Recuperar la raíz
Por JUAN L. MANAZZONI
Febrero de 2008
Muchas veces es mucho lo que denunciamos acerca de la política. Es fácil decir que ya no hay más partidos, que las ideologías tampoco existen, que los políticos no actúan según valores o convicciones. Sin negar, eso sí, que hay algo de verdad en estas afirmaciones.
Oímos hablar mucho acerca del vacío ideológico de los partidos políticos argentinos. Como prueba, tenemos la facilidad con la que diversos actores políticos mudan frecuentemente de un cuadro a otro.
Entre otros menoscabos, desde hace ya varios años o décadas se puede notar que en los partidos políticos, las doctrinas o ideologías dejaron de ocupar su lugar de honor, el primero, desde donde se deducía toda acción, para ser relegadas, archivadas y hasta casi proscritas.
Hoy, para revertir esta situación que ciertamente no es buena, no alcanza con sólo criticarla, sino que lo más loable será indagar por solucionarla lo más posible.
Los siglos XIX y XX, pese a que tampoco están exentos de anomalías y vicios en esta materia, echan luz sobre cómo en el pasado muchos compatriotas se decidieron a adherir a tal o cual fuerza política con su respectivo programa de gobierno propuesto, y con la necesaria matriz ideológica, exclusiva, aceptada y tomada como bandera.
Esa adhesión era efectiva y real, y su garantía estaba en que se buscaba mantener ese vínculo, con coherencia, a lo largo del tiempo. Si detrás de un programa de gobierno para un momento determinado residían ciertos valores, al momento de confeccionar otra propuesta política para otro momento determinado, se buscaba mantener los mismos valores y banderas que cimentaran la acción.
Esa lealtad a las propias convicciones, no sólo de los políticos lanzados a la carrera, sino también y sobre todo, de sus seguidores y votantes, es primordial plataforma del sistema político. No es una situación ideal: debería ser la normal.
Por citar un ejemplo ilustrativo: que un peronista o un radical de mediados de siglo XX muchas veces eligiera el nombre de sus hijos conforme los esfuerzos y resultados que unos u otros habían logrado para la sociedad nacional, se llegó a tacharlo de “fanatismo irracional”. Pero más allá de que hoy es impensable esperar que alguien eligiera para sus hijas llamarlas Cristina o Elisa, o a sus hijos Néstor o Raúl Ricardo, lo valioso de aquella actitud fue que mostró la cercanía que existía entre la política y la vida de los argentinos, el compromiso (es decir, la promesa mutua) entre el gobernante y el gobernado.
Muchos agoreros, sobre todo desde intereses extranjerizantes, por años desdeñaron muchas pautas culturales de compromiso social y político de miles de argentinos de otros tiempos, y ahora quizá inauditas. Hoy a “aquellos fanáticos” ya no los tenemos: al revés, nos encontramos con una sociedad profundamente apática e indiferente en términos políticos, que sólo se queja cuando le tocan “la víscera más sensible”, como un ex presidente afirmaba acerca del bolsillo.
Que alguien manifestare votar “siempre” al Justicialismo o al Radicalismo, por citar las dos fuerzas políticas argentinas mayoritarias, se convirtió muchas veces más en una crítica, y se nos quiso enseñar que habría de “votarse a la persona”, como si el partido, los convencimientos y sus seguidores no fuesen elementales para el gobernante a la hora de manejar los destinos comunes.
Mientras lo criticable es que quienes eran electos para representar públicamente dichas fuerzas, olvidaran aquel depósito confiado de ideología, valores y convicciones, tras el que marchaba el partido y sus votantes.
Como afirmara Rodolfo Urtubey: “cuando el ocaso de los postulados ideológicos deja al sistema político huérfano de las pautas culturales que lo animaron, el aparato de intereses económicos pasa a constituirse en el principal soporte del régimen”. (Del Régimen a la Revolución, 1972, p. 29)
Si nuestra poca participación política se guía según sólo criterios numéricos, hoy acompañaremos a aquellos y mañana a estos otros. Mientras, el barco de la Nación, sin un mapa de navegación, perderá sus energías tambaleándose sin avanzar ni retroceder.
En la actualidad, los argentinos podemos confesar una realidad mejor desde hace décadas. En una Argentina que generó producción, trabajo y riquezas, hoy es casi única y exclusiva la oportunidad para esforzarnos y sembrar aquellos valores culturales que nos llevarán a construir sobre roca una sociedad pujante.
Nuestras adhesiones deben volver hacia las ideas y convicciones y no a las solas cifras que disciernan nuestro voto y participación; será nuestra lealtad a causas nobles, como la Reconquista de la República, según Yrigoyen, o la Patria Justa, según el General, las que concebirán propuestas eminentemente representativas.
“La ideología es un sistema global de interpretación del mundo histórico-político”, expresó con síntesis Raymond Aron. Hoy más que nunca, debemos esforzarnos por interpretar nuestro mundo y comprendiendo ciertamente sus causas y consecuencias, fijar claro enfoque y formular propuestas de cambio y mejoras.
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