Aplausos que van y vienen
Por JUAN L. MANAZZONI
Marzo de 2008
Los argentinos venimos de vivir días de clara tensión: el Gobierno que encabeza Cristina Fernández y el sector agropecuario se enfrentaron en un conflicto de intereses que paralizó la sociedad toda: góndolas que comenzaron a vaciarse, rutas cortadas y enfrentamientos en el espacio público, fueron los fenómenos más notados.
Vimos cómo una disputa que se originó al afectarse intereses sectoriales, se transfirió como mancha de aceite a lo largo del Territorio nacional: no sólo de manera geográfica, como las medidas de fuerza que el campo plantó por las rutas del país; sino con una expansión que llevó la cuestión a boca y oídos prácticamente de toda la Nación.
Se oyó el reclamo del sector agropecuario por su rentabilidad y enfrente, a la Presidenta bregar por el bienestar general. De a momentos parecía que la síntesis de ambos intereses era irreconciliable.
Se oyó también a actores que reclamaban el diálogo entre partes, condición sine qua non para la materialización de nuestro régimen democrático. Ese diálogo que supone y exige el reconocimiento del adversario, con el que se aspira a llegar a puerto común, y que como todo acto ejecutado con libertad, también supone e implica su proporcionada responsabilidad.
Y en cuarto lugar, alternativamente, emergieron otros actores, los que salieron a la calle, sumándose o al reclamo del campo o a la defensa del Gobierno. Fueron más que claros los sucesos de Plaza de Mayo en apoyo a cada una de las partes.
Fijémonos en estos últimos. Más que lograr una relación de lo que fueron los actos confrontativos de estos días, acerquémonos a una de las causas más importante de este desencuentro y de aquél reagrupamiento.
Preguntándonos acerca del por qué de estos apoyos, de una manera particular, indaguemos sobre ese apoyo al campo de parte de diversos sectores urbanos sin relación con la producción primaria. Y aquí la paradoja: mientras el Gobierno dice encuadrar la economía para salvar y que no se escalen los precios y salarios, esos mismos “defendidos”, mientras, salen a protestar contra la Presidenta. ¿Por qué? Que tienen algún descontento no queda duda: pero si no son del campo, ¿por qué salen a hacer sus protestas conjuntamente con el campo? Pareciera, que fue porque encontraron un ámbito donde podrían hacer oír sus demandas.
Tratando de trascender los planteos económicos, esta rara sociedad que se dio la semana que pasó entre productores rurales y algunos sectores urbanos es una preclara muestra de tres apuros de origen político de los que los argentinos aún no hemos salido, y esos apuros son: la crisis de representatividad, y las consecuentes crisis de liderazgo y de los partidos políticos.
Tres son también los puntos característicos que suman los partidos políticos por sobre los grupos de presión: la expresión democrática, la competencia electoral y la administración directa del poder.
Según politólogos como Norberto Bobbio y Gianfranco Pasquino, los grupos de presión, anteriores a los partidos, más que una organización, son un proceso de transmisión de mensajes, a partir de una agrupación lograda en torno de motivaciones o intereses comunes, tratando de influir, con amenaza de sanciones, en las decisiones que toma el poder político. Ciertamente quienes protestaron la semana pasada, ruralistas y no ruralistas, como sujeto colectivo, están mucho más cerca de un grupo de presión que de un partido político.
Nuevamente volvimos a encontrar que los partidos, esos necesarios actores de la Democracia representativa, con sus líderes o referentes, brillaron por su ausencia. Tanto Carrió y Macri, de partidos alternativos al gobernante, como Lavagna y Duhalde, críticos dentro del mismo PJ, se animaron a hablar recién tras el traqueteo de los sucesos del día martes, cuando el paro llegaba a sus dos semanas.
El Gobierno jugó sus fichas: ganó algunas y perdió otras; el campo resistiendo, otro tanto; mientras, la oposición más que de suplente, jugó de ausente. Y de esas características distintivas de los partidos, no pudieron en modo alguno hacer valer la parte de poder que la ciudadanía les confirió en elecciones pasadas.
“La política es lo primero porque se confunde con el destino de la Nación” afirmó Napoleón. Fue evidente que detrás de una medida técnica que habría de ser rectificada o ratificada, ciertamente estaba la puja por el poder para timonear hacia esos destinos de la Nación. Ello fue lo que se jugó: lo que fue y volvió de las manos del Gobierno a las del campo, y de las de éste a las de Cristina. Si la oposición usó sus manos, fue para aplaudir.
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