del método confrontativo y del exceso de presión centralista lo que ahoga los diferentes ámbitos de la vida de los argentinos.Hoy el país aguarda el paso de la dirigencia según una escala de valores que acerque a los sectores sociales y “en un colectivo nacional” vuelva a reunirnos a todos, con nuestras diferencias y diversidades. Una cuestión no material, sino de verdadera organización.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Nota XXIII
Por JUAN L. MANAZZONI
La devaluación interna
Noviembre de 2008

Después de varios años, los bonaerenses específicamente, y por extensión los argentinos todos, de nuevo somos testigos de la utilización de un mecanismo partidario como es la convocatoria y organización de elecciones internas: hoy en el caso del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires, en la actualidad a cargo del Gobierno, según el mandato de las urnas.
En 35 distritos de la provincia más grande del país se eligen este domingo autoridades para integrar el consejo partidario de cada PJ local y representar cada distrito en el Congreso provincial. Además se eligen, al mismo tiempo y en todo el territorio, las autoridades del “Consejo provincial”, órgano directivo para el que sólo se oficializó la lista que encabeza el vicegobernador y candidato kirchnerista Alberto Balestrini.
Tras largo tiempo en que muchos abogaron por el fortalecimiento de los partidos políticos, hoy sectores del justicialismo, bajo la convocatoria a internas, se amparan en que trabajan por cumplir aquella premisa. Surge no obstante una inevitable pregunta con respuesta a las claras: llamar a elecciones internas, aunque implique ya un buen paso, ¿supone necesariamente renovar y fortalecer las estructuras partidarias? Claramente, no. Si bien es condición necesaria, no lo es suficiente.
Dos son las tradicionales funciones que siempre se adjudicaron a los partidos políticos: ser polea de transmisión de la “demandas” de la sociedad y canalizar la participación de las masas en el proceso de formación de las decisiones políticas.
Pero en los últimos tiempos, la sociedad ha preferido expresar más sus demandas por otros canales o tipos de instituciones, alternativos a los partidos políticos usuales; respecto a la participación en el proceso de toma de decisiones políticas, resulta hasta ridículo esperanzarse en la posibilidad de irrupción de apertura de una conducción que de antemano se encuentra subsumida en un sordo centralismo que día a día se niega escuchar lo que miles de argentinos reclaman a gritos. Es casi evidente que muy poco se abonará así en aquella clave tras las elecciones de este 30 de noviembre.
¿Qué mejora para la eficacia de esas instituciones partidarias reportará entonces la elección de hoy? ¿Qué utilidad tiene este llamado a internas en el PJ provincial? La sola pregunta contrasta con el desinterés generalizado, no sólo de la ciudadanía, sino sobre todo el de las mismas filas partidarias, que por un lado oyen la convocatoria a una formal elección, para que luego, desde Olivos, “se ordenen los pasos a seguir”, restando a cualquier forma de modernización, apertura y regeneración política.
Militantes del oficialismo suelen insistir, en sus argumentaciones en favor del Gobierno, que con los Kirchner “en la Argentina se recuperó el debate”. ¿Qué debate? ¿Un debate entre 3 ó 4 personas, cuya nota principal es “que piensan igual” y “responden al líder”? Cabe preguntarnos, ¿vimos dialogar, aunque sea sólo una vez, en una misma mesa, a líderes del oficialismo y también de la oposición, con dirigentes empresariales, representantes sindicales, exponentes del saber o de los credos religiosos? Cuánto menos entonces en términos partidarios.
Lo que sí vimos fue que el oficialismo no sabe, no puede o no quiere tolerar sus disidencias internas: días pasados su tropa de legisladores oficializó una ruptura que era ya innegable, herida que parece no coagularles y divisa agrandarse aún cada vez más.
Vastos sectores del peronismo decidieron no participar del proceso eleccionario mientras se autodeclaran prescindentes de éste, a causa de esta situación de descreimiento y vacío por la que pasan los partidos políticos en la actualidad. Situación esperable, ante esa creciente y opaca verticalidad hoy a la usanza.
Sin la primaria reformulación de las lamentables experiencias de concentración de poder, no surgirán buenos efectos, con solas internas. Mientras hoy la sociedad aguarda diálogo, gestos de confianza y acuerdos legítimos que beneficien la vida de los argentinos, la dirigencia se atrinchera en “dispositivos cerrojo”, cada vez más lejanos al interés colectivo.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Nota XXII
A Perón sí le dio el cuero
Por JUAN L. MANAZZONI
Noviembre de 2008

El 17 de noviembre de 1972 fue viernes: aquella jornada que el gobierno de Lanusse había decretado feriado nacional, entre lo gris del día, vio descender del cielo un DC-8 de Alitalia, a partir del cual una nueva historia se sobrescribiría.

Mañana se cumplen 36 años de la vuelta a la Argentina del ex presidente Juan D. Perón, tras esos 17 años de exilio que lo mantuvieron alejado físicamente de la vida de los argentinos, mas no del desarrollo político de entonces. Ese liderazgo próximo en medio del destierro, llevó a muchos a designar a Perón como la causa primordial de los desórdenes imperantes desde su partida. Mientras que, por contraste, para sus miles de seguidores, sólo en él se hallaba la salida a los problemas generalizados. Para unos, Perón era el problema y para otros, la solución.

El movimiento justicialista, como alternativa, se presentaba identificado tras la conducción del viejo Líder, pero con una competencia interna, a partir de la composición heterogénea que siempre lo caracterizó, que a su vez enredaba crecientemente esa misma conducción. Entre sus adversarios se contaban, por un lado, la fuerte presencia de sus históricos, sobre todo, de la UCR de Ricardo Balbín y de los surgentes renovadores de Alfonsín; y por el otro, la de aquella fuerza “con poder de veto”, ineludible por aquellos años, que algunos han dado en llamar “el partido militar”. No obstante aquél complicado laberinto del año 1972, pocos meses más tarde se derivaría en la vuelta de la democracia tras 7 años de dictadura militar.

Son destacables los niveles de participación política y compromiso de entonces por mejorar la situación general, aún en medio del extendido descalabro que el país venía padeciendo. La sociedad argentina de aquel tiempo, altamente politizada, tanto se movilizó que lo hizo también al margen de los partidos tradicionales, que presentaban enérgicos y promisorios liderazgos y grandes cuerpos de militancia y cierta organización. La seria equivocación en la selección de los métodos merece una consideración por separado.

Tras 17 años de exilio forzado y luchas entre argentinos, la vuelta de Perón otorgó por tercera vez la Presidencia de la República al fundador del Justicialismo. Aquel regreso acabó con la dictadura de Lanusse y contribuyó a la democracia del ’73: volvieron las instituciones y su factor fundamental que es la aceptación popular. Con lamento, conocemos la historia de los caminos luego transitados: las inestabilidades que comenzaron con el golpe de Uriburu en 1930, no menguaron y 3 años más tarde nuevamente el poder se escurría de la voluntad popular.

Lo que siguiera

Abriendo la mochila de la historia que siguiera a aquellos días, encontramos la muerte de Perón, la sucesión con un des-gobierno disminuido, una feroz dictadura militar, y luego: la vuelta de la Democracia, el juicio a las Juntas, la Reforma de la Constitución, alternancias de colores partidarios y paradigmas ideológicos, al tiempo que los años de Democracia suman 25 y un sexto mandato presidencial es ejercido.

Hoy Perón ya no está. El partido que él fundó, mayoritario y oficialista por estos días, se vacía cada vez más de liderazgo y conducción, ramificando sus líneas internas, de por sí diversas, en corrientes que se vuelven cada vez más antagónicas. Los partidos políticos de la oposición son débiles, tanto en cantidad de adhesiones como en calidad de propuestas (al menos, como los conocimos en el pasado); lo que hemos conocido como fuerzas u opciones políticas “terceras” se encuentran atomizadas y desde luego, diezmadas. Enhorabuena, al menos descontamos ya la inexistencia de una fuerza con capacidad de veto al poder político, como sí lo fueron por años las armas militares. A la vez que hoy día la nota de participación de la sociedad está marcada, sobre todo, por la apatía.

Sin embargo, el panorama que se nos presenta no es del todo sombrío: en medio de esa apatía, aún existe (aunque se la denomine de otro modo) una clara intención de descanso en las instituciones de la República: intención que se manifestó con ímpetu durante la rebelión del campo, pero que habiendo finalizado ésta, quedó como uno de los reclamos sociales más enérgicos.

Paternalismo

El paternalismo es una modalidad absorbente de ejercicio del poder que concierta decisiones arbitrarias e inapelables, con ciertos elementos sentimentales y basándose en la incapacidad del gobernado para tomar las decisiones consideradas “correctas”. De algún modo (y de ahí su denominación), es una forma de autoridad propia del padre en la familia tradicional, que se extiende a relaciones sociales de otro tipo.

Aunque muchos años de actitudes paternalistas dejaron en nosotros una fuerte marca, ésta no es indeleble: con frecuencia, sobre todo en momentos de crisis, subestimándonos, aguardamos “una autoridad fuerte” y “que sepa imponerse”. Pero con sólo progresar un tanto, vamos y reclamamos por un poder político moderado y con menos intrusiones.

Ante esta ambivalencia, muchas veces se mofan de los argentinos señalándonos como “adolescentes”. Pero si probamos asumir esa mirada y reconvertirla por una visión optimista, es posible afirmar esa adolescencia que nos adjudican, desde el punto de una etapa fundamental de crecimiento: quizá con algunas carencias que nos gustaría no tener, quizá con ciertas discordancias, pero donde ya no idealizamos proezas de otros tiempos ni capacidades extraordinarias, como recetas para esta época, sino que depositamos en nuestras propias fuerzas las esperanzas de desarrollo colectivo.

2008 nos vuelve más conscientes de que mucho progresamos: aunque con dificultad y de a poco, aprendemos a caminar solos, y los 25 años de Democracia dan cuenta de ello. Repetidamente hemos apreciado que los reveses de historia no se revierten con concentración de poder: sino por el contrario, a partir de la moderación y la convergencia de voluntades dispuestas al consenso.

Las actuales circunstancias vislumbran algo positivo y promisorio para 2009: ante una crisis, el reclamo fuerte es por la moderación política y la voluntad de generar consenso social. En esta crisis no esperamos que un Boeing baje de la tormenta: pedimos más diálogo y más respeto. Y éste es uno de los pasos más grandes que hemos dado.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Nota XXI
Alfonsín
Por JUAN L. MANAZZONI
Noviembre de 2008

Innumerables han sido las voces que se han escrito y pronunciado por estos días, en conmemoración y homenaje con motivo de cumplirse 25 años del inicio de la transición democrática. Es muy probable que estas letras aquí consignadas no agreguen más sobre lo ya dicho, tanto y bien. Pero la centralidad que se adjudica a aquellos sucesos es ineludible para cualquier mirada política que quiera realizarse.

Con fuerza, vuelven a nuestra imaginación los acontecimientos de 1983, traídos recientemente por un ejercicio de memoria colectiva. La recuperación democrática como proceso eminente de la historia política de la Argentina reciente, nos conmueve a todos: tanto por los 53 años de inestabilidad que le precedieron, como por aquellos 25 en que sí hemos logrado mayores consensos.

Con el 51,7% de los votos, el 30 de octubre de 1983 el electorado nacional consagraba a Raúl Alfonsín, candidato por la Unión Cívica Radical, como Presidente de todos los argentinos, mientras llevaba la fórmula justicialista Luder-Bittel, a un segundo lugar dado por el 40,1% de los sufragios.

Muchos no habíamos aún nacido, no estuvimos presentes ni fuimos testigos reales de los acontecimientos que devolvieron al pueblo argentino su posibilidad democrática. Sin embargo, sí vivimos la derivación directa de aquellos sucesos que configuraron, no sólo los 25 años que llegan hasta el 2008, sino los tantos que aún están por venir, influyendo en directo nuestra vida cotidiana. Somos hijos de la libertad: de una libertad que ya no es anhelo, sino institución.

Vimos al Radicalismo, a quien tocó conducir los comienzos de la nueva época democrática; vimos al Justicialismo, que gobernó las dos terceras partes de estos veinticinco años; y también vimos alternativas desde terceras fuerzas que emergieron y también llegaron a desaparecer. Pese a los vaivenes, yerros y fracasos de la interpretación política que hicimos, hoy destacamos la posibilidad asumida no sólo de asignar esas dirigencias (según el noble discernimiento de la voluntad popular), sino también la de participar y así componer, conjuntamente, los destinos comunes.

Quizás con frecuencia los argentinos reclamemos por algunos de los tantos defectos o menoscabos de nuestro sistema, de las diversas gestiones de gobierno o de ciertas políticas adoptadas: ahora bien, cuánto debemos reconocer que, aún pese a esas muchas limitaciones, nuestro general convencimiento en favor de la Democracia es progresivo, creciente, y sin vueltas atrás.

Desde hace 25 años, la política ya no está librada al designio de aquellos armados golpistas o de “ciudadanos que preocupados, detrás de una falsa defensa de libertades”, con nula conciencia cívica pero altos intereses, causaban prácticas desleales sorteando la auténtica libertad de los argentinos.

El jueves último, cuando en el Luna Park la Juventud Radical homenajeó al primer presidente de la Democracia, uno de los videos proyectados sintetizó una idea en una figura notable: lo grande de la Democracia es que nos permite “hasta equivocarnos y luego corregirnos”; mientras que fue en nombre de su “perfección”, cuando se concluyó en dictaduras atroces e inhumanas.

Hemos superado pruebas pasadas, y hemos asumido otras nuevas. “Atrás quedaron los desafíos de aquella época, como la neutralización del poder de las Fuerzas Armadas, el respeto por los derechos humanos o la supremacía de la Constitución”, escribía Antonio Cafiero hace unos días.

Y cómo no dar la palabra a quien guió la avanzada de aquella gesta: “parece poco, pero nos costó más de 50 años de alternancia cívico-militar entender que el pueblo, y sólo el pueblo, es capaz de decidir su destino y que, como sosteníamos en 1983, las grandes mayorías no tienen derecho a permanecer en silencio” (Raúl Alfonsín, 30/10/2008).

Octubre de 1983 no fue sólo el conseguirnos un Gobierno según nuestra voluntad: fue lograr el comienzo de un camino que nos permite expresar todas nuestras voluntades, aún siendo distintas. Fue un proponer y un aceptar: un verdadero ejercicio de voluntad y libertad colectivas.

viernes, 17 de octubre de 2008

Nota XX
17 de octubre
Por JUAN L. MANAZZONI
Octubre de 2008
La evocación del 17 de octubre, al margen de la sonrisa socarrona que pueda generar en algunos la expresión “lealtad” en un partido signado por el faccionalismo y los personalismos, es prueba aún de la incisiva capacidad de la figura de Perón respecto de la política argentina para las décadas futuras a su desaparición física.

Simple es preguntarse qué partido político argentino logra celebrar sus gestas aún recientes, como con frecuencia lo hace el peronismo respecto de fechas históricas y lejanas como la del 17 de octubre, que nos traslada 63 años al pasado, o qué fuerza política puede activar un recuerdo así, año a año, en varios puntos del país y aún bajo dirigencias internas agudamente divorciadas.

Fue por octubre del ’45, que emergió una de las manifestaciones que más configuraría la política argentina posterior: los trabajadores abandonaron su fuente laboral, su modo de ganar el poco pan que ganaban para dirigirse a la Plaza de Mayo y reclamar por la liberación de Perón. Aunque discutible para algunos, el pueblo se movilizó y ganó la calle para conseguir la vuelta (la primera) de quien les había logrado una sustancial mejora en su calidad de vida.

Aquellos días de octubre no separaron del poder al coronel, para lo que muchos se habían combinado, sino que por el contrario lo lanzaron a la directa conquista de la más alta magistratura, potenciando la implementación de aquellas ideas sociales reformistas muy debatidas en el pasado pero que recién con Perón se habían comenzando a implementar.

Seis décadas más tarde ocurre el efecto contrario: en 1945 la Plaza recibió los miles de trabajadores que se acercaban y reunían por Perón. Hoy la Plaza se vacía, mientras esas columnas históricas marchan tras sus líderes menores.

Este 17 de octubre conmemoró aquella jornada histórica con una serie de dedicaciones casi simultáneas: el mismo Gobierno hizo dos actos, uno con la Presidenta y otro con Kirchner y el Consejo Nacional del partido, de forma que ninguno concentre el protagonismo y muestre ciertas ausencias destacadas. El “único movimiento” este viernes se dividió respecto de sus caudillos provinciales, dirigentes nacionales o líderes territoriales en actos que se mostraron “no compatibles” entre sí.

Esta supuesta no compatibilidad de los distintos actos pareciera descubrir que no es el Día de la Lealtad justicialista lo que algunos celebraron: si ése fuera el objeto de celebración, no habría motivos de dispersión, sino al contrario, excusa de reunión. Es claro que lo celebrado fue entonces el liderazgo coyuntural de unos cuantos. ¿Importa la cara de Kirchner a la hora de conmemorar aquella gesta fundacional? O más bien, ¿importa la cara de Kirchner, si lo que se aplaude es su modo de conducción? Ensayar ambas respuestas, ya perfila el cuadro de situación.

A 25 años de la recuperación democrática, 2008 venía a ser la oportunidad exclusiva para una celebración especial, respecto del movimiento político predominante en la historia política reciente: oportunidad para reafirmar el compromiso democrático desde su propia base partidaria. Pero el ansia coyuntural por mantenerse en la cúspide de poder sin posibilitar la generación futura de un proyecto que trascienda el corto plazo y las apetencias personales, congeló esa posibilidad de mejorar una fuerza política que seguirá siendo protagónica en la política de los años que vendrán. La búsqueda discrecional por encolumnar apoyos de turno en el partido que gobierna, vuelve a enredar el futuro del país.

Es virtud del buen conductor disponer el lugar a las futuras conducciones políticas. Hoy aún parece que no se aprendió la lección: los liderazgos post Perón se formalizaron como conductores “de última instancia”, vendiendo que más allá de ellos sólo quedaría la nada. Esa actitud fomentó la aparición de nuevos liderazgos de ese tipo, que al surgir niegan todo su pasado y se empotran como “nuevos mesías”. Y al agotar su liderazgo, abren la puerta a otro que asumirá la misma actitud: “el anterior fue todo malo y yo soy todo bueno”.

Recuperar la conciencia histórica, fomentar la dimensión de pertenencia y asumir las responsabilidades de lo cometido son algunas de las formas que crearán cierta previsibilidad en uno de los partidos más influyentes de la política argentina.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Nota XIX

Clientela nacional
Por JUAN L. MANAZZONI
Septiembre de 2008

Son cada vez más resonantes las críticas que en nuestro país exigen el fin de ciertas prácticas políticas enquistadas que corrompen la dinámica y el funcionamiento esperados respecto de las instituciones y la política en general.

Si buscásemos enumerar esos vicios que conserva con frecuencia nuestro sistema político, debiéramos emprender una tarea ardua, debido a la cantidad, y penosa, respecto de lo ingrato que significa descubrirlos. Hoy intentamos particularizar uno de tales defectos, el clientelismo, actividad que en verdad muchos denuncian y de la que pocos se hacen cargo.

Preguntándonos en qué consiste, en muy pocas palabras puede afirmarse que el clientelismo es una forma de adquirir consensos electorales (es decir, votos) a partir del reparto discrecional de recursos estatales. Al describirlo, Bobbio y Matteucci señalan que “los políticos de profesión, ofrecen a cambio de legitimación y sostén– o sea votos, toda clase de recursos públicos de los que pueden disponer, como cargos y empleos públicos, financiamientos, licencias, entre otros.”
Aquí, la finalidad primordial es la construcción de poder: todo político con actitudes clientelares busca construir o mantener el poder, porque generar consensos y afecto se le hace cada vez más difícil por si mismo, al tiempo que el beneficiario, ante su situación de necesidad y constreñimiento, se favorece con prebendas.

Los actores que se envuelven en esta forma de vínculo social son los políticos “contratantes”, que se disponen a cautivar adhesiones; los “clientes”, que aceptan un beneficios o recursos del Estado facilitados por los aquellos políticos a cambio de su apoyo; y el “puntero”, quien intermedia y obtiene también beneficios para sí y su estructura política local. Final y extensivamente, intervienen también el Estado, de donde salen los recursos, y la sociedad, que contribuye al tesoro público y padece la adulteración de su voluntad democrática.

En estas circunstancias perniciosas, quien sólo “gana” es el dirigente que así acrecienta o mantiene su poder e influencias, mientras damnifica a todos los demás: los beneficiarios, que si bien en el corto plazo obtienen algunas ventajas, en verdad por ser funcionales a este sistema corrupto son usados como “funcionales al sistema”, no fomentando su ascenso social y teniéndolos siempre a disposición; la sociedad en general pierde no sólo sus recursos materiales, sino lo que es peor, aquellas oportunidades de construcción de un futuro común sobre bases de una calidad democrática creciente.

Con lamento, puede verse cómo el clientelismo se manifiesta con mayor frecuencia en las zonas y sectores más vulnerables socialmente: el conurbano bonaerense o los barrios con una realidad social delicada en las ciudades del interior del país, son los más notables ejemplos. Pero no es exclusivo en este sentido: asombrosamente vemos también cuánto se repiten “clientelismos de guante blanco”, donde con foto y discursos, se racionan beneficios con una evidente intención y discrecionalidad políticas.

Es un espíritu de apropiación el que cimienta tales prácticas, por fuerte que suene la expresión. Pero más fuerte es engañar a la gente que padece debilidad y necesidades, exhibiéndole espejos de colores: no utilizando esos recursos públicos sino en beneficio personal, asignándoselos para que los beneficiados se conviertan en adhesiones, votantes o activistas. Y son espejos de colores, pues reflejan una cierta ventaja para quien lo recibe, pero que generando a la vez una cada vez mayor dependencia de las voluntades políticas.

El clientelismo no es exclusivo de nuestra Argentina contemporánea: ya la antigua Roma atestigua cómo el patronazgo intercambiaba trabajos y protecciones públicas entre familias. No obstante, la antigua Roma no nos exime de perseguir este mal social que a nuestra propia vida democrática le hipoteca sus mayores posibilidades. Tampoco es exclusivo de tal o cual fuerza política: si bien las responsabilidades no son todas iguales.

La mejor forma de atacar estas redes de fidelidades personales edificadas a partir del uso personal que la clase política hace de los recursos estatales es denunciándolas y publicándolas, haciéndolas notorias: legitimar una dirigencia pública a partir del abuso de la debilidad del otro es un disparate no sólo político, sino sobretodo humano, simultáneo con la injusticia.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Nota XVIII

¿Es un populismo?

Por JUAN L. MANAZZONI
Septiembre de 2008

Siguiendo “La Razón Populista”, del filósofo argentino Ernesto Laclau, queremos indagar, a partir de algunas características que él puntualiza, si el proceso político que se inició cuando Néstor Kirchner asumió la presidencia de la Nación en mayo de 2003, puede o no ser tildado de populista.

Para Laclau, el populismo como movimiento surge siempre de una situación o contexto social que lo rodea y causa: en todas las manifestaciones históricas populistas, su origen ha sido una situación de crisis del sistema, mientras que la común insatisfacción de demandas de parte de la sociedad (por heterogéneas que estas sean), vino a ser el factor que encadena y arrima a sus adherentes. El grado de crisis y fractura en que se ha encontrado la sociedad funcionó siempre como precondición para la aparición del populismo: todos los casos históricos que fueron catalogados como tal detentaron la misma característica.

El kirchnerismo no es ajeno a esta primera nota: previo al acceso de Kirchner a la presidencia de la República, la Argentina venía de un pasado cercano con heridas de muerte tras el colapso generalizado de 2001, la caída del gobierno radical y el consecuente gobierno provisional de 2002. Las elecciones de 2003 implicaron así un punto de inflexión a partir del cual el país comenzó a normalizarse, mientras el discurso oficial que denunciaba todo “lo pasado” como malo y repudiable, venía a ser congruente con una opinión pública desgastada por agobiantes males profundos desde varios años atrás.

Por otra parte, Laclau se refiere a los populismos como movimientos políticos de orden policlasista, es decir que engloban capas, fuerzas y sectores sociales diferentes, y con frecuencia hasta históricamente adversarios, y que tienen en común el reclamo y la insatisfacción de demandas.

Al observar la realidad argentina, el entonces movimiento político que inició Néstor Kirchner al hacerse cargo del Gobierno, fue sostenido por fuerzas diversas, provenientes de sectores no necesariamente afines o concordantes entre sí: chacareros beneficiados por algunas políticas nominadas como productivistas e implementadas por su predecesor; industriales, que ante nuevas condiciones económicas volvían a producir después de décadas; trabajadores que retornaban a su antiguo oficio o fuente laboral; sectores marginales, sobre todo del área metropolitana, que accedían a un nuevo tipo de políticas sociales inclusivas; capitalistas que abandonaban la especulación para volver a invertir; y en general, una opinión pública que con buenos ojos veía cómo el nuevo Gobierno atacaría las bases que habían llevado el país hacia aquél caos generalizado. Heterogeneidad que se manifestó también en la definición ideológica de ese movimiento.

Otra característica que se le ha asignado a los populismos es que superan la tradicional oposición izquierda-derecha, o derecha-izquierda como guste, y la reemplazan por una nueva contradicción basada en el amigo y el enemigo. Y en esto, Néstor y Cristina Kirchner no han perdido el tiempo: potencias extranjeras y organismos de crédito, militares, eclesiásticos, inversores y financistas, ruralistas, y una lista oficial de “culpables” que parece alargarse junto a la de los problemas de los argentinos, viene a justificar y dar razón de aquello que el Gobierno debiera justificar y dar razón. El dicotómico y extremista “pueblo-antipueblo” que desde órbitas oficiales se insinuó durante la rebelión agraria da cuenta de la intención de rearmar las identidades que ha tenido este Gobierno, presentándose a sí mismo como el único intérprete del pueblo.

Por último, dos razones también hechas por el mismo filósofo argentino acerca del populismo que también hoy se proyectan en la realidad argentina: la centralidad del líder, que contribuye a la configuración de un régimen mayormente personalista; y el hecho de que los movimientos populistas no se comprenden bajo el esquema de organización burocrática de los partidos políticos corrientes, sino más como un conjunto informal de grupos, asociado en gran medida a la intervención estatal.

En el caso argentino, ocurrieron ciertos relevos y reemplazos en el equipo que gobierna desde 2003 (alguno por demás significativo, como el del sillón de Rivadavia): pero las más de las veces, lo han sido para alivianar la apreciación de ese personalismo que se acentuó en la Argentina de los últimos años.

Fue en función de ese personalismo, que se combinó la subsiguiente organización partidaria: el discurso respecto de la normalización del PJ nacional, que venía después de décadas a mostrarse ahora como una fuerza ágil, moderna y organizada, se opacó al resumirse en la renovación de aquellas ciertas prácticas pintadas por la ausencia de debate, los armados “a dedo” y una verticalidad excluyente.

Nota XVII

Una agenda sin hojas

Por JUAN L. MANAZZONI
Agosto de 2008

A nadie le gusta que le digan qué hacer o qué dejar de hacer. La agenda la hace uno y de uno habla su propia agenda: lo que hace, lo que hizo y lo que proyecta hacer. Así, se muestra si cada quien detenta autonomía o no, por ejemplo.

Qué argentino al finalizar el año 2007 llegó a vaticinar las formas políticas que vivimos hoy: en pocos meses y con la lógica de la rueda de la fortuna, el mapa de situación política nacional se descentró de su propio eje.

Tras el sostenimiento de cuatro meses de conflicto con el campo, –al menos en lo que hizo al corazón de la disputa, es decir el esquema de retenciones móviles que disponía la resolución 125, puede decirse, en primer lugar y con evidencias claras, que el Gobierno nacional perdió el protagonismo que por años caracterizó a Néstor y Cristina Kirchner desde que uno y otro mandan en el país.

Hoy sin embargo, la Presidenta continúa en funciones y su esposo, al frente del partido político que vertebra el Gobierno. ¿A qué protagonismo nos referimos entonces? ¿Cuál es esa centralidad en la que ya el matrimonio Kirchner no se encuentra? En pocas palabras, desde la revuelta rural, la iniciativa pública dejó de ser exclusiva de la conducción Kirchner y hoy son ellos los que van detrás de los problemas, gestos y soluciones.

Referirnos a un gobierno con capacidad de iniciativa, significa que 1) dé su versión del panorama o contexto que lo rodea, 2) establezca cuáles son prioridades, y en consecuencia 3) disponga las soluciones; 4) dictamine tiempos y ritmos, 5) regule los recursos que administra, y finalmente, 6) controle la eficiencia respecto de las políticas que se adoptan.

Hasta finales del año 2007, y desde hacía ya tiempo, la agenda pública en nuestra Argentina, pese a numerosos y públicos planteos, respondía a lo que cotidianamente desde el atril de la Casa de Gobierno anunciaba o denunciaba el entonces Presidente de la Nación, y la selección de prioridades también era determinada desde las esferas oficiales: era de suponer y esperar que ante la lectura que un Gobierno con poder realizaba respecto de la situación general, se respondiera planificando qué se solucionaría primero y qué después.

En cuanto a los ritmos, tampoco hoy el reloj del Gobierno está en hora. Los tiempos no son manejados desde el Poder Ejecutivo sola y exclusivamente: la dinámica parlamentaria se ha sobrepuesto a los tiempos del Ejecutivo, y los paros que se repiten interceptan la dinámica de las decisiones, por citar sólo dos casos de coacción externa.

Por su parte, los recursos de la administración son cada vez menos suficientes: mantener la política social, contener la crisis energética, sostener los cuantiosos subsidios a los servicios públicos y cumplir con los compromisos internacionales del año entrante, significa un dolor de cabeza más que importante para la administración actual. De esta manera, el control de la eficacia respecto de las políticas y decisiones que se adoptan, está cada vez más descuidado y no depende ya sólo de ámbitos gubernativos, sino más de la opinión pública agitada.

Al promediar el mes de marzo, cuando estallaba la protesta de los chacareros, en una nota titulada “La autoridad de Cristina” escribí acerca de la posibilidad que el Gobierno todavía guardaba de generar un cambio y salvar la situación. Hoy esa posibilidad fue dilapidada: la administración de Cristina Kirchner ya no tiene tal oportunidad. Los 120 días de conflictividad directa dejaron como saldo el corrimiento del polo de autoridad: el Gobierno de Cristina Kirchner pasó de un estadio de actividad a uno de pasividad, desmantelando su usina de causar, generar, elegir y manejar sus propios movimientos.

Ahora bien, ¿quién se ha hecho de aquella autoridad perdida? Esa es la respuesta quizá más escabrosa para pensar las posibles vías por las que habrá de correr la vida política argentina en los meses que nos esperan.

Los partidos de la oposición vuelven a sólo mostrar su intrínseca incapacidad de organización y propuesta. Tanto, que ninguna figura política de esos partidos supo aprovechar el debilitamiento del Gobierno, y generar un rédito propio que le abra posibilidades de cimentar cualquier construcción en un futuro político no lejano.

Los productores (y con ellos también los empresarios) tampoco ganaron un botín perdurable: en materia económica si bien consiguieron la expiración de la resolución 125, hoy la inflación les es cada vez más escolta; y en términos políticos, ya no cuentan con el notable apoyo popular que los acompañó en los días de corte de ruta y cacerolazos.

Los asalariados y trabajadores tampoco se alzaron con el estandarte que los señale favorecidos: muchos gremios son cada vez más críticos en lo que hace a su actualidad salarial, y en los últimos días hemos visto cómo altos dirigentes sindicales muy cercanos al oficialismo, aún ante la adopción de medidas que los benefician, comenzaron a mostrar ligeramente diferencias, aunque estas los distancien del calor oficial.

Hoy al Gobierno argentino se le escapó de sus manos la confección de la agenda pública, en la que maquine qué medidas, políticas y reformas propone llevar a cabo. Pese a ser una expresión fuerte –e impensada en otros momentos respecto del actual plantel, el gobierno es hoy presa de sus imposiciones: darles solución a éstas, y planear el restablecimiento de su capacidad de iniciativa deviene imperioso para toda subsistencia social.

Nota XVI

La vía de la alternancia

Por JUAN L. MANAZZONI
Julio de 2008

No han sido pocas las voces que últimamente se oyeron pretendiendo la mejora en la calidad de las instituciones de nuestra República: mucho se pidió en lo que pasó del año, acerca de la necesidad de que las mismas sean no sólo más eficientes sino también más representativas de nuestra composición común, voluntades e intereses.

Antes de alistarnos en la vía de “la siempre propuesta, anunciada y nunca perpetrada reforma política”, que nuestro régimen requiere, es axiomática la aclaración de ciertas falsas verdades que sobrevienen en limitantes del normal desarrollo de la dinámica democrática.

En este último tiempo y ante las circunstancias por todos conocidas, no han faltado quienes, desde diversos sectores, reclamaron alternancia en el ejercicio formal del poder como garantía de participación. Sabemos ya cómo se tiñó el debate con adjetivaciones y cuáles fueron los calificativos que en consecuencia emergieron, de una y otra parte. Pero al margen de esas valoraciones vertidas sobre juicios y comportamientos “del otro”, vale preguntarnos acerca de la validez democrática del concepto de alternancia.

Al referirse Giovanni Sartori, en su clásico “Partidos y sistemas de partidos”, a las condiciones de un esquema bipartidista (que sea esto citado aquí, no significa necesariamente que adjudiquemos a la Argentina de hoy un sistema tal), habla entre otras, de una en especial: la necesidad de que exista expectativa en que la oposición pueda ser gobierno en un futuro próximo (más allá de si en ese futuro logra constituirse como tal).

Para este politólogo italiano, es primordial la factibilidad real de que la oposición tenga la oportunidad: queda en ella, desde luego, saber aprovechar esa apertura. Es decir, basta con que exista la expectativa: no pierde un régimen su propiedad democrática necesariamente si en él con altas frecuencias se elige al mismo partido para que sea gobierno.

El distintivo primario de la democracia no es la alternancia ni la rotación en el poder, sino las elecciones libres y limpias. Si hay alternancia y oxigenación con nuevas ideas, personas y proyectos, quizá mejor: pero lo importante es la expresión y consagración de la voluntad popular a través del voto. La historia muestra que concurrieron alternancias en el poder y que no por ello hicieron democracia.

Obviamente que la permanencia de un mismo color partidario puede afectar la calidad democrática al facilitar que se generen condiciones de ciertos privilegios y faltas a la transparencia. No olvidemos historias lamentables que son ejemplo de ello: la Democracia Cristiana italiana, que finalmente estalló en 1993, el PRI que gobernó México durante casi un siglo o el Partido Colorado que perduró seis décadas en el Paraguay, hasta el pasado viernes.

Es elemental que los partidos de la oposición accedan a condiciones equitativas de competencia a fin de que sus posibilidades de asirse del gobierno en un futuro cercano sean reales; y así, con esa posibilidad y expectativa, asegurar que un sistema garantice libre acceso y participación en las decisiones que tocan a todos.

Donde no podemos descuidar hoy la reconstrucción de los mecanismos democráticos es dentro de los partidos políticos: sin distinción, comenzando por aquellos que son gobierno, al tanto de que su vida interna replica consecuencias en la sociedad toda.

Si habrá alternancia o no en las gestiones gubernativas, lo dirán las urnas que se abrirán de acuerdo a los tiempos y procesos determinados por nuestro ordenamiento: a los partidos con grandes responsabilidades políticas en el presente, sin miramientos de la latitud política en que se ubican, y respecto de su profunda responsabilidad social, les toca avanzar en la disposición de participación para ofrecer genuinas alternativas de progreso.

Nota XV

El fin y los medios

por JUAN L. MANAZZONI
Julio de 2008

En "El campo", un film de Jim Sheridan, estrenado en 1990, el protagonista Bull McCabe ordena y dispone todo lo que tiene a su alcance y lo que no también, para conseguir aquella porción de tierra ajena que desde sus abuelos trabajó su familia y conviertió en un vergel, en las húmedas pero también rocosas montañas de Irlanda.

Cuando la viuda dueña decide vender las tierras en una subasta, McCabe revuelve cielo y tierra para hacerse de ese campo, empeñado en honrar a las generaciones pasadas y en legar a su descendecia un posibilidad de mayor progreso.

Ese inicial amor por la tierra que lo hizo nacer y lo vio crecer y trabajar devino en tal locura que lo llevó a descuidar la muerte de su propia madre, el suicido de su primer hijo, la pérdida de su esposa y la muerte de su segundo hijo, sin contar la hacienda que despeñó en el mar. Pero la obsecación de McCabe, pese a todo, agotó las posibilidades de una derrota en la búsqueda de aquellas tierras: eso sí, por las tierras perdió absolutamente todo, lo valioso de veras.

Un fin bueno y loable en sí mismo: ¿quién podrá objetar el sano deseo de un padre de familia de ayudar a su descendecia y ofrecer sus respetos al linaje que le dio la vida? La cuestión, como siempre, es el método para arribar a determinado objetivo.

La violencia creciente fue para "el toro" McCabe el camino que eligió para cumplir su intención. Así le fue: desechando toda racionalidad, su fin perdió razón de ser, ya que dinamitó cualquier honor y perdió sus hijos y familia; y su medio se convirtió en una obsesión sin más: conseguir el campo a cualquier precio terminó siendo una realidad, pobre y trágica, pero realidad al fin de cuentas.

Aguardo claridad al delinear las similitudes que se acercan al panorama que los argentinos venimos padeciendo desde la Resolución 125, el conflicto agropecuario y la tozudez del Gobierno.

¿Quién puede objetar la nobleza que encierra el fin declamado en los discursos oficiales, de intentar forjar una sociedad más inclusiva y justa? Pero como dijimos más arriba, es el método la cuestión mas delicada que se nos plantea.

Durante cuatro meses, el discurso oficial agotó todo argumento que justificara una medida económica y en esa clave, agotó todo camino para imponerla. A costa de todo. Un fin bueno, pero con medio inapropiado y consecuencias sociales indeseables para todos los argentinos han hecho que la ciudadanía hoy descrea cada vez más de los anuncios provenientes de la órbita presidencial.

Si este gobierno es, como se empeñan en declarar, "la profundización del cambio iniciado en 2003", con la asunción de Néstor Kirchner a la Presidencia de la Nación, gobierno que sí (hay que reconocerlo) satisfizo ciertas demandas de aquel momento, es esperable entonces que aplique un mínimo de inteligencia para conservar aquél fin sano que se ha propuesto, pero variando el medio y los métodos (la 125 y las formas de confrontación social) que tanta controversia e irritación han hecho padecer a los argentinos.

Al igual que McCabe, el oficialismo ha ido perdiendo sus bienes mas valiosos, obsecándose en en una decisión que olvidó en los argentinos toda propuesta ofrecida en la elecciones de octubre pasado. La ratificación de la Resolución ministerial se convirtió en "el" fin de esta cruzada del Gobierno: y al no conseguirse este nuevo fin, se entiende cómo en ámbitos palaciegos la derrota se concibió tremenda.

Pero ampliando la mirada al conjunto social, la dinámica que se percibió en la Cámara de Diputados y en el Senado aceitó los canales de demanda y respuesta que conforman nuestro sistema político: la demanda social se interpuso a una actitud que intentaron fraguar a espaldas del Pueblo argentino.

Nota XIV

Nuestra propia mirada

Por JUAN L. MANAZZONI
Junio de 2008

Muchos argentinos buscan lo mejor para nuestra Patria: todos sabemos que el bien del conjunto nos conviene a todos, y por ello, es difícil encontrar a alguien que, con buena razón, declare no querer nuestro sano progreso y el de nuestro ambiente hacia mejores formas de vida social.

Progresar, avanzar, simplemente ir hacia adelante, incluye que todos nos veamos impulsados de forma conjunta hacia un nuevo y mejor estadio, que mayores y mejores condiciones de vida nos brinde. Caminar hacia adelante, o aún a veces hacia atrás, como nación o solos, individualmente, nos habla ya de nuestra condición móvil, transcurriendo en el tiempo.

Tiempos que caracterizan cada etapa presentándonos nuevos desafíos: estos meses de desencuentro nacional, cuya calma se hizo largamente esperar, nos hacen volver a profesar nuestra intención de caminar juntos, como Nación, hacia nuevos albores, hacia días mejores que aquellos dolorosos que los argentinos supimos vivir en los largos siglos que nos precedieron y que no queremos revivir.

No sólo la cuidada lengua castellana, que desde Europa nos trajeron y a la que le añadimos nuestra marca propia, no sólo las creencias, ni nuestro modo de disposición social, sino sobre todo la tradición que entera guardamos en el corazón de la historia del país, nos vuelve a reunir y nos invita a recorrer un camino de ida por la senda del progreso, sin resentimientos ni injustos olvidos.

Hoy, como Nación, todos y sin exclusiones, volvemos a estar en la oportunidad de abrir un nuevo camino de trabajo y forja de una nueva Argentina. Y ese verdadero camino se emprende desde nuestras mejores anclas de tradición y cultura nacional.

Por cierto que es tarea no fácil, ni olvidado anhelo. Sin desanimarnos al observar el contexto y las circunstancias, hoy el mandato nos vuelve a los años ulteriores a la Independencia: sobreviene en un imperativo decisivo que para superar nuestras dificultades nacionales, primero debamos restaurar nuestro espíritu nacional, una verdad guía no sólo para nosotros: del otro lado del océano, un conservador inglés como Lord Hailsham (Douglas Home), primer ministro británico allá por la década del ’60, decía años atrás en una de sus publicaciones: “si no hay un sentimiento de unidad nacional, no puede haber tampoco un sentimiento patriótico”, naturaleza ineludible para el adelanto nacional.

Hoy volvemos a necesitar sabernos un mismo sujeto colectivo: sin constreñir las sagradas libertades individuales, volvemos a requerir de nuestra autoconciencia de connacionales, la que nos revela y recuerda esa hermandad que une a los hijos de las amplias tierras que comienzan en las sombras de los Andes hasta el Atlántico, y que corren de la Quebrada hasta la austral Tierra fueguina.

Hoy, como cada día, resurge la necesidad de obviar innecesarias disputas, desencuentros y divisiones internas que nos separen y aparten de ese camino buscado de vida nacional en progreso. Estar al tanto sobre lo inaceptable e inconveniente de las luchas y divisiones internas, hoy es uno de nuestras preocupaciones por compensar.

Debemos entender con claridad que el fomento de la vida conforme al espíritu de nuestra Nación y del consecuente sentimiento patriótico, así como el incentivo de distintas razones colectivas, como el cultivo de una historia por todos asentida, no comienzan en autoridades políticas momentáneas: si bien a ellas les cabe parte en el estímulo de la conciencia común, ese libre punto de vista al que cada compatriota pueda día a día volver, indagar y preguntar, comenzará a responder a la disposición y entrega que cada argentino realice y aporte en orden a la generación de una nueva concepción de Nación.

Nota XIII

Números que no curan

por JUAN L. MANAZZONI
Junio de 2008

1. Una semana de incertidumbres fue la que hemos transitado frente a las negociaciones continuadas entre ruralistas, miembros del Gobierno nacional y legisladores de las diferentes bancadas respecto del tratamiento en la Cámara de Diputados del proyecto de ley presentado por el Poder Ejecutivo para la ratificación de la polémica Resolución ministerial 125, sobre derechos de exportación de granos.

2. Pero el camino se bifurca al ahondar la mirada sobre el escenario que se presenta cotidianamente. Pueden distinguirse a partir de aquí dos claves dimensiones que es bueno aclarar y sobre las que se proyecta la realidad del debate y la puja entre los actores involucrados: éstas son las dimensiones cuantitativa y cualitativa del panorama que se aprecia.

3. La aprobación o no en la Cámara de Diputados o en el Senado, las alícuotas que bajan o suben después de cada reunión de bloque o comisión, las compensaciones presentes en cada debate, son algunos de los puntos de esta tensión que nos aqueja desde hace más de tres meses, y que se materializan en cifras y números que mantienen en vilo nuestra atención. Si de números de peso se trata, no puede dejarse de rescatar un dato no menor y hasta hace un tiempo impensado: el mismísimo bloque oficialista y un aliado importante, el bloque de radicales que apoyaban al Gobierno, se encuentran divididos en concepciones y consecuente votación.

4. Pero esta dimensión de tipo cuantitativa, que se refugia en normas y manejo de procedimientos, esconde toda una trama que trasciende los votos reunidos por uno u otro bloque, imagen de las voluntades de adhesión por las que desesperan dirigentes de distintos sectores.

5. Si se atiende a las opiniones de las mayorías, a la aceptación popular, a la imagen misma que continuamente la sociedad va configurando acerca de su propia dirigencia, estamos cambiando el código de interpretación. Esto no responde ya ni a comisiones, ni a bloques ni a llamamientos por cadena nacional: sino a convicciones e intereses legítimos que se expresan de distintos modos, y en un momento determinado de la línea del tiempo, a través del voto popular.

6. Que la sociedad conciba a sus representantes, sean del Poder Ejecutivo como del Legislativo, como responsables en verdad de aquello que se les confió mediante el voto es también producto de que tales representantes muestren y demuestren clara actitud de apertura al cambiante sentir general. La representatividad, cualidad matriz de un legislador, se contrapone al hacer oídos sordos o mostrar la espalda a las demandas populares.

7. Por ello, más allá de quien "gane" la pulseada parlamentaria cuantificada en número de votos, puede ya verse cómo día a día, a medida que el tiempo sigue corriendo, cómo, unos y otros van o ganado o perdiendo espacio, y si se quiere también, aceptación.

8. Quien desde el comienzo perdió y continúa perdiendo, es el conjunto de la oposición política argentina: en primer lugar, porque todavía su "peso específico" sigue siendo dependiente de las decisiones y declaraciones del Gobierno. Ningún sector de la oposición ha podido aún estatuirse por sí solo: las clases medias que no votaron por Cristina y apoyan al campo, no lo hacen por Carrió o por Macri o por el Comité Nacional: en todo caso se unen ellos, posteriormente, o sea, es el espanto lo que los acerca. En segundo lugar, la oposición no ha podido o no ha sabido generar una alternativa que supere la política agropecuaria que le denuncian inexistente al Gobierno actual. El mismo presidente de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi, decía días atrás que muchos de los proyectos que los diputados de la oposición acercaban, era sólo la derogación de lo actuado por el Poder Ejecutivo, mientras desde la Mesa de Enlace esperaban opciones favorables al fomento de la producción agraria argentina.

9. Del lado de enfrente, ahora bien, el Gobierno, al margen de haber reunido la voluntades necesarias para la votaciones de su proyecto en Diputados, suma una pérdida cada vez más riegosa para sí: tanto adentro del bloque oficialista como en los bloques aliados, las disidencias en vez de ser contenidas fueron eyectadas. Y lo más preocupante es que esas voces de disenso no contenidas en el bloque del Frente para la Victoria-PJ, son las que sí generaron propuestas alternativas: es decir, que el núcleo del bloque de la mayoría está cometiendo el mismo pecado que la oposición, o sea, no elaborar alternativas superadoras, sino sólo retransmitir mandatos provenientes de la Casa Rosada.

10. Haber perdido el manejo de la fluidez y capacidad comunicativa interna en el frente oficial y la contención de sus disensos internos, por una parte, y un gran paquete de adhesion social que supo estar de su lado, es la gran derrota que ya el Gobierno avizora.

Nota XII

El retorno a las instituciones

Por JUAN L. MANAZZONI
Mayo de 2008

“La democracia se defiende con más democracia y las instituciones, con más instituciones” expresó la presidenta Cristina Kirchner el pasado 17 de junio, al referirse por la cadena nacional en la conmemoración del trágico bombardeo sobre la Plaza de Mayo en 1955. Tras ello reseñó su decisión de enviar al Congreso de la Nación el Proyecto de ley que habrá de ratificar o no, la controvertida Resolución 125/08 sobre retenciones móviles a las exportaciones de granos, trazada el pasado 10 de marzo por el entonces ministro de Economía Martín Lousteau y que desencadenó uno de los conflictos sociales más enérgicos de los últimos lustros en nuestra Argentina.

La defensa de las instituciones, consigna definida por Cristina Kirchner, a la vez que bandera alzada por más de un candidato en épocas electorales pero olvidada casi siempre tras los apuros de la gestión, emerge de nuevo por estos días para intentar establecerse en la agenda pública que nos concierne a todos.

Defender la democracia y fortalecer las instituciones han sido indicaciones que últimamente los argentinos hemos oído pregonar tanto desde atriles oficiales como desde un carro en medio de alguna ruta de provincia.

Pero bien: es una realidad dividida la que encontramos al concentrarnos tanto en las instituciones de la República, en esas organizaciones fundamentales del Estado y establecidas en la Constitución Nacional frente al ambiente que nos circunda: hemos visto, después de más de cien días de tensión y enfrentamientos, que no han sido precisamente las instituciones los naturales nexos de expresión, demanda y respuestas a los reclamos ciudadanos.

Es favorable al país que hoy se extienda el pedido de vigorizar las instituciones republicanas. Al margen de estrategias partidarias, el hecho de enviar el Proyecto de ley para ser tratado por parte de diputados y senadores de la Nación, deviene en una seña atinada ante este encontronazo entre argentinos. Seña que debiera haberse cumplimentado desde el primer día. Seña, y no sólo seña, sino también compromiso con la Carta Magna, que madura en consecuencias constructoras de ciudadanía. Y es beneficioso que ello se declame, sea desde la órbita oficial como desde los ámbitos privados solicitando la mejora de estos canales sociales.

Fortalecer las instituciones implica simplemente mejorarlas o perfeccionarlas. Ello representaría: 1) que sean más resistentes frente a las tensiones sociales, 2) perdurables pero adaptables para conformarse a las nuevas circunstancias (en aquello que sea necesario y conveniente) y, 3) eficientes para la satisfacción de demandas e intereses sociales.

A más de tres meses del surgimiento del planteo de los sectores agrarios, que contó con el apoyo de otras referencias de la sociedad, atestiguamos cómo muchos canales institucionales imprescindibles, o se vieron colapsados o fueron ignorados.

Fomentar el debate y tratamiento sin condiciones, de un política pública en ámbitos representativos per se, como las cámaras del Poder Legislativo, se convierte en un incentivo a la participación cívica y abre caminos para la enumerada regeneración de un esquema plural de partidos políticos.

Acercándonos a las vacaciones de invierno, es esperable que la bandera de la institucionalidad sea más una realidad que se aproxima y no un ideal lejano o una promesa no cumplida, a las que tristemente muchos dirigentes nos han acostumbrado.

Debe dejar de ser estimado un objetivo lejano el que la institucionalidad no se vea asociada ya al concepto simple y grotesco de una burocracia inútil y retardada; y que tienda al de una democracia plural que se realiza en la intervención ciudadana de cuantos quieran aportar a la cosa pública: deviene ya en una meta alcanzable y posible.

La única receta para forjar una nueva institucionalidad es retornar a la Constitución: y que cada uno se encuentre allí, según Ella, con todo y sólo lo que corresponda.

Nota XI

Tiempo oportuno

Por JUAN L. MANAZZONI
Mayo de 2008

A partir de los sucesos y procesos consecuentes al 11 de marzo pasado, que hicieron estallar el reclamo arduo y duradero de los productores del agro frente al Gobierno nacional, los argentinos, aunque podamos obviar constituirnos en protagonistas o antagonistas de aquella demanda, no podemos dejar de atestiguar transformaciones ineludibles en términos políticos para los tiempos que vendrán.

El reclamo agrario, el primer apoyo de sectores de la clase media "cacerolera", descontenta con el Gobierno por otros motivos y que encontró en "el campo" un canal de expresión contundente, y el discernimiento que el resto de la población hizo y hace para la adhesión o no, respecto de la protesta ante la evolución y el manejo de la puja, esos tres factores, generaron sin duda una nueva constelación de poder en nuestra Argentina de 2008.

Una consideración aparte merecería la duda acerca de la certeza y honestidad intelectual de los discursos, o de la viabilidad de soluciones y acciones como las que gritando proponen en el espacio público algunos ciudadanos apasionados ante el conflicto. Pero esa sería una discusión posterior. Hoy, por cierto, encontramos en el haber de estos casi cien días, ciertos hundimientos y afloramientos que modificaron el relieve político argentino.

Frente a este nuevo esquema que vemos detrás de este telón conflictivo, cada compatriota, aunque no lo quiera ni lo busque, acaba por elaborar desde sí un juicio que lo posiciona respecto de los actores centrales de esta trama. Juicio que lo ratifica en su postura anterior o que lo lleva a pensar y apreciar distinto a partir de lo último sucedido.

La reafirmación de las medidas económicas adoptadas en marzo pasado no sólo han recrudecido la disputa entre productores y gobernantes nacionales, sino que también han puesto en cuestión el apoyo popular concedido en las elecciones de octubre pasado a gobernadores de provincia, legisladores e intendentes del interior del país.

Mientras hemos visto a muchísimos argentinos expresarse sobre esta situación de conocimiento público, las manifestaciones de aquellos dirigentes políticos, por su responsabilidad pública, cobran naturalmente, una importancia cabal.

Conocida es la situación de muchos dirigentes del interior que, directa o indirectamente, jugaron sus proyectos políticos y propuestas de gobierno en ese marco de apertura que Kirchner presentó desde mediados de su mandato presidencial. Hoy, muchos de esos que se decidieron acompañarlo, ante las circunstancias que apremian, paulatina o abruptamente, procedieron a desvincularse.

Ahora tampoco se busca aquí, en estas breves líneas, sopesar el valor de las decisiones de dirigentes políticos y funcionarios, menos aún cuando en nuestra ciudad presenciamos atisbos de tal situación: lejos estaría de la intencionalidad que asignamos hoy a este espacio.

Pero respecto de la forma elegida para reaccionar ante la situación emergente, sí nos queda por explicitar una sensible distinción de las posibles causas móviles de tales actitudes: en pocas palabras, en política no es lo mismo ser oportunista que ser pragmático. Quienes imprevistamente cambiaron de rumbo ante el planteo social ¿son oportunistas, pragmáticos o qué?

En su trabajo "¿Quién salva a los partidos políticos?", Hartmut Hentschel señala al oportunismo "el uso de máscaras que se cambian según ocasiones y circunstancias. Sintomático de la vigencia del oportunismo es el predominio de las 'estrategias electorales' frente a los contenidos. (...) ¿Cuántas veces se habla en los partidos políticos, especialmente en tiempos electorales, de las 'estrategias' que se deben desarrollar? ¿cuántas veces se habla de los contenidos políticos que deberían fundamentarlas?"

Frente a aquél oportunista que no acepta limitación alguna que pueda interferir en sus aspiraciones personales, el pragmatismo, en cambio, de la mano de Nicolás Maquiavelo, es de otra cepa, al margen de sus connotaciones filosóficas.

En el capítulo XVIII de El Príncipe, Maquiavelo expone claramente su pensamiento donde afirma que para juzgar sobre la bondad o maldad de una acción política es preciso mirar el fin, el resultado de la acción, y formula entonces la siguiente máxima: "Procure, pues, un príncipe ganar y conservar el Estado, que los medios siempre serán considerados honorables y loados por todos".

Dos modos quizá parecidos, pero totamente distantes en su causa inicial: mientras uno apunta a un contenido firme y a un objetivo alto, que direcciona su atención según la excepcional circunstancia que la comunidad vive, el otro, el camaleónico oportunista, sin ideas ni ideología y escondiéndose detrás de la bandera de la administración pura, sigue corrompiendo las bases de aquella cultura cívica que ansiamos.

Nota XI

Tiempo oportuno

Por JUAN L. MANAZZONI
Mayo de 2008

A partir de los sucesos y procesos consecuentes al 11 de marzo pasado, que hicieron estallar el reclamo arduo y duradero de los productores del agro frente al Gobierno nacional, los argentinos, aunque podamos obviar constituirnos en protagonistas o antagonistas de aquella demanda, no podemos dejar de atestiguar transformaciones ineludibles en términos políticos para los tiempos que vendrán.

El reclamo agrario, el primer apoyo de sectores de la clase media "cacerolera", descontenta con el Gobierno por otros motivos y que encontró en "el campo" un canal de expresión contundente, y el discernimiento que el resto de la población hizo y hace para la adhesión o no, respecto de la protesta ante la evolución y el manejo de la puja, esos tres factores, generaron sin duda una nueva constelación de poder en nuestra Argentina de 2008.

Una consideración aparte merecería la duda acerca de la certeza y honestidad intelectual de los discursos, o de la viabilidad de soluciones y acciones como las que gritando proponen en el espacio público algunos ciudadanos apasionados ante el conflicto. Pero esa sería una discusión posterior. Hoy, por cierto, encontramos en el haber de estos casi cien días, ciertos hundimientos y afloramientos que modificaron el relieve político argentino.

Frente a este nuevo esquema que vemos detrás de este telón conflictivo, cada compatriota, aunque no lo quiera ni lo busque, acaba por elaborar desde sí un juicio que lo posiciona respecto de los actores centrales de esta trama. Juicio que lo ratifica en su postura anterior o que lo lleva a pensar y apreciar distinto a partir de lo último sucedido.

La reafirmación de las medidas económicas adoptadas en marzo pasado no sólo han recrudecido la disputa entre productores y gobernantes nacionales, sino que también han puesto en cuestión el apoyo popular concedido en las elecciones de octubre pasado a gobernadores de provincia, legisladores e intendentes del interior del país.

Mientras hemos visto a muchísimos argentinos expresarse sobre esta situación de conocimiento público, las manifestaciones de aquellos dirigentes políticos, por su responsabilidad pública, cobran naturalmente, una importancia cabal.

Conocida es la situación de muchos dirigentes del interior que, directa o indirectamente, jugaron sus proyectos políticos y propuestas de gobierno en ese marco de apertura que Kirchner presentó desde mediados de su mandato presidencial. Hoy, muchos de esos que se decidieron acompañarlo, ante las circunstancias que apremian, paulatina o abruptamente, procedieron a desvincularse.

Ahora tampoco se busca aquí, en estas breves líneas, sopesar el valor de las decisiones de dirigentes políticos y funcionarios, menos aún cuando en nuestra ciudad presenciamos atisbos de tal situación: lejos estaría de la intencionalidad que asignamos hoy a este espacio.

Pero respecto de la forma elegida para reaccionar ante la situación emergente, sí nos queda por explicitar una sensible distinción de las posibles causas móviles de tales actitudes: en pocas palabras, en política no es lo mismo ser oportunista que ser pragmático. Quienes imprevistamente cambiaron de rumbo ante el planteo social ¿son oportunistas, pragmáticos o qué?

En su trabajo "¿Quién salva a los partidos políticos?", Hartmut Hentschel señala al oportunismo "el uso de máscaras que se cambian según ocasiones y circunstancias. Sintomático de la vigencia del oportunismo es el predominio de las 'estrategias electorales' frente a los contenidos. (...) ¿Cuántas veces se habla en los partidos políticos, especialmente en tiempos electorales, de las 'estrategias' que se deben desarrollar? ¿cuántas veces se habla de los contenidos políticos que deberían fundamentarlas?"

Frente a aquél oportunista que no acepta limitación alguna que pueda interferir en sus aspiraciones personales, el pragmatismo, en cambio, de la mano de Nicolás Maquiavelo, es de otra cepa, al margen de sus connotaciones filosóficas.

En el capítulo XVIII de El Príncipe, Maquiavelo expone claramente su pensamiento donde afirma que para juzgar sobre la bondad o maldad de una acción política es preciso mirar el fin, el resultado de la acción, y formula entonces la siguiente máxima: "Procure, pues, un príncipe ganar y conservar el Estado, que los medios siempre serán considerados honorables y loados por todos".

Dos modos quizá parecidos, pero totamente distantes en su causa inicial: mientras uno apunta a un contenido firme y a un objetivo alto, que direcciona su atención según la excepcional circunstancia que la comunidad vive, el otro, el camaleónico oportunista, sin ideas ni ideología y escondiéndose detrás de la bandera de la administración pura, sigue corrompiendo las bases de aquella cultura cívica que ansiamos.

Nota X

Política y administración

Por JUAN L. MANAZZONI
Abril de 2008

"Poca política y mucha administración". Esa fue la máxima con la que el autoritario presidente Porfirio Díaz exigía trabajar a sus funcionarios en el México de principios del 1900.

Pero ya no es necesario hoy viajar en el tiempo ni trasladarnos hasta aquél lejano escenario para encontrar aun la vigencia de esta idea rectora que muchos votantes y también ciertos dirigentes plantean: la de pedir que los representantes se aboquen a la sola gestión, sin perder fuerzas o energías en contiendas partidarias ni peleas ideológicas.

Sebastián Piñera, por ejemplo, candidato de la derecha chilena, en su afán de reunir votos en las elecciones presidenciales de 2006, indicaba que en caso de ganar, “gobernaría con la selección nacional”, es decir, con los mejores de cada ámbito, "marginando ideologías y colores partidarios".

Esta invitación, primera vista, es sugerente y parece razonable: qué mejor para levantar un país que convocar con amplitud de criterio a quienes manifestaron experticia e idoneidad en economía, salud o educación, por citar sólo algunas de las esferas en relación a los cuales el Estado actúa. Es una idea que “suena bien”: pero que no obstante, responsablemente, es necesario recapacitarla ya que sus consecuencias son comunes al conjunto de la sociedad.

Ante la pregunta si es ésta una afirmación atinada, puede argumentarse que no encarna necesariamente una utilidad para la construcción de un sostenido y mejor escenario para los argentinos; en rigor no es más que una falacia, que detrás de su tintura esconde una realidad riesgosa para la arquitectura de una sociedad pujante.

Como primera acepción ante la propuesta del candidato chileno, y a la que hoy muchos adhieren livianamente, es fácil preguntarse cómo compatibilizar aquellas visiones distintas y antagónicas si no existe un valor común aglutinante y que en determinado momento se encontrarán, ya que en nuestra vida en sociedad toda realidad se relaciona y depende de otra vecina, y así sucesivamente.

Obviar los valores que se profesan, valores que estructuran la visión del mundo y de la realidad que nos rodea, alegando que son cuestiones abstractas que ahogan “la solución de los problemas concretos del día a día” envuelve un desengaño en el largo plazo.

Es apurado separar la política y sus ideologías, de la gestión y la administración: uno de los mayores deslices que puedan endilgarse a las últimas décadas respecto de la política es la cerrazón hacia adentro, hacia a una profesionalización mal entendida, que excluye al cumplimiento de ciertos cánones o ventajas a los que sólo unos pocos pueden acceder.

Sólo la vocación política y la esperanza de poder, con la mirada puesta en el horizonte del bien común que se busca, y con una jerarquía de valores que se consideren válidos para emprender ese camino, serán capaces de hacer sostenible un verdadero proyecto de país: cuando se abandona la gestión pública por el armado político, o viceversa, ambos pierden su equilibrio: mientras la tarea es fortalecer una propuesta cotidiana que se presente como generadora y propulsora del desarrollo nacional y regional, pueden encontrarse aún hoy día experiencias en las que la mirada en vez de ser amplia y estratégica, acaba por ser circunscrita y estrecha respecto a la circunstancia, aún en nombre de la modernidad.

Obviamente que siempre habrá que convocar a expertos en ciertas cuestiones para la resolución de problemas eventuales que exigen de su saber y experiencia: pero no puede reducirse así la estratégica tarea de definir los altos objetivos generales de la Nación y los lineamientos que conducen hacia ellos.

Esa tarea brota de los caros valores e ideales que son raíz de los movimientos políticos, y que se jerarquizan y ordenan en la ideología que se alza.

La consolidación de toda alternativa política depende de la capacidad para constituirse en alternativa que pueda responder positivamente a las demandas sociales, en distintos momentos y coyunturas. Armonizar las demandas de la población respecto de numerosas cuestiones y problemas, y éstas a la vez con la voluntad popular a lo largo del tiempo, exige la promoción de la dinámica política y así, la formación constante para la renovación política oportuna, que pese a las características de cada nuevo período, atesore los mismos ideales.

Nota IX

Los dos caminos

Por JUAN L. MANAZZONI
Abril de 2008

1. El conflicto entre el Gobierno y el campo, que incide cada vez más en nuestra vidas y en las opiniones que van surgiendo, hace que por estos días la vida de los argentinos corra por el cauce que dos extremos generan: la intransigencia y la intolerancia, actitudes ambas que se muestran entre el meollo de intereses de las partes contendientes.

Dos son los caminos que bifurcan ante el conflicto campo-Gobierno, caminos que no están dados por el actor que cada uno apoye: en clave democrática, esos dos caminos son el de la intransigencia y el de la intolerancia.

Desencuentros como el actual, hacen que emerjan cuestiones de fondo que nos interpelan a cada ciudadano, trascendiendo simpatías políticas o intereses de sector, a fijar una apreciación de la situación, por el hecho mismo de conformar todos la Patria que nos une. Solucionar un problema como el actual, clara necesidad para el bien de todos y argumento asimismo por el que una de las partes contendientes da la pelea, se hace cada vez más imperioso.

2. Alejando nuestra mirada de las diferencias concretas que existen y separan a algunos argentinos de otros argentinos, pueden contemplarse dos posibles vías por las que transitan hoy las partes que se enfrentan, es decir, el método o camino que eligen recorrer.

Ver que hay diferencias no necesita demostración: dos actores colectivos identificados claramente pelean por un poder real, que les lleve a decidir lo que consideran mejor según su propia visión.

Pero más allá de los mensajes defendidos y enarbolados, se encuentra la actitud de cada uno, que como envoltorio colorea el cuadro de situación. Esa actitud, humana por cierto, que las partes y cada ciudadano vaya adoptando, será un férreo determinante para el mañana en la solución de la coyuntura en el corto plazo, y en el mediano para la reconfiguración del mapa de poder de la Argentina que viene.

Las actitudes de intransigencia o intolerancia hoy son excluyentes: intransigencia implica no consentir en aquello que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con las diferencias. Es decir, para el intransigente no es válido saldar distancias, dar soluciones o satisfacer demandas, violentando los valores y la ética que se profesa. Son para él sus ideales, sea la Justicia social, las libertades cívicas o lo que sea, lo más alto de su escala de valores, que lo llevan a actuar de determinada manera.

Gráfico de la intransigencia es aquél viejo apotegma yrigoyenista: "que se pierdan mil presidencias pero que se salven los principios", fundiendo el desarrollo de las sociedades con el cumplimiento de sus leyes morales y positivas.

A diferencia, otros afirman que la defensa de los valores e ideales hasta el fin acaba por cerrar oportunidades: “la intransigencia rima con incompetencia” decía Milton Friedman. Lamentablemente, es común oír esa concepción en boca de muchos argentinos.

3. La historia muestra casos en los que muchas veces, quien esta disfrazada detrás de la intransigencia, es su reverso, o sea, la intolerancia: falta de respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.

Una actitud intolerante relativa al conjunto social es por demás riesgosa y para todos. La falta de respetos detrás de una bandera inocente, termina en violencia social y en mayores desmadres generales.

Cuando se enarbola una Causa nacional que no lo es en esencia, se arriesga la paz social, retardando un progreso institucionalizado, por un lado, mientras se falta a los derechos y libertades del adversario, por el otro. Cuando estos datos se manifiestan, ya no hay intransigencia: lo que hay es intolerancia, más allá de los discursos.

4. La verdadera intransigencia, aquella que no negocia valores ni adapta los ideales perennes a las circunstacias, en un marco de Estado de derecho, no puede poner en peligro el Bienestar de la Nación ni jaquear el ejercicio de derechos individuales.

El cincuentenario de la asunción de Arturo Frondizi nos hizo revivir otra vez la enseñanza de que los planteos y coerciones a su Gobierno sólo llevaron al estancamiento de un proyecto que consagrado por el voto popular, prometía al desarrollo nacional, y entonces, tras su caída, no se presentaron alternativas mejores, por años.

Hoy, en una discusión que es, como dijimos en otra oportunidad, coyuntural y de intereses, que sí pueden legítimamente ser negociados, todo planteo o demanda social debe darse en un marco de respeto por la institucionalidad y no al margen de ella: con intransigencia respecto de los valores sociales pero sin intolerancia alguna.

Nota VIII

La autoridad de Cristina

Por Juan L. Manazzoni
Marzo de 2008

En los últimos días, los argentinos venimos escuchando cómo actores pertenecientes a diversas esferas de la vida social, “cuestionan la autoridad” de la Presidenta de la República, al acusar de que la última palabra en materia de decisión pública no proviene de la actual Jefa de Estado.

Se oye a algunos decir que “Cristina está debilitada”, presa de Néstor Kirchner, su marido, proclamado presidente del Partido Justicialista por estos días, quien se constituiría, de última y según quienes denuncian, en la autoridad real del país.

“La Autoridad pertenece a quien hace cambiar y no a quien experimenta el cambio: la Autoridad es, en lo esencial, activa y no pasiva” dice Kojève. En otras palabras, quien tiene autoridad es aquel agente consciente y libre que por sí logra cambiar las cosas. ¿Por qué dicen que Cristina Fernández no es la agente que conduce los cambios?

“Dime con quién andas…”

Tratemos de desenredar la madeja y mínimamente una distinción aclarará las aguas: comencemos por fijarnos quiénes son los que se embarcan en estas denuncias, ¿los que con su voto acompañaron al peronismo en octubre pasado? ¿O los que sufragaron por otras propuestas o proyectos políticos?

Basta con encender por un momento la televisión para ver que quienes manifiestan estas “preocupaciones” son referentes políticos de la oposición argentina, desvirtuada y abatida. Los mismos que están debilitados y aplanados como oposición, son los que en proyección, dicen estar “preocupados por la debilidad del actual Gobierno”.

Claramente, son los que el 28 de octubre pasado votaron o representaron otras opciones, distintas del proyecto ganador y distintas y distantes entre sí. Son los que perdieron frente a este Gobierno, y hoy quieren que la Presidenta decida de acuerdo a sus intereses, o que no decida o que, llanamente, no sea Presidenta: esos son los que hablan de la supuesta débil autoridad de Cristina.

Estos que transfieren su propia debilidad adjudicándosela al Gobierno, evidentemente, apelan de nuevo a la misma actitud derrotista, irresponsable y mediocre que los argentinos ya vimos, y que consiste en poner en cuestión una institución o investidura por causa de diferendos ideológicos o coyunturales o de intereses.

Allá por el año 2001, cercano en el tiempo, lejano por todo lo hecho y más lejano aún para la memoria de los que niegan esa historia, la Argentina afrontó una de las crisis más distorsivas de su historia: el 20 de diciembre de aquel año, con el Gobierno caía un modelo de país que a las claras resultaba un fracaso.

Dos fueron las actitudes frente a aquél desmayo: la de quienes apostaron a la posibilidad de una ordenada salida que funcionara (y funcionó), y la de aquellos que, en medio del caos, siguieron gritando sin nada proponer y denunciando sin nada que expresar.

Frente a la desazón y el desaliento esparcidos, fue el canal institucional, no obstante, el mismo en el que pocos creían, la vía por la que se recuperó la senda de la gobernabilidad.

Hoy, paradojalmente, muchos de aquellos que llevaron el país hacia el abismo, muchos de aquellos que casi licuaron la capacidad institucional de la República, vaciando de poder y credibilidad, son los que quieren opacar a quien ejerce la Presidencia, restando consecuentemente a la institución presidencial misma, restablecida en su capacidad de iniciativa y decisión.

En aquellos días delicados de 2001, hubo dirigentes políticos, que sembraron el recordado “que se vayan todos”: lo peor, es que quienes lo pronunciaban, no eran desperdigados representantes de grupos antisistema, sino los que al mismo tiempo alzaban discursos para constituirse en monumentos de la República. ¿Un ejemplo? Elisa Carrió.

La señora Carrió, “una denunciante” al decir de su padrino político, el mítico Raúl Alfonsín, o “la iluminada” como osa hacerse llamar, la misma que fue diputada nacional por la Alianza cuando ésta conformó aquél fugaz e infausto gobierno, junto a grupos parciales que se abrogan la totalidad de las representaciones sectoriales, y algunos defensores de una Argentina ‘que ya fue y que nos fue’, se acercan entre sí… ¿con unidad de concepción? No, sino con “otro objetivo”. Cabe preguntarse cuál será el objetivo que en el fondo une a estos actores.

Tras el estallido de un conflicto sectorial, campo-Gobierno, cuyo fenómeno generalizado fue el perjudicial desabastecimiento que padeció la sociedad toda, aquellos actores volvieron a los micrófonos con cínico aire de inquietud; ahora bien, pero no inquietos por algo que perciben, están inquietos por lograr lo que están buscando: con cara de preocupación, trabajan por desprestigiar al Gobierno de toda la Nación.

Y aquí se manifiesta el doblez, que señala a estos fariseos sociales: se fundan ligas y coaliciones bajo la bandera de lo cívico y lo republicano, mientras en verdad se tejen hilos para enredar la marcha de esas reformas propuestas que la gente votó; ante esas reformas, es totalmente legítimo oponerse, pero eso sí: respetando las reglas del juego democrático y no apremiándolas.

Algunos dicen que los dirigentes de este Gobierno día tras día se obsesionan ante posibles teorías conspirativas: lo dicen para ganar de mano, y tratar de excluir esa posibilidad real. Ahora bien, antes de esa imputación, preguntémonos “¿no será cierto que esas conspiraciones existen?” Tratemos, no de repetir como loro, sino al contrario, busquemos tener pensamiento propio, y preguntémonos: “¿cómo se explica esta solidaridad entre sectores opositores que por largo tiempo y públicamente se mostraron indiferentes entre sí?”

Nota VII

Mostrar la cara y no los dientes

por Juan L. Manazzoni
Marzo de 2008

Otra vez, aunque en voz baja, nos preguntamos los argentinos si aparecerán nuevas medidas de fuerza que provengan del sector agropecuario, a partir de las demandas que este mismo exige frente al Gobierno nacional.

Hace pocos días nomás que finalizó el paro con góndolas vacías en toda la Nación. Muchos acompañaron los reclamos de la gente del campo, pero todos, sin excepción, aguardan ahora que este escenario de desencuentros no vuelva a repetirse, sea por la incomodidad, los desequilibrios sociales o las pérdidas que ocasiona: bien sabido es que el paro a nadie le conviene.

¿Quién puede oponerse a que este conflicto se solucione? Sólo un mentecato o una cabeza necia, que busca su bien a costas del mal ajeno, y en este caso, el de todos los argentinos, puede esperar que este brete continúe. Por ello, si hay algo en lo que todos, razonablemente, estaremos de acuerdo es en que buscamos la pronta solución a este trance.

La espinosa cuestión comienza recién a partir de aquí: todos estamos de acuerdo en que queremos una solución lo más integradora posible, pero variamos en cuanto al camino o método para salir.

Una solución que sea lo más integradora posible, implica que acomode a las partes en un todo: es decir, que tras la resolución de la situación de tensión, los que durante un tiempo pelearon, deciden caminar juntos en adelante hacia un destino común.

Desde hace ya unos días, el campo y el Gobierno convinieron una tregua. Pero bien sabemos que la tregua no alcanza a acercar estos actores hoy tan distantes. Por cierto que sí se logrará una descompresión, que seguro, y los resultados en este orden están a la vista, aquietará los ánimos de muchos y la bravura de algunos.

Pero hay que insistir: no alcanza. Es necesario revelar, descender más profundamente y preguntarse alrededor de qué realidad es que las partes pretenden negociar: en torno a intereses de parte, o en torno a identidades.

Cuando hablamos de identidades, nos referimos a lo propio y distintivo de alguien, en este caso a los rasgos de dos actores colectivos: el campo y el Gobierno. Fijémonos cómo uno y otro, más allá de los intereses que defienden, pasaron el umbral, y comenzaron a “describir a los de enfrente”.

Es decir, por un lado cada uno presentó, y lo seguirá haciendo, un preparado y cuidado argumento concorde al interés que defiende; pero ninguno se quedó sólo en ello: cada parte apeló a rasgos de identidad del contrincante, llegando a veces a la descalificación.

Lamentablemente, la recurrencia a la identidad del adversario aquí fue negativa. Pero tratemos de rescatar la importancia de hablar de intereses acompañados de identidades.

“El discurso político, dice Chantal Mouffe, debe ofrecer no sólo políticas, sino también identidades que puedan ayudar a las personas a dar sentido a lo que están experimentando y, a la vez, esperanza en el futuro”.

Hoy, por ello, en aras de la solución del conflicto que nos toca a todos, directa o indirectamente, nos debemos dos ejercicios importantes: en primer lugar, el de fortalecer las identidades colectivas, 1) sea para aclarar la negociación, ya enturbiada por el paro, el descontento que a todos llegó y las acusaciones cruzadas; 2) sea para revitalizar colectivamente todos los actores que tienen una importancia decisiva en la construcción de la Nación para los años que vendrán. Es necesario que todos sepamos de quién se trata cuando genéricamente se dice “el campo”, o qué es un gobierno y quién es este gobierno.

Las identidades, los rasgos de cada una de las partes, naturalmente preexisten a los intereses: en esta situación en que los intereses son encontrados, sabiendo de las distancias generadas, fijémonos dónde encontrar las cercanías, a partir de las que se reproduzca un diálogo genuino, y veremos que si apuntamos a las identidades colectivas, las partes estarán íntimamente más cerca de lo que se espera, pues somos todos argentinos: los que protestan y el Gobierno que representa a la Nación.

En otro término, hoy la Democracia nos pide y nos da la oportunidad de fortalecer el diálogo, comenzando en las partes y hacia adentro: en las entidades ruralistas, para que, con responsabilidad, vuelvan a sus objetivos fundacionales, y en los ámbitos gubernamentales, en razón de su esencia, para agilitar los canales de demanda ciudadana.

En una sociedad pluralista y diversificada, una mirada positiva de este conflicto, que no tiene que asustarnos ni tampoco llegar a extremos como la tira de alimentos, debemos rescatar las diferencias que nos separan, pero sobre todo las hermandades que nos unen, para consensuar así el camino de la Patria
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Nota VI

Aplausos que van y vienen

Por JUAN L. MANAZZONI
Marzo de 2008

Los argentinos venimos de vivir días de clara tensión: el Gobierno que encabeza Cristina Fernández y el sector agropecuario se enfrentaron en un conflicto de intereses que paralizó la sociedad toda: góndolas que comenzaron a vaciarse, rutas cortadas y enfrentamientos en el espacio público, fueron los fenómenos más notados.

Vimos cómo una disputa que se originó al afectarse intereses sectoriales, se transfirió como mancha de aceite a lo largo del Territorio nacional: no sólo de manera geográfica, como las medidas de fuerza que el campo plantó por las rutas del país; sino con una expansión que llevó la cuestión a boca y oídos prácticamente de toda la Nación.

Se oyó el reclamo del sector agropecuario por su rentabilidad y enfrente, a la Presidenta bregar por el bienestar general. De a momentos parecía que la síntesis de ambos intereses era irreconciliable.

Se oyó también a actores que reclamaban el diálogo entre partes, condición sine qua non para la materialización de nuestro régimen democrático. Ese diálogo que supone y exige el reconocimiento del adversario, con el que se aspira a llegar a puerto común, y que como todo acto ejecutado con libertad, también supone e implica su proporcionada responsabilidad.

Y en cuarto lugar, alternativamente, emergieron otros actores, los que salieron a la calle, sumándose o al reclamo del campo o a la defensa del Gobierno. Fueron más que claros los sucesos de Plaza de Mayo en apoyo a cada una de las partes.

Fijémonos en estos últimos. Más que lograr una relación de lo que fueron los actos confrontativos de estos días, acerquémonos a una de las causas más importante de este desencuentro y de aquél reagrupamiento.

Preguntándonos acerca del por qué de estos apoyos, de una manera particular, indaguemos sobre ese apoyo al campo de parte de diversos sectores urbanos sin relación con la producción primaria. Y aquí la paradoja: mientras el Gobierno dice encuadrar la economía para salvar y que no se escalen los precios y salarios, esos mismos “defendidos”, mientras, salen a protestar contra la Presidenta. ¿Por qué? Que tienen algún descontento no queda duda: pero si no son del campo, ¿por qué salen a hacer sus protestas conjuntamente con el campo? Pareciera, que fue porque encontraron un ámbito donde podrían hacer oír sus demandas.

Tratando de trascender los planteos económicos, esta rara sociedad que se dio la semana que pasó entre productores rurales y algunos sectores urbanos es una preclara muestra de tres apuros de origen político de los que los argentinos aún no hemos salido, y esos apuros son: la crisis de representatividad, y las consecuentes crisis de liderazgo y de los partidos políticos.

Tres son también los puntos característicos que suman los partidos políticos por sobre los grupos de presión: la expresión democrática, la competencia electoral y la administración directa del poder.
Según politólogos como Norberto Bobbio y Gianfranco Pasquino, los grupos de presión, anteriores a los partidos, más que una organización, son un proceso de transmisión de mensajes, a partir de una agrupación lograda en torno de motivaciones o intereses comunes, tratando de influir, con amenaza de sanciones, en las decisiones que toma el poder político. Ciertamente quienes protestaron la semana pasada, ruralistas y no ruralistas, como sujeto colectivo, están mucho más cerca de un grupo de presión que de un partido político.

Nuevamente volvimos a encontrar que los partidos, esos necesarios actores de la Democracia representativa, con sus líderes o referentes, brillaron por su ausencia. Tanto Carrió y Macri, de partidos alternativos al gobernante, como Lavagna y Duhalde, críticos dentro del mismo PJ, se animaron a hablar recién tras el traqueteo de los sucesos del día martes, cuando el paro llegaba a sus dos semanas.

El Gobierno jugó sus fichas: ganó algunas y perdió otras; el campo resistiendo, otro tanto; mientras, la oposición más que de suplente, jugó de ausente. Y de esas características distintivas de los partidos, no pudieron en modo alguno hacer valer la parte de poder que la ciudadanía les confirió en elecciones pasadas.

“La política es lo primero porque se confunde con el destino de la Nación” afirmó Napoleón. Fue evidente que detrás de una medida técnica que habría de ser rectificada o ratificada, ciertamente estaba la puja por el poder para timonear hacia esos destinos de la Nación. Ello fue lo que se jugó: lo que fue y volvió de las manos del Gobierno a las del campo, y de las de éste a las de Cristina. Si la oposición usó sus manos, fue para aplaudir.