jueves, 18 de septiembre de 2008

Nota XVIII

¿Es un populismo?

Por JUAN L. MANAZZONI
Septiembre de 2008

Siguiendo “La Razón Populista”, del filósofo argentino Ernesto Laclau, queremos indagar, a partir de algunas características que él puntualiza, si el proceso político que se inició cuando Néstor Kirchner asumió la presidencia de la Nación en mayo de 2003, puede o no ser tildado de populista.

Para Laclau, el populismo como movimiento surge siempre de una situación o contexto social que lo rodea y causa: en todas las manifestaciones históricas populistas, su origen ha sido una situación de crisis del sistema, mientras que la común insatisfacción de demandas de parte de la sociedad (por heterogéneas que estas sean), vino a ser el factor que encadena y arrima a sus adherentes. El grado de crisis y fractura en que se ha encontrado la sociedad funcionó siempre como precondición para la aparición del populismo: todos los casos históricos que fueron catalogados como tal detentaron la misma característica.

El kirchnerismo no es ajeno a esta primera nota: previo al acceso de Kirchner a la presidencia de la República, la Argentina venía de un pasado cercano con heridas de muerte tras el colapso generalizado de 2001, la caída del gobierno radical y el consecuente gobierno provisional de 2002. Las elecciones de 2003 implicaron así un punto de inflexión a partir del cual el país comenzó a normalizarse, mientras el discurso oficial que denunciaba todo “lo pasado” como malo y repudiable, venía a ser congruente con una opinión pública desgastada por agobiantes males profundos desde varios años atrás.

Por otra parte, Laclau se refiere a los populismos como movimientos políticos de orden policlasista, es decir que engloban capas, fuerzas y sectores sociales diferentes, y con frecuencia hasta históricamente adversarios, y que tienen en común el reclamo y la insatisfacción de demandas.

Al observar la realidad argentina, el entonces movimiento político que inició Néstor Kirchner al hacerse cargo del Gobierno, fue sostenido por fuerzas diversas, provenientes de sectores no necesariamente afines o concordantes entre sí: chacareros beneficiados por algunas políticas nominadas como productivistas e implementadas por su predecesor; industriales, que ante nuevas condiciones económicas volvían a producir después de décadas; trabajadores que retornaban a su antiguo oficio o fuente laboral; sectores marginales, sobre todo del área metropolitana, que accedían a un nuevo tipo de políticas sociales inclusivas; capitalistas que abandonaban la especulación para volver a invertir; y en general, una opinión pública que con buenos ojos veía cómo el nuevo Gobierno atacaría las bases que habían llevado el país hacia aquél caos generalizado. Heterogeneidad que se manifestó también en la definición ideológica de ese movimiento.

Otra característica que se le ha asignado a los populismos es que superan la tradicional oposición izquierda-derecha, o derecha-izquierda como guste, y la reemplazan por una nueva contradicción basada en el amigo y el enemigo. Y en esto, Néstor y Cristina Kirchner no han perdido el tiempo: potencias extranjeras y organismos de crédito, militares, eclesiásticos, inversores y financistas, ruralistas, y una lista oficial de “culpables” que parece alargarse junto a la de los problemas de los argentinos, viene a justificar y dar razón de aquello que el Gobierno debiera justificar y dar razón. El dicotómico y extremista “pueblo-antipueblo” que desde órbitas oficiales se insinuó durante la rebelión agraria da cuenta de la intención de rearmar las identidades que ha tenido este Gobierno, presentándose a sí mismo como el único intérprete del pueblo.

Por último, dos razones también hechas por el mismo filósofo argentino acerca del populismo que también hoy se proyectan en la realidad argentina: la centralidad del líder, que contribuye a la configuración de un régimen mayormente personalista; y el hecho de que los movimientos populistas no se comprenden bajo el esquema de organización burocrática de los partidos políticos corrientes, sino más como un conjunto informal de grupos, asociado en gran medida a la intervención estatal.

En el caso argentino, ocurrieron ciertos relevos y reemplazos en el equipo que gobierna desde 2003 (alguno por demás significativo, como el del sillón de Rivadavia): pero las más de las veces, lo han sido para alivianar la apreciación de ese personalismo que se acentuó en la Argentina de los últimos años.

Fue en función de ese personalismo, que se combinó la subsiguiente organización partidaria: el discurso respecto de la normalización del PJ nacional, que venía después de décadas a mostrarse ahora como una fuerza ágil, moderna y organizada, se opacó al resumirse en la renovación de aquellas ciertas prácticas pintadas por la ausencia de debate, los armados “a dedo” y una verticalidad excluyente.

Nota XVII

Una agenda sin hojas

Por JUAN L. MANAZZONI
Agosto de 2008

A nadie le gusta que le digan qué hacer o qué dejar de hacer. La agenda la hace uno y de uno habla su propia agenda: lo que hace, lo que hizo y lo que proyecta hacer. Así, se muestra si cada quien detenta autonomía o no, por ejemplo.

Qué argentino al finalizar el año 2007 llegó a vaticinar las formas políticas que vivimos hoy: en pocos meses y con la lógica de la rueda de la fortuna, el mapa de situación política nacional se descentró de su propio eje.

Tras el sostenimiento de cuatro meses de conflicto con el campo, –al menos en lo que hizo al corazón de la disputa, es decir el esquema de retenciones móviles que disponía la resolución 125, puede decirse, en primer lugar y con evidencias claras, que el Gobierno nacional perdió el protagonismo que por años caracterizó a Néstor y Cristina Kirchner desde que uno y otro mandan en el país.

Hoy sin embargo, la Presidenta continúa en funciones y su esposo, al frente del partido político que vertebra el Gobierno. ¿A qué protagonismo nos referimos entonces? ¿Cuál es esa centralidad en la que ya el matrimonio Kirchner no se encuentra? En pocas palabras, desde la revuelta rural, la iniciativa pública dejó de ser exclusiva de la conducción Kirchner y hoy son ellos los que van detrás de los problemas, gestos y soluciones.

Referirnos a un gobierno con capacidad de iniciativa, significa que 1) dé su versión del panorama o contexto que lo rodea, 2) establezca cuáles son prioridades, y en consecuencia 3) disponga las soluciones; 4) dictamine tiempos y ritmos, 5) regule los recursos que administra, y finalmente, 6) controle la eficiencia respecto de las políticas que se adoptan.

Hasta finales del año 2007, y desde hacía ya tiempo, la agenda pública en nuestra Argentina, pese a numerosos y públicos planteos, respondía a lo que cotidianamente desde el atril de la Casa de Gobierno anunciaba o denunciaba el entonces Presidente de la Nación, y la selección de prioridades también era determinada desde las esferas oficiales: era de suponer y esperar que ante la lectura que un Gobierno con poder realizaba respecto de la situación general, se respondiera planificando qué se solucionaría primero y qué después.

En cuanto a los ritmos, tampoco hoy el reloj del Gobierno está en hora. Los tiempos no son manejados desde el Poder Ejecutivo sola y exclusivamente: la dinámica parlamentaria se ha sobrepuesto a los tiempos del Ejecutivo, y los paros que se repiten interceptan la dinámica de las decisiones, por citar sólo dos casos de coacción externa.

Por su parte, los recursos de la administración son cada vez menos suficientes: mantener la política social, contener la crisis energética, sostener los cuantiosos subsidios a los servicios públicos y cumplir con los compromisos internacionales del año entrante, significa un dolor de cabeza más que importante para la administración actual. De esta manera, el control de la eficacia respecto de las políticas y decisiones que se adoptan, está cada vez más descuidado y no depende ya sólo de ámbitos gubernativos, sino más de la opinión pública agitada.

Al promediar el mes de marzo, cuando estallaba la protesta de los chacareros, en una nota titulada “La autoridad de Cristina” escribí acerca de la posibilidad que el Gobierno todavía guardaba de generar un cambio y salvar la situación. Hoy esa posibilidad fue dilapidada: la administración de Cristina Kirchner ya no tiene tal oportunidad. Los 120 días de conflictividad directa dejaron como saldo el corrimiento del polo de autoridad: el Gobierno de Cristina Kirchner pasó de un estadio de actividad a uno de pasividad, desmantelando su usina de causar, generar, elegir y manejar sus propios movimientos.

Ahora bien, ¿quién se ha hecho de aquella autoridad perdida? Esa es la respuesta quizá más escabrosa para pensar las posibles vías por las que habrá de correr la vida política argentina en los meses que nos esperan.

Los partidos de la oposición vuelven a sólo mostrar su intrínseca incapacidad de organización y propuesta. Tanto, que ninguna figura política de esos partidos supo aprovechar el debilitamiento del Gobierno, y generar un rédito propio que le abra posibilidades de cimentar cualquier construcción en un futuro político no lejano.

Los productores (y con ellos también los empresarios) tampoco ganaron un botín perdurable: en materia económica si bien consiguieron la expiración de la resolución 125, hoy la inflación les es cada vez más escolta; y en términos políticos, ya no cuentan con el notable apoyo popular que los acompañó en los días de corte de ruta y cacerolazos.

Los asalariados y trabajadores tampoco se alzaron con el estandarte que los señale favorecidos: muchos gremios son cada vez más críticos en lo que hace a su actualidad salarial, y en los últimos días hemos visto cómo altos dirigentes sindicales muy cercanos al oficialismo, aún ante la adopción de medidas que los benefician, comenzaron a mostrar ligeramente diferencias, aunque estas los distancien del calor oficial.

Hoy al Gobierno argentino se le escapó de sus manos la confección de la agenda pública, en la que maquine qué medidas, políticas y reformas propone llevar a cabo. Pese a ser una expresión fuerte –e impensada en otros momentos respecto del actual plantel, el gobierno es hoy presa de sus imposiciones: darles solución a éstas, y planear el restablecimiento de su capacidad de iniciativa deviene imperioso para toda subsistencia social.

Nota XVI

La vía de la alternancia

Por JUAN L. MANAZZONI
Julio de 2008

No han sido pocas las voces que últimamente se oyeron pretendiendo la mejora en la calidad de las instituciones de nuestra República: mucho se pidió en lo que pasó del año, acerca de la necesidad de que las mismas sean no sólo más eficientes sino también más representativas de nuestra composición común, voluntades e intereses.

Antes de alistarnos en la vía de “la siempre propuesta, anunciada y nunca perpetrada reforma política”, que nuestro régimen requiere, es axiomática la aclaración de ciertas falsas verdades que sobrevienen en limitantes del normal desarrollo de la dinámica democrática.

En este último tiempo y ante las circunstancias por todos conocidas, no han faltado quienes, desde diversos sectores, reclamaron alternancia en el ejercicio formal del poder como garantía de participación. Sabemos ya cómo se tiñó el debate con adjetivaciones y cuáles fueron los calificativos que en consecuencia emergieron, de una y otra parte. Pero al margen de esas valoraciones vertidas sobre juicios y comportamientos “del otro”, vale preguntarnos acerca de la validez democrática del concepto de alternancia.

Al referirse Giovanni Sartori, en su clásico “Partidos y sistemas de partidos”, a las condiciones de un esquema bipartidista (que sea esto citado aquí, no significa necesariamente que adjudiquemos a la Argentina de hoy un sistema tal), habla entre otras, de una en especial: la necesidad de que exista expectativa en que la oposición pueda ser gobierno en un futuro próximo (más allá de si en ese futuro logra constituirse como tal).

Para este politólogo italiano, es primordial la factibilidad real de que la oposición tenga la oportunidad: queda en ella, desde luego, saber aprovechar esa apertura. Es decir, basta con que exista la expectativa: no pierde un régimen su propiedad democrática necesariamente si en él con altas frecuencias se elige al mismo partido para que sea gobierno.

El distintivo primario de la democracia no es la alternancia ni la rotación en el poder, sino las elecciones libres y limpias. Si hay alternancia y oxigenación con nuevas ideas, personas y proyectos, quizá mejor: pero lo importante es la expresión y consagración de la voluntad popular a través del voto. La historia muestra que concurrieron alternancias en el poder y que no por ello hicieron democracia.

Obviamente que la permanencia de un mismo color partidario puede afectar la calidad democrática al facilitar que se generen condiciones de ciertos privilegios y faltas a la transparencia. No olvidemos historias lamentables que son ejemplo de ello: la Democracia Cristiana italiana, que finalmente estalló en 1993, el PRI que gobernó México durante casi un siglo o el Partido Colorado que perduró seis décadas en el Paraguay, hasta el pasado viernes.

Es elemental que los partidos de la oposición accedan a condiciones equitativas de competencia a fin de que sus posibilidades de asirse del gobierno en un futuro cercano sean reales; y así, con esa posibilidad y expectativa, asegurar que un sistema garantice libre acceso y participación en las decisiones que tocan a todos.

Donde no podemos descuidar hoy la reconstrucción de los mecanismos democráticos es dentro de los partidos políticos: sin distinción, comenzando por aquellos que son gobierno, al tanto de que su vida interna replica consecuencias en la sociedad toda.

Si habrá alternancia o no en las gestiones gubernativas, lo dirán las urnas que se abrirán de acuerdo a los tiempos y procesos determinados por nuestro ordenamiento: a los partidos con grandes responsabilidades políticas en el presente, sin miramientos de la latitud política en que se ubican, y respecto de su profunda responsabilidad social, les toca avanzar en la disposición de participación para ofrecer genuinas alternativas de progreso.

Nota XV

El fin y los medios

por JUAN L. MANAZZONI
Julio de 2008

En "El campo", un film de Jim Sheridan, estrenado en 1990, el protagonista Bull McCabe ordena y dispone todo lo que tiene a su alcance y lo que no también, para conseguir aquella porción de tierra ajena que desde sus abuelos trabajó su familia y conviertió en un vergel, en las húmedas pero también rocosas montañas de Irlanda.

Cuando la viuda dueña decide vender las tierras en una subasta, McCabe revuelve cielo y tierra para hacerse de ese campo, empeñado en honrar a las generaciones pasadas y en legar a su descendecia un posibilidad de mayor progreso.

Ese inicial amor por la tierra que lo hizo nacer y lo vio crecer y trabajar devino en tal locura que lo llevó a descuidar la muerte de su propia madre, el suicido de su primer hijo, la pérdida de su esposa y la muerte de su segundo hijo, sin contar la hacienda que despeñó en el mar. Pero la obsecación de McCabe, pese a todo, agotó las posibilidades de una derrota en la búsqueda de aquellas tierras: eso sí, por las tierras perdió absolutamente todo, lo valioso de veras.

Un fin bueno y loable en sí mismo: ¿quién podrá objetar el sano deseo de un padre de familia de ayudar a su descendecia y ofrecer sus respetos al linaje que le dio la vida? La cuestión, como siempre, es el método para arribar a determinado objetivo.

La violencia creciente fue para "el toro" McCabe el camino que eligió para cumplir su intención. Así le fue: desechando toda racionalidad, su fin perdió razón de ser, ya que dinamitó cualquier honor y perdió sus hijos y familia; y su medio se convirtió en una obsesión sin más: conseguir el campo a cualquier precio terminó siendo una realidad, pobre y trágica, pero realidad al fin de cuentas.

Aguardo claridad al delinear las similitudes que se acercan al panorama que los argentinos venimos padeciendo desde la Resolución 125, el conflicto agropecuario y la tozudez del Gobierno.

¿Quién puede objetar la nobleza que encierra el fin declamado en los discursos oficiales, de intentar forjar una sociedad más inclusiva y justa? Pero como dijimos más arriba, es el método la cuestión mas delicada que se nos plantea.

Durante cuatro meses, el discurso oficial agotó todo argumento que justificara una medida económica y en esa clave, agotó todo camino para imponerla. A costa de todo. Un fin bueno, pero con medio inapropiado y consecuencias sociales indeseables para todos los argentinos han hecho que la ciudadanía hoy descrea cada vez más de los anuncios provenientes de la órbita presidencial.

Si este gobierno es, como se empeñan en declarar, "la profundización del cambio iniciado en 2003", con la asunción de Néstor Kirchner a la Presidencia de la Nación, gobierno que sí (hay que reconocerlo) satisfizo ciertas demandas de aquel momento, es esperable entonces que aplique un mínimo de inteligencia para conservar aquél fin sano que se ha propuesto, pero variando el medio y los métodos (la 125 y las formas de confrontación social) que tanta controversia e irritación han hecho padecer a los argentinos.

Al igual que McCabe, el oficialismo ha ido perdiendo sus bienes mas valiosos, obsecándose en en una decisión que olvidó en los argentinos toda propuesta ofrecida en la elecciones de octubre pasado. La ratificación de la Resolución ministerial se convirtió en "el" fin de esta cruzada del Gobierno: y al no conseguirse este nuevo fin, se entiende cómo en ámbitos palaciegos la derrota se concibió tremenda.

Pero ampliando la mirada al conjunto social, la dinámica que se percibió en la Cámara de Diputados y en el Senado aceitó los canales de demanda y respuesta que conforman nuestro sistema político: la demanda social se interpuso a una actitud que intentaron fraguar a espaldas del Pueblo argentino.

Nota XIV

Nuestra propia mirada

Por JUAN L. MANAZZONI
Junio de 2008

Muchos argentinos buscan lo mejor para nuestra Patria: todos sabemos que el bien del conjunto nos conviene a todos, y por ello, es difícil encontrar a alguien que, con buena razón, declare no querer nuestro sano progreso y el de nuestro ambiente hacia mejores formas de vida social.

Progresar, avanzar, simplemente ir hacia adelante, incluye que todos nos veamos impulsados de forma conjunta hacia un nuevo y mejor estadio, que mayores y mejores condiciones de vida nos brinde. Caminar hacia adelante, o aún a veces hacia atrás, como nación o solos, individualmente, nos habla ya de nuestra condición móvil, transcurriendo en el tiempo.

Tiempos que caracterizan cada etapa presentándonos nuevos desafíos: estos meses de desencuentro nacional, cuya calma se hizo largamente esperar, nos hacen volver a profesar nuestra intención de caminar juntos, como Nación, hacia nuevos albores, hacia días mejores que aquellos dolorosos que los argentinos supimos vivir en los largos siglos que nos precedieron y que no queremos revivir.

No sólo la cuidada lengua castellana, que desde Europa nos trajeron y a la que le añadimos nuestra marca propia, no sólo las creencias, ni nuestro modo de disposición social, sino sobre todo la tradición que entera guardamos en el corazón de la historia del país, nos vuelve a reunir y nos invita a recorrer un camino de ida por la senda del progreso, sin resentimientos ni injustos olvidos.

Hoy, como Nación, todos y sin exclusiones, volvemos a estar en la oportunidad de abrir un nuevo camino de trabajo y forja de una nueva Argentina. Y ese verdadero camino se emprende desde nuestras mejores anclas de tradición y cultura nacional.

Por cierto que es tarea no fácil, ni olvidado anhelo. Sin desanimarnos al observar el contexto y las circunstancias, hoy el mandato nos vuelve a los años ulteriores a la Independencia: sobreviene en un imperativo decisivo que para superar nuestras dificultades nacionales, primero debamos restaurar nuestro espíritu nacional, una verdad guía no sólo para nosotros: del otro lado del océano, un conservador inglés como Lord Hailsham (Douglas Home), primer ministro británico allá por la década del ’60, decía años atrás en una de sus publicaciones: “si no hay un sentimiento de unidad nacional, no puede haber tampoco un sentimiento patriótico”, naturaleza ineludible para el adelanto nacional.

Hoy volvemos a necesitar sabernos un mismo sujeto colectivo: sin constreñir las sagradas libertades individuales, volvemos a requerir de nuestra autoconciencia de connacionales, la que nos revela y recuerda esa hermandad que une a los hijos de las amplias tierras que comienzan en las sombras de los Andes hasta el Atlántico, y que corren de la Quebrada hasta la austral Tierra fueguina.

Hoy, como cada día, resurge la necesidad de obviar innecesarias disputas, desencuentros y divisiones internas que nos separen y aparten de ese camino buscado de vida nacional en progreso. Estar al tanto sobre lo inaceptable e inconveniente de las luchas y divisiones internas, hoy es uno de nuestras preocupaciones por compensar.

Debemos entender con claridad que el fomento de la vida conforme al espíritu de nuestra Nación y del consecuente sentimiento patriótico, así como el incentivo de distintas razones colectivas, como el cultivo de una historia por todos asentida, no comienzan en autoridades políticas momentáneas: si bien a ellas les cabe parte en el estímulo de la conciencia común, ese libre punto de vista al que cada compatriota pueda día a día volver, indagar y preguntar, comenzará a responder a la disposición y entrega que cada argentino realice y aporte en orden a la generación de una nueva concepción de Nación.

Nota XIII

Números que no curan

por JUAN L. MANAZZONI
Junio de 2008

1. Una semana de incertidumbres fue la que hemos transitado frente a las negociaciones continuadas entre ruralistas, miembros del Gobierno nacional y legisladores de las diferentes bancadas respecto del tratamiento en la Cámara de Diputados del proyecto de ley presentado por el Poder Ejecutivo para la ratificación de la polémica Resolución ministerial 125, sobre derechos de exportación de granos.

2. Pero el camino se bifurca al ahondar la mirada sobre el escenario que se presenta cotidianamente. Pueden distinguirse a partir de aquí dos claves dimensiones que es bueno aclarar y sobre las que se proyecta la realidad del debate y la puja entre los actores involucrados: éstas son las dimensiones cuantitativa y cualitativa del panorama que se aprecia.

3. La aprobación o no en la Cámara de Diputados o en el Senado, las alícuotas que bajan o suben después de cada reunión de bloque o comisión, las compensaciones presentes en cada debate, son algunos de los puntos de esta tensión que nos aqueja desde hace más de tres meses, y que se materializan en cifras y números que mantienen en vilo nuestra atención. Si de números de peso se trata, no puede dejarse de rescatar un dato no menor y hasta hace un tiempo impensado: el mismísimo bloque oficialista y un aliado importante, el bloque de radicales que apoyaban al Gobierno, se encuentran divididos en concepciones y consecuente votación.

4. Pero esta dimensión de tipo cuantitativa, que se refugia en normas y manejo de procedimientos, esconde toda una trama que trasciende los votos reunidos por uno u otro bloque, imagen de las voluntades de adhesión por las que desesperan dirigentes de distintos sectores.

5. Si se atiende a las opiniones de las mayorías, a la aceptación popular, a la imagen misma que continuamente la sociedad va configurando acerca de su propia dirigencia, estamos cambiando el código de interpretación. Esto no responde ya ni a comisiones, ni a bloques ni a llamamientos por cadena nacional: sino a convicciones e intereses legítimos que se expresan de distintos modos, y en un momento determinado de la línea del tiempo, a través del voto popular.

6. Que la sociedad conciba a sus representantes, sean del Poder Ejecutivo como del Legislativo, como responsables en verdad de aquello que se les confió mediante el voto es también producto de que tales representantes muestren y demuestren clara actitud de apertura al cambiante sentir general. La representatividad, cualidad matriz de un legislador, se contrapone al hacer oídos sordos o mostrar la espalda a las demandas populares.

7. Por ello, más allá de quien "gane" la pulseada parlamentaria cuantificada en número de votos, puede ya verse cómo día a día, a medida que el tiempo sigue corriendo, cómo, unos y otros van o ganado o perdiendo espacio, y si se quiere también, aceptación.

8. Quien desde el comienzo perdió y continúa perdiendo, es el conjunto de la oposición política argentina: en primer lugar, porque todavía su "peso específico" sigue siendo dependiente de las decisiones y declaraciones del Gobierno. Ningún sector de la oposición ha podido aún estatuirse por sí solo: las clases medias que no votaron por Cristina y apoyan al campo, no lo hacen por Carrió o por Macri o por el Comité Nacional: en todo caso se unen ellos, posteriormente, o sea, es el espanto lo que los acerca. En segundo lugar, la oposición no ha podido o no ha sabido generar una alternativa que supere la política agropecuaria que le denuncian inexistente al Gobierno actual. El mismo presidente de la Federación Agraria, Eduardo Buzzi, decía días atrás que muchos de los proyectos que los diputados de la oposición acercaban, era sólo la derogación de lo actuado por el Poder Ejecutivo, mientras desde la Mesa de Enlace esperaban opciones favorables al fomento de la producción agraria argentina.

9. Del lado de enfrente, ahora bien, el Gobierno, al margen de haber reunido la voluntades necesarias para la votaciones de su proyecto en Diputados, suma una pérdida cada vez más riegosa para sí: tanto adentro del bloque oficialista como en los bloques aliados, las disidencias en vez de ser contenidas fueron eyectadas. Y lo más preocupante es que esas voces de disenso no contenidas en el bloque del Frente para la Victoria-PJ, son las que sí generaron propuestas alternativas: es decir, que el núcleo del bloque de la mayoría está cometiendo el mismo pecado que la oposición, o sea, no elaborar alternativas superadoras, sino sólo retransmitir mandatos provenientes de la Casa Rosada.

10. Haber perdido el manejo de la fluidez y capacidad comunicativa interna en el frente oficial y la contención de sus disensos internos, por una parte, y un gran paquete de adhesion social que supo estar de su lado, es la gran derrota que ya el Gobierno avizora.

Nota XII

El retorno a las instituciones

Por JUAN L. MANAZZONI
Mayo de 2008

“La democracia se defiende con más democracia y las instituciones, con más instituciones” expresó la presidenta Cristina Kirchner el pasado 17 de junio, al referirse por la cadena nacional en la conmemoración del trágico bombardeo sobre la Plaza de Mayo en 1955. Tras ello reseñó su decisión de enviar al Congreso de la Nación el Proyecto de ley que habrá de ratificar o no, la controvertida Resolución 125/08 sobre retenciones móviles a las exportaciones de granos, trazada el pasado 10 de marzo por el entonces ministro de Economía Martín Lousteau y que desencadenó uno de los conflictos sociales más enérgicos de los últimos lustros en nuestra Argentina.

La defensa de las instituciones, consigna definida por Cristina Kirchner, a la vez que bandera alzada por más de un candidato en épocas electorales pero olvidada casi siempre tras los apuros de la gestión, emerge de nuevo por estos días para intentar establecerse en la agenda pública que nos concierne a todos.

Defender la democracia y fortalecer las instituciones han sido indicaciones que últimamente los argentinos hemos oído pregonar tanto desde atriles oficiales como desde un carro en medio de alguna ruta de provincia.

Pero bien: es una realidad dividida la que encontramos al concentrarnos tanto en las instituciones de la República, en esas organizaciones fundamentales del Estado y establecidas en la Constitución Nacional frente al ambiente que nos circunda: hemos visto, después de más de cien días de tensión y enfrentamientos, que no han sido precisamente las instituciones los naturales nexos de expresión, demanda y respuestas a los reclamos ciudadanos.

Es favorable al país que hoy se extienda el pedido de vigorizar las instituciones republicanas. Al margen de estrategias partidarias, el hecho de enviar el Proyecto de ley para ser tratado por parte de diputados y senadores de la Nación, deviene en una seña atinada ante este encontronazo entre argentinos. Seña que debiera haberse cumplimentado desde el primer día. Seña, y no sólo seña, sino también compromiso con la Carta Magna, que madura en consecuencias constructoras de ciudadanía. Y es beneficioso que ello se declame, sea desde la órbita oficial como desde los ámbitos privados solicitando la mejora de estos canales sociales.

Fortalecer las instituciones implica simplemente mejorarlas o perfeccionarlas. Ello representaría: 1) que sean más resistentes frente a las tensiones sociales, 2) perdurables pero adaptables para conformarse a las nuevas circunstancias (en aquello que sea necesario y conveniente) y, 3) eficientes para la satisfacción de demandas e intereses sociales.

A más de tres meses del surgimiento del planteo de los sectores agrarios, que contó con el apoyo de otras referencias de la sociedad, atestiguamos cómo muchos canales institucionales imprescindibles, o se vieron colapsados o fueron ignorados.

Fomentar el debate y tratamiento sin condiciones, de un política pública en ámbitos representativos per se, como las cámaras del Poder Legislativo, se convierte en un incentivo a la participación cívica y abre caminos para la enumerada regeneración de un esquema plural de partidos políticos.

Acercándonos a las vacaciones de invierno, es esperable que la bandera de la institucionalidad sea más una realidad que se aproxima y no un ideal lejano o una promesa no cumplida, a las que tristemente muchos dirigentes nos han acostumbrado.

Debe dejar de ser estimado un objetivo lejano el que la institucionalidad no se vea asociada ya al concepto simple y grotesco de una burocracia inútil y retardada; y que tienda al de una democracia plural que se realiza en la intervención ciudadana de cuantos quieran aportar a la cosa pública: deviene ya en una meta alcanzable y posible.

La única receta para forjar una nueva institucionalidad es retornar a la Constitución: y que cada uno se encuentre allí, según Ella, con todo y sólo lo que corresponda.

Nota XI

Tiempo oportuno

Por JUAN L. MANAZZONI
Mayo de 2008

A partir de los sucesos y procesos consecuentes al 11 de marzo pasado, que hicieron estallar el reclamo arduo y duradero de los productores del agro frente al Gobierno nacional, los argentinos, aunque podamos obviar constituirnos en protagonistas o antagonistas de aquella demanda, no podemos dejar de atestiguar transformaciones ineludibles en términos políticos para los tiempos que vendrán.

El reclamo agrario, el primer apoyo de sectores de la clase media "cacerolera", descontenta con el Gobierno por otros motivos y que encontró en "el campo" un canal de expresión contundente, y el discernimiento que el resto de la población hizo y hace para la adhesión o no, respecto de la protesta ante la evolución y el manejo de la puja, esos tres factores, generaron sin duda una nueva constelación de poder en nuestra Argentina de 2008.

Una consideración aparte merecería la duda acerca de la certeza y honestidad intelectual de los discursos, o de la viabilidad de soluciones y acciones como las que gritando proponen en el espacio público algunos ciudadanos apasionados ante el conflicto. Pero esa sería una discusión posterior. Hoy, por cierto, encontramos en el haber de estos casi cien días, ciertos hundimientos y afloramientos que modificaron el relieve político argentino.

Frente a este nuevo esquema que vemos detrás de este telón conflictivo, cada compatriota, aunque no lo quiera ni lo busque, acaba por elaborar desde sí un juicio que lo posiciona respecto de los actores centrales de esta trama. Juicio que lo ratifica en su postura anterior o que lo lleva a pensar y apreciar distinto a partir de lo último sucedido.

La reafirmación de las medidas económicas adoptadas en marzo pasado no sólo han recrudecido la disputa entre productores y gobernantes nacionales, sino que también han puesto en cuestión el apoyo popular concedido en las elecciones de octubre pasado a gobernadores de provincia, legisladores e intendentes del interior del país.

Mientras hemos visto a muchísimos argentinos expresarse sobre esta situación de conocimiento público, las manifestaciones de aquellos dirigentes políticos, por su responsabilidad pública, cobran naturalmente, una importancia cabal.

Conocida es la situación de muchos dirigentes del interior que, directa o indirectamente, jugaron sus proyectos políticos y propuestas de gobierno en ese marco de apertura que Kirchner presentó desde mediados de su mandato presidencial. Hoy, muchos de esos que se decidieron acompañarlo, ante las circunstancias que apremian, paulatina o abruptamente, procedieron a desvincularse.

Ahora tampoco se busca aquí, en estas breves líneas, sopesar el valor de las decisiones de dirigentes políticos y funcionarios, menos aún cuando en nuestra ciudad presenciamos atisbos de tal situación: lejos estaría de la intencionalidad que asignamos hoy a este espacio.

Pero respecto de la forma elegida para reaccionar ante la situación emergente, sí nos queda por explicitar una sensible distinción de las posibles causas móviles de tales actitudes: en pocas palabras, en política no es lo mismo ser oportunista que ser pragmático. Quienes imprevistamente cambiaron de rumbo ante el planteo social ¿son oportunistas, pragmáticos o qué?

En su trabajo "¿Quién salva a los partidos políticos?", Hartmut Hentschel señala al oportunismo "el uso de máscaras que se cambian según ocasiones y circunstancias. Sintomático de la vigencia del oportunismo es el predominio de las 'estrategias electorales' frente a los contenidos. (...) ¿Cuántas veces se habla en los partidos políticos, especialmente en tiempos electorales, de las 'estrategias' que se deben desarrollar? ¿cuántas veces se habla de los contenidos políticos que deberían fundamentarlas?"

Frente a aquél oportunista que no acepta limitación alguna que pueda interferir en sus aspiraciones personales, el pragmatismo, en cambio, de la mano de Nicolás Maquiavelo, es de otra cepa, al margen de sus connotaciones filosóficas.

En el capítulo XVIII de El Príncipe, Maquiavelo expone claramente su pensamiento donde afirma que para juzgar sobre la bondad o maldad de una acción política es preciso mirar el fin, el resultado de la acción, y formula entonces la siguiente máxima: "Procure, pues, un príncipe ganar y conservar el Estado, que los medios siempre serán considerados honorables y loados por todos".

Dos modos quizá parecidos, pero totamente distantes en su causa inicial: mientras uno apunta a un contenido firme y a un objetivo alto, que direcciona su atención según la excepcional circunstancia que la comunidad vive, el otro, el camaleónico oportunista, sin ideas ni ideología y escondiéndose detrás de la bandera de la administración pura, sigue corrompiendo las bases de aquella cultura cívica que ansiamos.

Nota XI

Tiempo oportuno

Por JUAN L. MANAZZONI
Mayo de 2008

A partir de los sucesos y procesos consecuentes al 11 de marzo pasado, que hicieron estallar el reclamo arduo y duradero de los productores del agro frente al Gobierno nacional, los argentinos, aunque podamos obviar constituirnos en protagonistas o antagonistas de aquella demanda, no podemos dejar de atestiguar transformaciones ineludibles en términos políticos para los tiempos que vendrán.

El reclamo agrario, el primer apoyo de sectores de la clase media "cacerolera", descontenta con el Gobierno por otros motivos y que encontró en "el campo" un canal de expresión contundente, y el discernimiento que el resto de la población hizo y hace para la adhesión o no, respecto de la protesta ante la evolución y el manejo de la puja, esos tres factores, generaron sin duda una nueva constelación de poder en nuestra Argentina de 2008.

Una consideración aparte merecería la duda acerca de la certeza y honestidad intelectual de los discursos, o de la viabilidad de soluciones y acciones como las que gritando proponen en el espacio público algunos ciudadanos apasionados ante el conflicto. Pero esa sería una discusión posterior. Hoy, por cierto, encontramos en el haber de estos casi cien días, ciertos hundimientos y afloramientos que modificaron el relieve político argentino.

Frente a este nuevo esquema que vemos detrás de este telón conflictivo, cada compatriota, aunque no lo quiera ni lo busque, acaba por elaborar desde sí un juicio que lo posiciona respecto de los actores centrales de esta trama. Juicio que lo ratifica en su postura anterior o que lo lleva a pensar y apreciar distinto a partir de lo último sucedido.

La reafirmación de las medidas económicas adoptadas en marzo pasado no sólo han recrudecido la disputa entre productores y gobernantes nacionales, sino que también han puesto en cuestión el apoyo popular concedido en las elecciones de octubre pasado a gobernadores de provincia, legisladores e intendentes del interior del país.

Mientras hemos visto a muchísimos argentinos expresarse sobre esta situación de conocimiento público, las manifestaciones de aquellos dirigentes políticos, por su responsabilidad pública, cobran naturalmente, una importancia cabal.

Conocida es la situación de muchos dirigentes del interior que, directa o indirectamente, jugaron sus proyectos políticos y propuestas de gobierno en ese marco de apertura que Kirchner presentó desde mediados de su mandato presidencial. Hoy, muchos de esos que se decidieron acompañarlo, ante las circunstancias que apremian, paulatina o abruptamente, procedieron a desvincularse.

Ahora tampoco se busca aquí, en estas breves líneas, sopesar el valor de las decisiones de dirigentes políticos y funcionarios, menos aún cuando en nuestra ciudad presenciamos atisbos de tal situación: lejos estaría de la intencionalidad que asignamos hoy a este espacio.

Pero respecto de la forma elegida para reaccionar ante la situación emergente, sí nos queda por explicitar una sensible distinción de las posibles causas móviles de tales actitudes: en pocas palabras, en política no es lo mismo ser oportunista que ser pragmático. Quienes imprevistamente cambiaron de rumbo ante el planteo social ¿son oportunistas, pragmáticos o qué?

En su trabajo "¿Quién salva a los partidos políticos?", Hartmut Hentschel señala al oportunismo "el uso de máscaras que se cambian según ocasiones y circunstancias. Sintomático de la vigencia del oportunismo es el predominio de las 'estrategias electorales' frente a los contenidos. (...) ¿Cuántas veces se habla en los partidos políticos, especialmente en tiempos electorales, de las 'estrategias' que se deben desarrollar? ¿cuántas veces se habla de los contenidos políticos que deberían fundamentarlas?"

Frente a aquél oportunista que no acepta limitación alguna que pueda interferir en sus aspiraciones personales, el pragmatismo, en cambio, de la mano de Nicolás Maquiavelo, es de otra cepa, al margen de sus connotaciones filosóficas.

En el capítulo XVIII de El Príncipe, Maquiavelo expone claramente su pensamiento donde afirma que para juzgar sobre la bondad o maldad de una acción política es preciso mirar el fin, el resultado de la acción, y formula entonces la siguiente máxima: "Procure, pues, un príncipe ganar y conservar el Estado, que los medios siempre serán considerados honorables y loados por todos".

Dos modos quizá parecidos, pero totamente distantes en su causa inicial: mientras uno apunta a un contenido firme y a un objetivo alto, que direcciona su atención según la excepcional circunstancia que la comunidad vive, el otro, el camaleónico oportunista, sin ideas ni ideología y escondiéndose detrás de la bandera de la administración pura, sigue corrompiendo las bases de aquella cultura cívica que ansiamos.

Nota X

Política y administración

Por JUAN L. MANAZZONI
Abril de 2008

"Poca política y mucha administración". Esa fue la máxima con la que el autoritario presidente Porfirio Díaz exigía trabajar a sus funcionarios en el México de principios del 1900.

Pero ya no es necesario hoy viajar en el tiempo ni trasladarnos hasta aquél lejano escenario para encontrar aun la vigencia de esta idea rectora que muchos votantes y también ciertos dirigentes plantean: la de pedir que los representantes se aboquen a la sola gestión, sin perder fuerzas o energías en contiendas partidarias ni peleas ideológicas.

Sebastián Piñera, por ejemplo, candidato de la derecha chilena, en su afán de reunir votos en las elecciones presidenciales de 2006, indicaba que en caso de ganar, “gobernaría con la selección nacional”, es decir, con los mejores de cada ámbito, "marginando ideologías y colores partidarios".

Esta invitación, primera vista, es sugerente y parece razonable: qué mejor para levantar un país que convocar con amplitud de criterio a quienes manifestaron experticia e idoneidad en economía, salud o educación, por citar sólo algunas de las esferas en relación a los cuales el Estado actúa. Es una idea que “suena bien”: pero que no obstante, responsablemente, es necesario recapacitarla ya que sus consecuencias son comunes al conjunto de la sociedad.

Ante la pregunta si es ésta una afirmación atinada, puede argumentarse que no encarna necesariamente una utilidad para la construcción de un sostenido y mejor escenario para los argentinos; en rigor no es más que una falacia, que detrás de su tintura esconde una realidad riesgosa para la arquitectura de una sociedad pujante.

Como primera acepción ante la propuesta del candidato chileno, y a la que hoy muchos adhieren livianamente, es fácil preguntarse cómo compatibilizar aquellas visiones distintas y antagónicas si no existe un valor común aglutinante y que en determinado momento se encontrarán, ya que en nuestra vida en sociedad toda realidad se relaciona y depende de otra vecina, y así sucesivamente.

Obviar los valores que se profesan, valores que estructuran la visión del mundo y de la realidad que nos rodea, alegando que son cuestiones abstractas que ahogan “la solución de los problemas concretos del día a día” envuelve un desengaño en el largo plazo.

Es apurado separar la política y sus ideologías, de la gestión y la administración: uno de los mayores deslices que puedan endilgarse a las últimas décadas respecto de la política es la cerrazón hacia adentro, hacia a una profesionalización mal entendida, que excluye al cumplimiento de ciertos cánones o ventajas a los que sólo unos pocos pueden acceder.

Sólo la vocación política y la esperanza de poder, con la mirada puesta en el horizonte del bien común que se busca, y con una jerarquía de valores que se consideren válidos para emprender ese camino, serán capaces de hacer sostenible un verdadero proyecto de país: cuando se abandona la gestión pública por el armado político, o viceversa, ambos pierden su equilibrio: mientras la tarea es fortalecer una propuesta cotidiana que se presente como generadora y propulsora del desarrollo nacional y regional, pueden encontrarse aún hoy día experiencias en las que la mirada en vez de ser amplia y estratégica, acaba por ser circunscrita y estrecha respecto a la circunstancia, aún en nombre de la modernidad.

Obviamente que siempre habrá que convocar a expertos en ciertas cuestiones para la resolución de problemas eventuales que exigen de su saber y experiencia: pero no puede reducirse así la estratégica tarea de definir los altos objetivos generales de la Nación y los lineamientos que conducen hacia ellos.

Esa tarea brota de los caros valores e ideales que son raíz de los movimientos políticos, y que se jerarquizan y ordenan en la ideología que se alza.

La consolidación de toda alternativa política depende de la capacidad para constituirse en alternativa que pueda responder positivamente a las demandas sociales, en distintos momentos y coyunturas. Armonizar las demandas de la población respecto de numerosas cuestiones y problemas, y éstas a la vez con la voluntad popular a lo largo del tiempo, exige la promoción de la dinámica política y así, la formación constante para la renovación política oportuna, que pese a las características de cada nuevo período, atesore los mismos ideales.

Nota IX

Los dos caminos

Por JUAN L. MANAZZONI
Abril de 2008

1. El conflicto entre el Gobierno y el campo, que incide cada vez más en nuestra vidas y en las opiniones que van surgiendo, hace que por estos días la vida de los argentinos corra por el cauce que dos extremos generan: la intransigencia y la intolerancia, actitudes ambas que se muestran entre el meollo de intereses de las partes contendientes.

Dos son los caminos que bifurcan ante el conflicto campo-Gobierno, caminos que no están dados por el actor que cada uno apoye: en clave democrática, esos dos caminos son el de la intransigencia y el de la intolerancia.

Desencuentros como el actual, hacen que emerjan cuestiones de fondo que nos interpelan a cada ciudadano, trascendiendo simpatías políticas o intereses de sector, a fijar una apreciación de la situación, por el hecho mismo de conformar todos la Patria que nos une. Solucionar un problema como el actual, clara necesidad para el bien de todos y argumento asimismo por el que una de las partes contendientes da la pelea, se hace cada vez más imperioso.

2. Alejando nuestra mirada de las diferencias concretas que existen y separan a algunos argentinos de otros argentinos, pueden contemplarse dos posibles vías por las que transitan hoy las partes que se enfrentan, es decir, el método o camino que eligen recorrer.

Ver que hay diferencias no necesita demostración: dos actores colectivos identificados claramente pelean por un poder real, que les lleve a decidir lo que consideran mejor según su propia visión.

Pero más allá de los mensajes defendidos y enarbolados, se encuentra la actitud de cada uno, que como envoltorio colorea el cuadro de situación. Esa actitud, humana por cierto, que las partes y cada ciudadano vaya adoptando, será un férreo determinante para el mañana en la solución de la coyuntura en el corto plazo, y en el mediano para la reconfiguración del mapa de poder de la Argentina que viene.

Las actitudes de intransigencia o intolerancia hoy son excluyentes: intransigencia implica no consentir en aquello que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con las diferencias. Es decir, para el intransigente no es válido saldar distancias, dar soluciones o satisfacer demandas, violentando los valores y la ética que se profesa. Son para él sus ideales, sea la Justicia social, las libertades cívicas o lo que sea, lo más alto de su escala de valores, que lo llevan a actuar de determinada manera.

Gráfico de la intransigencia es aquél viejo apotegma yrigoyenista: "que se pierdan mil presidencias pero que se salven los principios", fundiendo el desarrollo de las sociedades con el cumplimiento de sus leyes morales y positivas.

A diferencia, otros afirman que la defensa de los valores e ideales hasta el fin acaba por cerrar oportunidades: “la intransigencia rima con incompetencia” decía Milton Friedman. Lamentablemente, es común oír esa concepción en boca de muchos argentinos.

3. La historia muestra casos en los que muchas veces, quien esta disfrazada detrás de la intransigencia, es su reverso, o sea, la intolerancia: falta de respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.

Una actitud intolerante relativa al conjunto social es por demás riesgosa y para todos. La falta de respetos detrás de una bandera inocente, termina en violencia social y en mayores desmadres generales.

Cuando se enarbola una Causa nacional que no lo es en esencia, se arriesga la paz social, retardando un progreso institucionalizado, por un lado, mientras se falta a los derechos y libertades del adversario, por el otro. Cuando estos datos se manifiestan, ya no hay intransigencia: lo que hay es intolerancia, más allá de los discursos.

4. La verdadera intransigencia, aquella que no negocia valores ni adapta los ideales perennes a las circunstacias, en un marco de Estado de derecho, no puede poner en peligro el Bienestar de la Nación ni jaquear el ejercicio de derechos individuales.

El cincuentenario de la asunción de Arturo Frondizi nos hizo revivir otra vez la enseñanza de que los planteos y coerciones a su Gobierno sólo llevaron al estancamiento de un proyecto que consagrado por el voto popular, prometía al desarrollo nacional, y entonces, tras su caída, no se presentaron alternativas mejores, por años.

Hoy, en una discusión que es, como dijimos en otra oportunidad, coyuntural y de intereses, que sí pueden legítimamente ser negociados, todo planteo o demanda social debe darse en un marco de respeto por la institucionalidad y no al margen de ella: con intransigencia respecto de los valores sociales pero sin intolerancia alguna.

Nota VIII

La autoridad de Cristina

Por Juan L. Manazzoni
Marzo de 2008

En los últimos días, los argentinos venimos escuchando cómo actores pertenecientes a diversas esferas de la vida social, “cuestionan la autoridad” de la Presidenta de la República, al acusar de que la última palabra en materia de decisión pública no proviene de la actual Jefa de Estado.

Se oye a algunos decir que “Cristina está debilitada”, presa de Néstor Kirchner, su marido, proclamado presidente del Partido Justicialista por estos días, quien se constituiría, de última y según quienes denuncian, en la autoridad real del país.

“La Autoridad pertenece a quien hace cambiar y no a quien experimenta el cambio: la Autoridad es, en lo esencial, activa y no pasiva” dice Kojève. En otras palabras, quien tiene autoridad es aquel agente consciente y libre que por sí logra cambiar las cosas. ¿Por qué dicen que Cristina Fernández no es la agente que conduce los cambios?

“Dime con quién andas…”

Tratemos de desenredar la madeja y mínimamente una distinción aclarará las aguas: comencemos por fijarnos quiénes son los que se embarcan en estas denuncias, ¿los que con su voto acompañaron al peronismo en octubre pasado? ¿O los que sufragaron por otras propuestas o proyectos políticos?

Basta con encender por un momento la televisión para ver que quienes manifiestan estas “preocupaciones” son referentes políticos de la oposición argentina, desvirtuada y abatida. Los mismos que están debilitados y aplanados como oposición, son los que en proyección, dicen estar “preocupados por la debilidad del actual Gobierno”.

Claramente, son los que el 28 de octubre pasado votaron o representaron otras opciones, distintas del proyecto ganador y distintas y distantes entre sí. Son los que perdieron frente a este Gobierno, y hoy quieren que la Presidenta decida de acuerdo a sus intereses, o que no decida o que, llanamente, no sea Presidenta: esos son los que hablan de la supuesta débil autoridad de Cristina.

Estos que transfieren su propia debilidad adjudicándosela al Gobierno, evidentemente, apelan de nuevo a la misma actitud derrotista, irresponsable y mediocre que los argentinos ya vimos, y que consiste en poner en cuestión una institución o investidura por causa de diferendos ideológicos o coyunturales o de intereses.

Allá por el año 2001, cercano en el tiempo, lejano por todo lo hecho y más lejano aún para la memoria de los que niegan esa historia, la Argentina afrontó una de las crisis más distorsivas de su historia: el 20 de diciembre de aquel año, con el Gobierno caía un modelo de país que a las claras resultaba un fracaso.

Dos fueron las actitudes frente a aquél desmayo: la de quienes apostaron a la posibilidad de una ordenada salida que funcionara (y funcionó), y la de aquellos que, en medio del caos, siguieron gritando sin nada proponer y denunciando sin nada que expresar.

Frente a la desazón y el desaliento esparcidos, fue el canal institucional, no obstante, el mismo en el que pocos creían, la vía por la que se recuperó la senda de la gobernabilidad.

Hoy, paradojalmente, muchos de aquellos que llevaron el país hacia el abismo, muchos de aquellos que casi licuaron la capacidad institucional de la República, vaciando de poder y credibilidad, son los que quieren opacar a quien ejerce la Presidencia, restando consecuentemente a la institución presidencial misma, restablecida en su capacidad de iniciativa y decisión.

En aquellos días delicados de 2001, hubo dirigentes políticos, que sembraron el recordado “que se vayan todos”: lo peor, es que quienes lo pronunciaban, no eran desperdigados representantes de grupos antisistema, sino los que al mismo tiempo alzaban discursos para constituirse en monumentos de la República. ¿Un ejemplo? Elisa Carrió.

La señora Carrió, “una denunciante” al decir de su padrino político, el mítico Raúl Alfonsín, o “la iluminada” como osa hacerse llamar, la misma que fue diputada nacional por la Alianza cuando ésta conformó aquél fugaz e infausto gobierno, junto a grupos parciales que se abrogan la totalidad de las representaciones sectoriales, y algunos defensores de una Argentina ‘que ya fue y que nos fue’, se acercan entre sí… ¿con unidad de concepción? No, sino con “otro objetivo”. Cabe preguntarse cuál será el objetivo que en el fondo une a estos actores.

Tras el estallido de un conflicto sectorial, campo-Gobierno, cuyo fenómeno generalizado fue el perjudicial desabastecimiento que padeció la sociedad toda, aquellos actores volvieron a los micrófonos con cínico aire de inquietud; ahora bien, pero no inquietos por algo que perciben, están inquietos por lograr lo que están buscando: con cara de preocupación, trabajan por desprestigiar al Gobierno de toda la Nación.

Y aquí se manifiesta el doblez, que señala a estos fariseos sociales: se fundan ligas y coaliciones bajo la bandera de lo cívico y lo republicano, mientras en verdad se tejen hilos para enredar la marcha de esas reformas propuestas que la gente votó; ante esas reformas, es totalmente legítimo oponerse, pero eso sí: respetando las reglas del juego democrático y no apremiándolas.

Algunos dicen que los dirigentes de este Gobierno día tras día se obsesionan ante posibles teorías conspirativas: lo dicen para ganar de mano, y tratar de excluir esa posibilidad real. Ahora bien, antes de esa imputación, preguntémonos “¿no será cierto que esas conspiraciones existen?” Tratemos, no de repetir como loro, sino al contrario, busquemos tener pensamiento propio, y preguntémonos: “¿cómo se explica esta solidaridad entre sectores opositores que por largo tiempo y públicamente se mostraron indiferentes entre sí?”

Nota VII

Mostrar la cara y no los dientes

por Juan L. Manazzoni
Marzo de 2008

Otra vez, aunque en voz baja, nos preguntamos los argentinos si aparecerán nuevas medidas de fuerza que provengan del sector agropecuario, a partir de las demandas que este mismo exige frente al Gobierno nacional.

Hace pocos días nomás que finalizó el paro con góndolas vacías en toda la Nación. Muchos acompañaron los reclamos de la gente del campo, pero todos, sin excepción, aguardan ahora que este escenario de desencuentros no vuelva a repetirse, sea por la incomodidad, los desequilibrios sociales o las pérdidas que ocasiona: bien sabido es que el paro a nadie le conviene.

¿Quién puede oponerse a que este conflicto se solucione? Sólo un mentecato o una cabeza necia, que busca su bien a costas del mal ajeno, y en este caso, el de todos los argentinos, puede esperar que este brete continúe. Por ello, si hay algo en lo que todos, razonablemente, estaremos de acuerdo es en que buscamos la pronta solución a este trance.

La espinosa cuestión comienza recién a partir de aquí: todos estamos de acuerdo en que queremos una solución lo más integradora posible, pero variamos en cuanto al camino o método para salir.

Una solución que sea lo más integradora posible, implica que acomode a las partes en un todo: es decir, que tras la resolución de la situación de tensión, los que durante un tiempo pelearon, deciden caminar juntos en adelante hacia un destino común.

Desde hace ya unos días, el campo y el Gobierno convinieron una tregua. Pero bien sabemos que la tregua no alcanza a acercar estos actores hoy tan distantes. Por cierto que sí se logrará una descompresión, que seguro, y los resultados en este orden están a la vista, aquietará los ánimos de muchos y la bravura de algunos.

Pero hay que insistir: no alcanza. Es necesario revelar, descender más profundamente y preguntarse alrededor de qué realidad es que las partes pretenden negociar: en torno a intereses de parte, o en torno a identidades.

Cuando hablamos de identidades, nos referimos a lo propio y distintivo de alguien, en este caso a los rasgos de dos actores colectivos: el campo y el Gobierno. Fijémonos cómo uno y otro, más allá de los intereses que defienden, pasaron el umbral, y comenzaron a “describir a los de enfrente”.

Es decir, por un lado cada uno presentó, y lo seguirá haciendo, un preparado y cuidado argumento concorde al interés que defiende; pero ninguno se quedó sólo en ello: cada parte apeló a rasgos de identidad del contrincante, llegando a veces a la descalificación.

Lamentablemente, la recurrencia a la identidad del adversario aquí fue negativa. Pero tratemos de rescatar la importancia de hablar de intereses acompañados de identidades.

“El discurso político, dice Chantal Mouffe, debe ofrecer no sólo políticas, sino también identidades que puedan ayudar a las personas a dar sentido a lo que están experimentando y, a la vez, esperanza en el futuro”.

Hoy, por ello, en aras de la solución del conflicto que nos toca a todos, directa o indirectamente, nos debemos dos ejercicios importantes: en primer lugar, el de fortalecer las identidades colectivas, 1) sea para aclarar la negociación, ya enturbiada por el paro, el descontento que a todos llegó y las acusaciones cruzadas; 2) sea para revitalizar colectivamente todos los actores que tienen una importancia decisiva en la construcción de la Nación para los años que vendrán. Es necesario que todos sepamos de quién se trata cuando genéricamente se dice “el campo”, o qué es un gobierno y quién es este gobierno.

Las identidades, los rasgos de cada una de las partes, naturalmente preexisten a los intereses: en esta situación en que los intereses son encontrados, sabiendo de las distancias generadas, fijémonos dónde encontrar las cercanías, a partir de las que se reproduzca un diálogo genuino, y veremos que si apuntamos a las identidades colectivas, las partes estarán íntimamente más cerca de lo que se espera, pues somos todos argentinos: los que protestan y el Gobierno que representa a la Nación.

En otro término, hoy la Democracia nos pide y nos da la oportunidad de fortalecer el diálogo, comenzando en las partes y hacia adentro: en las entidades ruralistas, para que, con responsabilidad, vuelvan a sus objetivos fundacionales, y en los ámbitos gubernamentales, en razón de su esencia, para agilitar los canales de demanda ciudadana.

En una sociedad pluralista y diversificada, una mirada positiva de este conflicto, que no tiene que asustarnos ni tampoco llegar a extremos como la tira de alimentos, debemos rescatar las diferencias que nos separan, pero sobre todo las hermandades que nos unen, para consensuar así el camino de la Patria
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Nota VI

Aplausos que van y vienen

Por JUAN L. MANAZZONI
Marzo de 2008

Los argentinos venimos de vivir días de clara tensión: el Gobierno que encabeza Cristina Fernández y el sector agropecuario se enfrentaron en un conflicto de intereses que paralizó la sociedad toda: góndolas que comenzaron a vaciarse, rutas cortadas y enfrentamientos en el espacio público, fueron los fenómenos más notados.

Vimos cómo una disputa que se originó al afectarse intereses sectoriales, se transfirió como mancha de aceite a lo largo del Territorio nacional: no sólo de manera geográfica, como las medidas de fuerza que el campo plantó por las rutas del país; sino con una expansión que llevó la cuestión a boca y oídos prácticamente de toda la Nación.

Se oyó el reclamo del sector agropecuario por su rentabilidad y enfrente, a la Presidenta bregar por el bienestar general. De a momentos parecía que la síntesis de ambos intereses era irreconciliable.

Se oyó también a actores que reclamaban el diálogo entre partes, condición sine qua non para la materialización de nuestro régimen democrático. Ese diálogo que supone y exige el reconocimiento del adversario, con el que se aspira a llegar a puerto común, y que como todo acto ejecutado con libertad, también supone e implica su proporcionada responsabilidad.

Y en cuarto lugar, alternativamente, emergieron otros actores, los que salieron a la calle, sumándose o al reclamo del campo o a la defensa del Gobierno. Fueron más que claros los sucesos de Plaza de Mayo en apoyo a cada una de las partes.

Fijémonos en estos últimos. Más que lograr una relación de lo que fueron los actos confrontativos de estos días, acerquémonos a una de las causas más importante de este desencuentro y de aquél reagrupamiento.

Preguntándonos acerca del por qué de estos apoyos, de una manera particular, indaguemos sobre ese apoyo al campo de parte de diversos sectores urbanos sin relación con la producción primaria. Y aquí la paradoja: mientras el Gobierno dice encuadrar la economía para salvar y que no se escalen los precios y salarios, esos mismos “defendidos”, mientras, salen a protestar contra la Presidenta. ¿Por qué? Que tienen algún descontento no queda duda: pero si no son del campo, ¿por qué salen a hacer sus protestas conjuntamente con el campo? Pareciera, que fue porque encontraron un ámbito donde podrían hacer oír sus demandas.

Tratando de trascender los planteos económicos, esta rara sociedad que se dio la semana que pasó entre productores rurales y algunos sectores urbanos es una preclara muestra de tres apuros de origen político de los que los argentinos aún no hemos salido, y esos apuros son: la crisis de representatividad, y las consecuentes crisis de liderazgo y de los partidos políticos.

Tres son también los puntos característicos que suman los partidos políticos por sobre los grupos de presión: la expresión democrática, la competencia electoral y la administración directa del poder.
Según politólogos como Norberto Bobbio y Gianfranco Pasquino, los grupos de presión, anteriores a los partidos, más que una organización, son un proceso de transmisión de mensajes, a partir de una agrupación lograda en torno de motivaciones o intereses comunes, tratando de influir, con amenaza de sanciones, en las decisiones que toma el poder político. Ciertamente quienes protestaron la semana pasada, ruralistas y no ruralistas, como sujeto colectivo, están mucho más cerca de un grupo de presión que de un partido político.

Nuevamente volvimos a encontrar que los partidos, esos necesarios actores de la Democracia representativa, con sus líderes o referentes, brillaron por su ausencia. Tanto Carrió y Macri, de partidos alternativos al gobernante, como Lavagna y Duhalde, críticos dentro del mismo PJ, se animaron a hablar recién tras el traqueteo de los sucesos del día martes, cuando el paro llegaba a sus dos semanas.

El Gobierno jugó sus fichas: ganó algunas y perdió otras; el campo resistiendo, otro tanto; mientras, la oposición más que de suplente, jugó de ausente. Y de esas características distintivas de los partidos, no pudieron en modo alguno hacer valer la parte de poder que la ciudadanía les confirió en elecciones pasadas.

“La política es lo primero porque se confunde con el destino de la Nación” afirmó Napoleón. Fue evidente que detrás de una medida técnica que habría de ser rectificada o ratificada, ciertamente estaba la puja por el poder para timonear hacia esos destinos de la Nación. Ello fue lo que se jugó: lo que fue y volvió de las manos del Gobierno a las del campo, y de las de éste a las de Cristina. Si la oposición usó sus manos, fue para aplaudir.

Nota V

La centralización obrera

Por JUAN L. MANAZZONI
Marzo de 2008

En la antigua Roma, cuando los trabajadores decidían protestar solidariamente por sus condiciones y mejoras, escapaban de su labor y resolvían no trabajar, quedándose en el Aventino, una de las siete colinas sobre las que se fundó la ciudad, con los brazos cruzados.

También es en Roma, en la época de la monarquía, cuando aparecen las más antiguas corporaciones, como la de los tocadores de flauta, herreros y zapateros, alfareros, entre otras.

Más tarde, en la Edad Media europea, patronos y obreros llegaron a congregarse en asociaciones similares a las de socorros mutuos, únicas por actividad, para cultivar y resguardar el oficio: a la tarea de reivindicar lo que al obrero le corresponde, se le suma entonces la de enseñar, transmitir y calificar la labor: y con clara conciencia de la mutua y necesaria correlación entre el capital y el trabajo.

El siglo XV trajo consigo un gran cambio: tras el auge que las Cruzadas dieron al comercio, éste termina separándose de la industria, y así el trabajo físico y manual comienza a desestimarse de a poco, y originando cierta distancia que con el tiempo devino en conflicto.

Con la Revolución Industrial, el maquinismo acarrea la producción en masa y el trabajo manual merma más aún: el obrero es más marginado, se lo considera ya casi un número, sin derechos; emerge un gran problema a resolver: lo que en el siglo XIX no tardará en llamarse “la Cuestión social”. Y con ella, los movimientos y organizaciones obreras; los teorizantes, Marx, la revolución rusa de 1917 y toda una historia de décadas y luchas obreras.

Si bien en esta docena de párrafos no podemos reducir esa escalera de hechos y acciones de los que siempre se esforzaron por defender a los trabajadores, esta poca luz del pasado debe ayudarnos a evitar que, livianamente, por el mal ejemplo de alguno, se tiña u opaque esta actividad elemental para la vida social que es la defensa del los trabajadores: como en todo, las malas prácticas de algunos no dan derecho a acusar a los demás.

Hoy los argentinos nos debemos un debate para el rescate de aquella acción gremial, a fin de salvar la tarea de surcar justicia en los lugares de trabajo.

La sociedad de las telecomunicaciones y la Globalización presenta una nueva disposición económica, y que conlleva un nuevo esquema de trabajo: más que nunca, en la actualidad son valores fundamentales de inclusión el conocimiento y el protagonismo tecnológico. A un nuevo esquema de trabajo, correspondería, naturalmente, una nueva clave sindical.

Por ejemplo, mientras la tecnología avanza exponencialmente, se denuncia el contraste entre la tesis que afirma que las únicas inversiones competitivas son las que incorporan tecnologías de avanzada, ante la consecuente y paradojal expulsión de mano de obra. Mientras se crece por un lado y se decrece por otro. En este nuevo “diseño”, hay talleres y oficinas que pierden trabajadores, y así, muchos sindicatos restan cada vez mayor influencia y representación.

Este ejemplo sirve para ilustrar la necesidad de establecer las claves de un nuevo y saludable sindicalismo argentino. Puede afirmarse que esas claves son dos: la modernización y la centralización para la atención del Trabajador.

Modernizarse es necesario para responder a este nuevo esquema de vida económica y productiva, implicado desde la integración a un mundo que cambia vertiginosa, cotidiana y profundamente. Por ello, volver la mirada y la acción hacia “el conocimiento y el protagonismo tecnológico” es un deber insoslayable de quienes dicen defender al trabajo. Y ello de suyo será más efectivo que unas cuantas medidas de fuerza.

Centrarse en el foco para lo cual existió siempre el sindicalismo supone retornar la atención hacia el trabajador mismo, para su defensa con justicia, “la reina de las virtudes republicanas”, al decir de Bolívar. Más que a la defensa de las solas organizaciones: ya que éstas, sin el valor del Trabajador, no tienen razón de existencia.

Más allá del “divide y vencerás” que nos legó Julio César, hoy se asienta más la necesidad de recuperar la “unidad para la defensa” de los obreros, arista fundamental para el progreso social.

Nos fue enseñado que es la “unidad de concepción la que promueve la unidad de acción”: la división del movimiento obrero será funcional a intereses, que son o sombríos, o meramente particulares.

¿A quién le conviene más la división del movimiento y su central obrera? Naturalmente que a quienes bajo la bandera de la competencia buscan sembrar división y cosechar beneficios.

Por ello, la unidad y la innovación para la representatividad clara y el amparo de los obreros son hoy las guías por las que habrá de salvarse este fundamento del desarrollo con Justicia social.

Nota IV

Recuperar la raíz

Por JUAN L. MANAZZONI
Febrero de 2008

Muchas veces es mucho lo que denunciamos acerca de la política. Es fácil decir que ya no hay más partidos, que las ideologías tampoco existen, que los políticos no actúan según valores o convicciones. Sin negar, eso sí, que hay algo de verdad en estas afirmaciones.

Oímos hablar mucho acerca del vacío ideológico de los partidos políticos argentinos. Como prueba, tenemos la facilidad con la que diversos actores políticos mudan frecuentemente de un cuadro a otro.

Entre otros menoscabos, desde hace ya varios años o décadas se puede notar que en los partidos políticos, las doctrinas o ideologías dejaron de ocupar su lugar de honor, el primero, desde donde se deducía toda acción, para ser relegadas, archivadas y hasta casi proscritas.

Hoy, para revertir esta situación que ciertamente no es buena, no alcanza con sólo criticarla, sino que lo más loable será indagar por solucionarla lo más posible.

Los siglos XIX y XX, pese a que tampoco están exentos de anomalías y vicios en esta materia, echan luz sobre cómo en el pasado muchos compatriotas se decidieron a adherir a tal o cual fuerza política con su respectivo programa de gobierno propuesto, y con la necesaria matriz ideológica, exclusiva, aceptada y tomada como bandera.

Esa adhesión era efectiva y real, y su garantía estaba en que se buscaba mantener ese vínculo, con coherencia, a lo largo del tiempo. Si detrás de un programa de gobierno para un momento determinado residían ciertos valores, al momento de confeccionar otra propuesta política para otro momento determinado, se buscaba mantener los mismos valores y banderas que cimentaran la acción.

Esa lealtad a las propias convicciones, no sólo de los políticos lanzados a la carrera, sino también y sobre todo, de sus seguidores y votantes, es primordial plataforma del sistema político. No es una situación ideal: debería ser la normal.

Por citar un ejemplo ilustrativo: que un peronista o un radical de mediados de siglo XX muchas veces eligiera el nombre de sus hijos conforme los esfuerzos y resultados que unos u otros habían logrado para la sociedad nacional, se llegó a tacharlo de “fanatismo irracional”. Pero más allá de que hoy es impensable esperar que alguien eligiera para sus hijas llamarlas Cristina o Elisa, o a sus hijos Néstor o Raúl Ricardo, lo valioso de aquella actitud fue que mostró la cercanía que existía entre la política y la vida de los argentinos, el compromiso (es decir, la promesa mutua) entre el gobernante y el gobernado.

Muchos agoreros, sobre todo desde intereses extranjerizantes, por años desdeñaron muchas pautas culturales de compromiso social y político de miles de argentinos de otros tiempos, y ahora quizá inauditas. Hoy a “aquellos fanáticos” ya no los tenemos: al revés, nos encontramos con una sociedad profundamente apática e indiferente en términos políticos, que sólo se queja cuando le tocan “la víscera más sensible”, como un ex presidente afirmaba acerca del bolsillo.

Que alguien manifestare votar “siempre” al Justicialismo o al Radicalismo, por citar las dos fuerzas políticas argentinas mayoritarias, se convirtió muchas veces más en una crítica, y se nos quiso enseñar que habría de “votarse a la persona”, como si el partido, los convencimientos y sus seguidores no fuesen elementales para el gobernante a la hora de manejar los destinos comunes.

Mientras lo criticable es que quienes eran electos para representar públicamente dichas fuerzas, olvidaran aquel depósito confiado de ideología, valores y convicciones, tras el que marchaba el partido y sus votantes.

Como afirmara Rodolfo Urtubey: “cuando el ocaso de los postulados ideológicos deja al sistema político huérfano de las pautas culturales que lo animaron, el aparato de intereses económicos pasa a constituirse en el principal soporte del régimen”. (Del Régimen a la Revolución, 1972, p. 29)

Si nuestra poca participación política se guía según sólo criterios numéricos, hoy acompañaremos a aquellos y mañana a estos otros. Mientras, el barco de la Nación, sin un mapa de navegación, perderá sus energías tambaleándose sin avanzar ni retroceder.

En la actualidad, los argentinos podemos confesar una realidad mejor desde hace décadas. En una Argentina que generó producción, trabajo y riquezas, hoy es casi única y exclusiva la oportunidad para esforzarnos y sembrar aquellos valores culturales que nos llevarán a construir sobre roca una sociedad pujante.

Nuestras adhesiones deben volver hacia las ideas y convicciones y no a las solas cifras que disciernan nuestro voto y participación; será nuestra lealtad a causas nobles, como la Reconquista de la República, según Yrigoyen, o la Patria Justa, según el General, las que concebirán propuestas eminentemente representativas.

“La ideología es un sistema global de interpretación del mundo histórico-político”, expresó con síntesis Raymond Aron. Hoy más que nunca, debemos esforzarnos por interpretar nuestro mundo y comprendiendo ciertamente sus causas y consecuencias, fijar claro enfoque y formular propuestas de cambio y mejoras.

Nota III

Actitud federal

Por JUAN L. MANAZZONI
Febrero de 2008

Desde que el hombre desarrollara lo propio de su condición política y social e interactuara con los demás para la toma de las decisiones públicas, históricamente, la pesquisa por obtener cada vez más poder, ha sido una actitud constante, aún en regímenes políticos extremadamente diversos.

Siempre se ha buscado el poder en mayores proporciones, a fin de implantar de la mejor manera las decisiones y disposiciones por adoptar. Frente a estas búsquedas sin fin, que las más de las veces derivaron en ambiciones desmesuradas, con el correr de los siglos fueron forjándose mecanismos para enmarcar el accionar de los poderosos en orden a un mayor beneficio público, por sobre el mero encumbramiento de aquellos.

Así es como se gesta el Federalismo: simplemente, una "forma descentralizada del poder", consagrado en la pionera Constitución norteamericana. El origen de este vocablo proviene del latín foedus, que significa “pacto, tratado o alianza”, por la posibilidad de concebir jurisdicciones “aliadas” y de menor jerarquía que un Estado más abarcativo que toma decisiones por todos sus integrantes.

Nuestro pasado nacional, tantas veces mal teñido por algunas historiografías liberales y descolorido en defender la nacionalidad, muestra en la evidencia de los hechos el arrojo de célebres caudillos provinciales, allá por el siglo XIX, que recurrieron a la violencia del fuego, la guerra y sus luchas, pero conservaron, con la llama del espíritu nacional, un país coaligado y así, la unidad de la hermandad argentina. Recién después de tres décadas de pugna por el reparto y la asignación de competencias, fue que al fin se llegaron a plasmar el establecimiento y la operatividad del federalismo en las Letras constitucionales.

Emblemáticamente, en la Constitución de 1860, por la que la Provincia de Buenos Aires se incorporó definitivamente a la Confederación Argentina, el general Mitre –quien dos años más tarde sería electo según ese mismo texto constitucional-, reemplazó lo que hasta entonces se denominaba Confederación por el concepto de Nación: toda referencia a la Organización del país debía revelar principalmente la unidad del pueblo argentino, todo y entero.

Y a la vez se nos advertía: el federalismo no se agota como principio de organización del Estado, porque nace de un sistema de valores y solidaridad nacional que es subyacente y preexiste a cualquier ley escrita. Por eso, que es sobre este sistema de valores solidarios que habremos de cimentar cualquier reforma o ampliación del edificio nacional.

En el siglo XX, Juan Perón ilustró clara y resumidamente la noción para nuestro federalismo local: junto a un gobierno central que estratégicamente planifica los objetivos básicos según la Doctrina nacional, existen múltiples estados provinciales con libertad y autonomía, riquezas y ventajas, que ejecutan operativamente lo necesario en pos de aquellos objetivos generales, conforme a sus necesidades y preferencias locales.

A partir de ese principio se consagra nuestro modo de gobierno: un régimen presidencialista fuerte y unificado, balanceado ante un Congreso bicameral, que garantiza la igualdad, autonomías y representatividades de las provincias (con proporción poblacional en Diputados, e igualdad numérica en el Senado) y las que, a la vez, tienen su ordenación propia.

Así nos encauzamos más hacia el deseado reparto del poder con criterio integrador, a fin de que 1) el ejercicio del mismo sea concertado, objetivado y no peligrosamente restringido a unos pocos actores o regiones, 2) las responsabilidades también sean compartidas socialmente, 3) y el vigor del gobierno sea cada vez mayor: siempre a partir del fomento y desarrollo de las potencialidades sociales y reduciendo las asimetrías que surgen al contraste de realidades locales.

Sólo uniéndonos en equitativa integración nacional los argentinos podremos forjar un futuro con proyección y apertura mundial. No recurriendo a negociar “desde afuera” el destino de la Patria, sino regresando a la voluntad del pueblo que sagradamente se expresa en el voto y en esa participación que cada vez más debemos hacer prosperar.

En la madrugada del Bicentenario, los argentinos sumamos años de vida y camino conjunto o desencuentros, y volvemos a encontrar en el federalismo otro de los valores vitales para la construcción de una sociedad que busca avanzar, integrando a toda la Nación, sin exclusiones. En el marco pacífico que nos consagra el Estado de derecho, se necesita de aportes nuevos al debate hacia un constante perfeccionamiento de la Organización nacional.

La mentada recuperación y renovación de los partidos políticos se encuadra en esta expedición: como estructuras canalizadoras de demandas sociales y participación electoral, es necesario que estas agrupaciones lleguen a cada rincón del país: no sólo a buscar votos, sino a permitir que el último argentino que quiere ser oído, pueda disponer su voz y su trabajo a la Grandeza de la Nación.

Nota II

Cuestión radical

Por JUAN L. MANAZZONI
Febrero de 2008

Los siglos por los que acontece la marcha histórica nacional son testigos de aquellos muchos procesos, sucesos y hombres de pensamiento y acción, que con animosos esfuerzos intentaron una mejor y adelantada Argentina.

Desde los días de la Independencia, un sinnúmero de compatriotas se ha esforzado por lograr aquél proceder nacional que nos lleve por el camino de la vida hacia un destino que suponga necesariamente el desarrollo argentino y el crecimiento de la nacionalidad.

En los preludios del Bicentenario, los argentinos contamos hoy con ese copioso caudal donde se han fundido infinitas aspiraciones y expresiones de libertad, al verse plasmadas tantísimas decisiones que fraguaron este presente y que preanuncian a la vez futuros en ciernes.

“La historia es maestra de vida”, afirmaba Cicerón, un siglo antes de nuestra era. En justicia y probidad a esa sabia afirmación, es necesario que quienes hoy ansiamos una vida mejor “para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”, no dejemos de indagar la sabiduría hallada en caminos y movimientos ya transitados por nuestro pueblo.

Paso a paso.

Observando los procesos y sucesos del siglo que ya fue, no centrándonos sola y obcecadamente en penurias y males temporarios, sino buscando y suponiendo a priori una sana intención de progreso general, es posible encontrar caracteres que no sólo edifican el Recuerdo nacional, sino que también orientan para el correcto ejercicio de nuestra libertad colectiva en los días que vendrán.

Pueden variar las perspectivas en cuanto a la falta de inclusión política, equidad y justicia distributiva en la época del modelo agroexportador implantado en el país desde fines del siglo XIX, con la autoridad restrictiva y el impulso económico que los conservadores forjaron por entonces. Pero aún con ésta y otras críticas que puedan asignársele, sí podemos y debemos reconocer la capacidad que el régimen supuso para la generación de riqueza y la ventajosa apertura de la economía nacional a mercados en el concierto de aquellas naciones.

Con los años, no obstante, las dificultades superaron las ventajas comunes y así el conjunto social cada vez más excluido de las preeminencias del capital, comenzó a exigir por una mayor y más justa participación en la renta nacional. Un planteo que caía en oídos sordos: no sería posible una respuesta favorable a las demandas mientras los canales de decisión pública se encontrasen cerrados y bajo el dominio de los mismos “excluyentes”.

Así es como la “alternativa radical” comienza desde fines de aquella misma centuria a erigirse en el colectivo que plantea la imperiosa y necesaria apertura del régimen político. Lucha genuina, que implicó hasta el extremo pero legítimo uso de las armas en vera defensa de la Constitución. Proceso limpio que iniciara en 1916 la conquista de “la República Representativa”.

“Tras grandes esfuerzos, el país ha conseguido establecer su vida constitucional en todos los órdenes de la actividad democrática,” afirmaba el presidente Hipólito Yrigoyen, “pero falta fijar las bases primordiales de su constitución social”.

Fue décadas más tarde cuando el país a la postre llegaba, sorteando las continuas tentativas de los desbancados que ansiaban conservar el antiguo privilegio antisocial, a reconciliar la frondosa riqueza nacional con el acceso a la escala pública de sectores por décadas desfavorecidos: de la mano de Perón, los trabajadores se hacían de la conducción del país encabezando “la instauración justicialista”, al tiempo que articulaban esencialmente la asignación de valores con el alto estandarte de la justicia social.

De ayer a mañana

Unos generaron y acumularon riqueza nacional, pero distribuyéndola sólo entre los muy pocos patrones del país. Los que vinieron, abrieron los accesos al poder público según la sagrada voluntad nacional, pero por presiones y golpes, les fue imposible asignar recursos con equidad y componer socialmente. Y los terceros, distribuyeron e incluyeron a las grandes masas populares mientras algunos acusaban de cierto descuido en el trato institucional.

Frente a la historia, que aún sigue siendo maestra de vida, hoy el país no obstante las deficiencias alegadas por muchos, sostiene un modelo económico que genera valores. Ante una realidad que hasta parece desconocida, además de corregir sus limitaciones propias, es sabido lo fundamental del imperecedero paso que siempre se ha de volver a emprender: llevar a cada argentino la felicidad que su humanidad le estipula, y en justicia, los bienes que le corresponden a su trabajo, mérito y derecho.

Es tan imperioso como lo fue a comienzos del siglo pasado, abrir y fortalecer claros y amplios canales de participación social sobre los medios públicos de decisión. Esa fue la única manera que en la historia de la Patria posibilitó el consecuente y justo reparto de una genuina riqueza nacional.

En carta a Leopoldo Lugones, allá por 1925, escribía Lucas Ayarragaray: “si los partidos resultan deficientes por su rudimentariez, no es menester culpar a la Constitución de ello, ni tampoco a la democracia en abstracto, sino a nuestra incipiencia política”.

Sólo el estímulo de nuestra cultura política será el complemento preciso a la recuperación de nuestro régimen de gobierno. Sólo así, a la renovación normalizadora de nuestros históricos partidos, como el PJ o aún la veterana UCR, depositarios de la común tradición y aspiración democrática, sucederá una profunda renovación del sistema político. Y así podremos caminar, con decisión, hacia una sociedad más justa.

Nota I

Con la democracia se come, se cura y se educa.

Por JUAN L. MANAZZONI
Enero de 2008.

Constituye esta afirmación del presidente Alfonsín una de las más significativas expresiones del aquél espíritu democrático que vibraba la Argentina de los años ’80, ante la inminencia y efectivo retorno del actual régimen político: la Democracia.

Más allá del merecido reconocimiento para el autor de esta frase y en gran medida, bastonero de los procesos de aquel momento, es hoy esperable que a veinticuatro años de ese comienzo formal, los argentinos elaboremos un pensamiento, aunque pequeño, acerca de esta realidad esperada, vivida, y que por los años, por la historia será revivida.

“Con la democracia se come, se cura y se educa” fue una frase breve y categórica que logró expresar entonces una de las mayores expectativas en el corto plazo, y esperanzas, en el largo, que cada argentino guardaba en sí, en un país hundido en el caos y la violencia, las crisis económicas y la parálisis social. Un país callado, y a la fuerza. Una Argentina que junto a la Democracia, esperaba encontrar una pretendida socia: ‘la eficiencia’.

Hoy esta perpetuada afirmación reabre el debate que desde hace años separa los conceptos de “democracia sustantiva” y “democracia mínima”.

Con su expresión, Alfonsín (como lo habían hecho también antes los peronistas) auguraba que a la par de organizar democráticamente el país, se lograría garantizar y ejercer la inclusión social y cierta equidad económica. Consagraba de esa manera una necesaria relación de causa-consecuencia entre el pueblo gobernante y la eficiencia lograda por ese mismo gobierno. Ese planteo está implicado al hablar de “democracia sustantiva”, junto con aquél que posibilita la verdadera participación ciudadana tras la previa satisfacción de las básicas necesidades de los mismos ciudadanos. “¿De qué sirve la libertad política para los que no tienen pan? Sólo tiene valor para los teorizantes y los políticos ambiciosos”, señalaba Marat, el revolucionario jacobino de la Francia que sucedió a 1789.

Enfrente, los defensores de la democracia mínima argüían y aún lo hacen hoy, que como mecanismo o procedimiento, la Democracia en esencia prescinde de otras exigencias o demandas de origen social: si es en la necesidad de “Paz, pan y trabajo” cuando se reclama el régimen democrático, se corre el serio peligro de que, ante la falta de éstos, se apele a una “solución extraordinaria”, como pretendió dar razón de si misma la dictadura militar. Qué pensar entonces acerca de la posibilidad de que esta “solución” acabe por responder positivamente a ciertas demandas ciudadanas: ha sido así, como la historia vio justificar no pocos autoritarismos.

Vale observar la historia argentina del siglo XX y su itinerario recorrido. Efectivamente esta consideración lleva a recordar que razones como aquéllas fueron exhibidas ante el estallido de golpes que se llevaron a presidentes como Frondizi, Illia o la misma Isabel Perón: con el argumento de la “necesidad de salvar al País” los militares tomaron el poder antes o durante períodos críticos.

Sin dudar de la alta vocación cívica del presidente Alfonsín, un cuarto de siglo más tarde, la sociedad nacional se halla ante una situación diferente: hemos experimentado que aún en Democracia, muchas veces “no hemos comido, o no nos hemos educado o no nos hemos curado”. La esperanza y las expectativas de entonces no fueron cumplidas plenamente.

Pero hoy, al hablar de Democracia, las generaciones que nacimos y crecimos con la libertad hecha institución, volvemos a defenderla y lo hacemos por su valor propio: la reivindicamos por ella misma, independientemente de sus juicios de eficiencia. Éstos últimos suponen otro debate. Así fue como en 2001, aún frente a una arrolladora y multifacética crisis, el régimen subsistió.

Hemos dado un paso hacia delante: frente a críticas pesadas (y a veces ligeras también) de las que es objeto nuestro sistema político, y ante al pesimismo que a veces se quiere sembrar, hoy la Argentina reafirma su compromiso con la Democracia. Quizá ciertos actores o elementos o circunstancias disgusten a algunos, a varios o a muchos. Pero una abrumadora mayoría, forjada en un TODOS, vuelve a decir que aunque toquemos fondo, la solución la encontramos juntos, como Nación.