Por JUAN L. MANAZZONI
Los siglos por los que acontece la marcha histórica nacional son testigos de aquellos muchos procesos, sucesos y hombres de pensamiento y acción, que con animosos esfuerzos intentaron una mejor y adelantada Argentina.
Desde los días de la Independencia, un sinnúmero de compatriotas se ha esforzado por lograr aquél proceder nacional que nos lleve por el camino de la vida hacia un destino que suponga necesariamente el desarrollo argentino y el crecimiento de la nacionalidad.
En los preludios del Bicentenario, los argentinos contamos hoy con ese copioso caudal donde se han fundido infinitas aspiraciones y expresiones de libertad, al verse plasmadas tantísimas decisiones que fraguaron este presente y que preanuncian a la vez futuros en ciernes.
“La historia es maestra de vida”, afirmaba Cicerón, un siglo antes de nuestra era. En justicia y probidad a esa sabia afirmación, es necesario que quienes hoy ansiamos una vida mejor “para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”, no dejemos de indagar la sabiduría hallada en caminos y movimientos ya transitados por nuestro pueblo.
Paso a paso.
Observando los procesos y sucesos del siglo que ya fue, no centrándonos sola y obcecadamente en penurias y males temporarios, sino buscando y suponiendo a priori una sana intención de progreso general, es posible encontrar caracteres que no sólo edifican el Recuerdo nacional, sino que también orientan para el correcto ejercicio de nuestra libertad colectiva en los días que vendrán.
Pueden variar las perspectivas en cuanto a la falta de inclusión política, equidad y justicia distributiva en la época del modelo agroexportador implantado en el país desde fines del siglo XIX, con la autoridad restrictiva y el impulso económico que los conservadores forjaron por entonces. Pero aún con ésta y otras críticas que puedan asignársele, sí podemos y debemos reconocer la capacidad que el régimen supuso para la generación de riqueza y la ventajosa apertura de la economía nacional a mercados en el concierto de aquellas naciones.
Con los años, no obstante, las dificultades superaron las ventajas comunes y así el conjunto social cada vez más excluido de las preeminencias del capital, comenzó a exigir por una mayor y más justa participación en la renta nacional. Un planteo que caía en oídos sordos: no sería posible una respuesta favorable a las demandas mientras los canales de decisión pública se encontrasen cerrados y bajo el dominio de los mismos “excluyentes”.
Así es como la “alternativa radical” comienza desde fines de aquella misma centuria a erigirse en el colectivo que plantea la imperiosa y necesaria apertura del régimen político. Lucha genuina, que implicó hasta el extremo pero legítimo uso de las armas en vera defensa de la Constitución. Proceso limpio que iniciara en 1916 la conquista de “la República Representativa”.
“Tras grandes esfuerzos, el país ha conseguido establecer su vida constitucional en todos los órdenes de la actividad democrática,” afirmaba el presidente Hipólito Yrigoyen, “pero falta fijar las bases primordiales de su constitución social”.
Fue décadas más tarde cuando el país a la postre llegaba, sorteando las continuas tentativas de los desbancados que ansiaban conservar el antiguo privilegio antisocial, a reconciliar la frondosa riqueza nacional con el acceso a la escala pública de sectores por décadas desfavorecidos: de la mano de Perón, los trabajadores se hacían de la conducción del país encabezando “la instauración justicialista”, al tiempo que articulaban esencialmente la asignación de valores con el alto estandarte de la justicia social.
De ayer a mañana
Unos generaron y acumularon riqueza nacional, pero distribuyéndola sólo entre los muy pocos patrones del país. Los que vinieron, abrieron los accesos al poder público según la sagrada voluntad nacional, pero por presiones y golpes, les fue imposible asignar recursos con equidad y componer socialmente. Y los terceros, distribuyeron e incluyeron a las grandes masas populares mientras algunos acusaban de cierto descuido en el trato institucional.
Frente a la historia, que aún sigue siendo maestra de vida, hoy el país no obstante las deficiencias alegadas por muchos, sostiene un modelo económico que genera valores. Ante una realidad que hasta parece desconocida, además de corregir sus limitaciones propias, es sabido lo fundamental del imperecedero paso que siempre se ha de volver a emprender: llevar a cada argentino la felicidad que su humanidad le estipula, y en justicia, los bienes que le corresponden a su trabajo, mérito y derecho.
Es tan imperioso como lo fue a comienzos del siglo pasado, abrir y fortalecer claros y amplios canales de participación social sobre los medios públicos de decisión. Esa fue la única manera que en la historia de la Patria posibilitó el consecuente y justo reparto de una genuina riqueza nacional.
En carta a Leopoldo Lugones, allá por 1925, escribía Lucas Ayarragaray: “si los partidos resultan deficientes por su rudimentariez, no es menester culpar a la Constitución de ello, ni tampoco a la democracia en abstracto, sino a nuestra incipiencia política”.
Sólo el estímulo de nuestra cultura política será el complemento preciso a la recuperación de nuestro régimen de gobierno. Sólo así, a la renovación normalizadora de nuestros históricos partidos, como el PJ o aún la veterana UCR, depositarios de la común tradición y aspiración democrática, sucederá una profunda renovación del sistema político. Y así podremos caminar, con decisión, hacia una sociedad más justa.
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