lunes, 15 de diciembre de 2008

NOTA XXIV
El buen paso
Por JUAN L. MANAZZONI

Diciembre de 2008

Quizá para no llorar, un hombre se reía mientras le hacían el viernes pasado una nota radial, diciendo que pretendía avanzar por avenida Rivadavia, pero que cada vez se encontraba más cerca de Plaza de Mayo. Otra vez volvimos a ser testigos de un desorden de tránsito en la Capital Federal, con alcances inusitados, donde miles y miles de automóviles se movieron intentando casi en vano trasladarse de un punto a otro. Mientras la prensa buscaba dar con las autoridades competentes, aumentaban los cruces entre funcionarios del Gobierno nacional y otros de la Ciudad de Buenos Aires, señalándose mutuamente responsabilidades no cumplidas, sin dar solución a la cuestión que paralizó las zonas más densas de la Capital.El Gobierno nacional en estos casos vuelve siempre al lugar común: exhibir “los números del crecimiento” que suenan contundentes, pero que en lo referente a la vida cotidiana de cada argentino son cifras cada vez más lejanas y extrañas. Quizás hayan sido muchos los automóviles vendidos con el auge económico de los últimos años. Tal vez son más las calles, rutas y autovías que el Gobierno dice haber construido o mejorado. Posiblemente crecieron las oportunidades de viaje o traslado tras el aumento de la producción, el trabajo y el consumo, que vimos tras la crisis de 2001. Pero de lo que fuimos testigos inobjetables es de que a ese cierto progreso material no lo acompañó más que un evidente regreso en algunas capacidades que corresponden a nuestro depósito cultural: el caso del tránsito del viernes pasado, por ejemplo, es una franca demostración. Muchos autos, rutas u oportunidades no compensan una flagrante falla en la organización común, que deriva en una complicación de la vida de un ciudadano cada vez más molesto. El gran ausente aquí fue el capital organizativo, hoy en el caso del tránsito de la Capital como en innumerables ocasiones cotidianas.Con mucho acierto, Perón afirmaba que “la organización vence al tiempo”, manifestando cómo la correcta distribución de funciones, roles y tareas le gana a las muchas limitaciones cotidianas. Organizar involucra concebir “un todo orgánico”, donde cada una de las partes efectúa una función específica, en orden al beneficio del conjunto.No es complicado concluir que es el desencuentro creciente que sobrellevamos los argentinos lo que a veces impulsa este penoso “sálvese quien pueda”, olvidando cualquier modo de solidaridad y llevándonos forzosamente hacia el colapso general.
La Nación
Es aquí donde “la Nación” vuelve a sobrevenir imprescindible, aportando una serie de principios y valores que nos acercan entre todos, por un lado, y rigen y ordenan nuestra vida común en libertad, por el otro.“Los hombres no forman una nación porque viven a un lado u otro de una cordillera de montañas o un río, sino que viven juntos porque primitivamente, y en virtud de leyes naturales de orden superior, formaban ya un pueblo”, afirmaba Fichte, el autor de los “Discursos a la nación alemana”, allá por inicios del siglo XIX.Desde su llegada al poder, los Kirchner, con su lógica de confrontaciones, animaron una constante actitud de “enemiguismos”, al tiempo que potenciaron la desconfianza social hacia adentro de la sociedad argentina. En sus usuales bravuconadas de atril, Kirchner apeló, desde 2003, a la idea de un nuevo nacionalismo, idea que acabó falseada y hoy vacía. Claramente no fueron aquellas “leyes naturales de orden superior” de las que hablaba Fichte, el fundamento sobre el que se asentó su visión de la realidad y su acción por mejorarla.Por el contrario, esos valores comunes que guardamos los argentinos en nuestro bagaje común, verdadero reaseguro para el ejercicio de nuestras libertades, fueron obviados desde esferas oficiales, avivando antiguas confrontaciones entre argentinos, hoy ya superadas.¿Puede apelarse a la defensa de los intereses nacionales mientras al mismo tiempo se fomentan las discordias internas? Como cantó Fierro, “si los de adentro se pelean…”La Argentina parece haberse atascado: aún con fuerzas y capacidad para moverse, por culpa de su error de dirigencia, inteligencia y por sobre todo, de organización, hoy vemos que el país pierde vitalidad.Si miramos el presente, tememos que el país bajo “la planificación” se haya vuelto cada vez más rehén de una mera “digitación” en favor de los amigos del poder, debilitando una oportunidad de natural crecimiento de la actividad económica.Si miramos hacia el pasado cercano, otra vez perdimos la posibilidad de ensamblar coordinadamente los sectores sociales, y nos hicimos de una fractura, donde esas mismas partes, como células, se han vuelto autónomas entre sí y hasta en competencia.
La fractura
En 2001 la fractura social era consecuencia de un orden económico y un sistema productivo que se astillaba, causando desempleo, pobreza y marginación. El retiro, la ausencia o la inoperancia de las autoridades políticas terminaron colaborando con aquél estallido emergente.En 2008 vivimos en Argentina una fractura social, pero ésta ya de otro tipo, y ojalá que con consecuencias menores que las de 2001: hoy la mayor causa es de orden político. No es el caso del retiro, la ausencia o la inoperancia de las autoridades. Por el contrario, hoy es el caso del método confrontativo y del exceso de presión centralista lo que ahoga los diferentes ámbitos de la vida de los argentinos.Hoy el país aguarda el paso de la dirigencia según una escala de valores que acerque a los sectores sociales y “en un colectivo nacional” vuelva a reunirnos a todos, con nuestras diferencias y diversidades. Una cuestión no material, sino de verdadera organización.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Nota XXIII
Por JUAN L. MANAZZONI
La devaluación interna
Noviembre de 2008

Después de varios años, los bonaerenses específicamente, y por extensión los argentinos todos, de nuevo somos testigos de la utilización de un mecanismo partidario como es la convocatoria y organización de elecciones internas: hoy en el caso del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires, en la actualidad a cargo del Gobierno, según el mandato de las urnas.
En 35 distritos de la provincia más grande del país se eligen este domingo autoridades para integrar el consejo partidario de cada PJ local y representar cada distrito en el Congreso provincial. Además se eligen, al mismo tiempo y en todo el territorio, las autoridades del “Consejo provincial”, órgano directivo para el que sólo se oficializó la lista que encabeza el vicegobernador y candidato kirchnerista Alberto Balestrini.
Tras largo tiempo en que muchos abogaron por el fortalecimiento de los partidos políticos, hoy sectores del justicialismo, bajo la convocatoria a internas, se amparan en que trabajan por cumplir aquella premisa. Surge no obstante una inevitable pregunta con respuesta a las claras: llamar a elecciones internas, aunque implique ya un buen paso, ¿supone necesariamente renovar y fortalecer las estructuras partidarias? Claramente, no. Si bien es condición necesaria, no lo es suficiente.
Dos son las tradicionales funciones que siempre se adjudicaron a los partidos políticos: ser polea de transmisión de la “demandas” de la sociedad y canalizar la participación de las masas en el proceso de formación de las decisiones políticas.
Pero en los últimos tiempos, la sociedad ha preferido expresar más sus demandas por otros canales o tipos de instituciones, alternativos a los partidos políticos usuales; respecto a la participación en el proceso de toma de decisiones políticas, resulta hasta ridículo esperanzarse en la posibilidad de irrupción de apertura de una conducción que de antemano se encuentra subsumida en un sordo centralismo que día a día se niega escuchar lo que miles de argentinos reclaman a gritos. Es casi evidente que muy poco se abonará así en aquella clave tras las elecciones de este 30 de noviembre.
¿Qué mejora para la eficacia de esas instituciones partidarias reportará entonces la elección de hoy? ¿Qué utilidad tiene este llamado a internas en el PJ provincial? La sola pregunta contrasta con el desinterés generalizado, no sólo de la ciudadanía, sino sobre todo el de las mismas filas partidarias, que por un lado oyen la convocatoria a una formal elección, para que luego, desde Olivos, “se ordenen los pasos a seguir”, restando a cualquier forma de modernización, apertura y regeneración política.
Militantes del oficialismo suelen insistir, en sus argumentaciones en favor del Gobierno, que con los Kirchner “en la Argentina se recuperó el debate”. ¿Qué debate? ¿Un debate entre 3 ó 4 personas, cuya nota principal es “que piensan igual” y “responden al líder”? Cabe preguntarnos, ¿vimos dialogar, aunque sea sólo una vez, en una misma mesa, a líderes del oficialismo y también de la oposición, con dirigentes empresariales, representantes sindicales, exponentes del saber o de los credos religiosos? Cuánto menos entonces en términos partidarios.
Lo que sí vimos fue que el oficialismo no sabe, no puede o no quiere tolerar sus disidencias internas: días pasados su tropa de legisladores oficializó una ruptura que era ya innegable, herida que parece no coagularles y divisa agrandarse aún cada vez más.
Vastos sectores del peronismo decidieron no participar del proceso eleccionario mientras se autodeclaran prescindentes de éste, a causa de esta situación de descreimiento y vacío por la que pasan los partidos políticos en la actualidad. Situación esperable, ante esa creciente y opaca verticalidad hoy a la usanza.
Sin la primaria reformulación de las lamentables experiencias de concentración de poder, no surgirán buenos efectos, con solas internas. Mientras hoy la sociedad aguarda diálogo, gestos de confianza y acuerdos legítimos que beneficien la vida de los argentinos, la dirigencia se atrinchera en “dispositivos cerrojo”, cada vez más lejanos al interés colectivo.