lunes, 26 de enero de 2009

Nota XXVII
Las ideas que nos acercan
por JUAN L. MANAZZONI
Enero de 2009

Barack Obama asumió la presidencia de los Estados Unidos el pasado 20 de enero. Todo el mundo fue testigo de cómo el pueblo norteamericano recibió esta vez al hombre 44° que regirá sus destinos comunes por un mandato de cuatro años.
En medio de hábitos y tradiciones que se remontan a la época de los llamados Padres Fundadores, en un país donde con regularidad y hasta con cierta necesidad las prácticas democráticas son ordinarias, la asunción de Obama tuvo un aspecto extraordinario, al tratarse del primer presidente afroamericano que administrará un país donde hasta hace algunas décadas los precursores de aquella minoría fueron intensamente marginados y segregados.
El ascenso de Barack Obama como 44° Presidente de los Estados Unidos involucra una serie de factores propios y no separables:
a) la misma Constitución norteamericana y sus enmiendas, el régimen republicano y federal que consagra, y su consecuente sistema electoral;
b) el presidente saliente y su polémica y adversa gestión, el desplome del sistema financiero y la crisis que como mancha de aceite se expandió por el mundo (por citar sólo tres notas de la coyuntura actual);
c) la oscilación de paradigmas dominantes en “la Meca del Capitalismo” en el decir de nuestra Presidenta, paradigmas que fueron puntales para la economía de mercado, por un lado, hasta la evocación de las mismísimas figuras de Abraham Lincoln y Martin Luther King, por el otro, respecto de la tradición simbólica de los Estados Unidos en el mundo.
La actitud profunda
No obstante, detrás de estas notas características, la fuerza de esta posibilidad hoy materializada se levantó en una causa menos próxima y más profunda. Obama proviene de una minoría racial que en el pasado fue esclavizada y segregada negativamente de la vida cotidiana del pueblo norteamericano. Hoy, las mayorías electorales de ese mismo pueblo, segregaron positivamente a un miembro de aquellas minorías, eligiéndolo y separándolo para que conduzca sus destinos comunes.
Hubo un radical “cambio de actitud”, no caben dudas: si después de lo tantísimo ocurrido en los Estados Unidos, aún bien entrado el siglo XX, respecto de su población de color derivó en que uno de éstos llegase a ser electo presidente, significa que hubo una clara comprensión de que el fundamento para la próspera nación que todos anhelan, no puede hallarse en el desencuentro por las diferencias, sino por el contrario, en la síntesis de sus diversidades.
Aquellos tormentosos hechos incluyeron hasta la misma Guerra de Secesión, una guerra civil que entre 1861 y 1865 enfrentó hacia adentro al pueblo norteamericano por la disposición y organización de su extensa y amplia economía: dilema que incluía resolver las relaciones entre los industriales estados del norte y los agrarios del sur, primero, y por derivación, el asunto por la abolición o no de la esclavitud.
La esclavitud fue abolida cuando la guerra terminó. Pero la lucha por la causa de la verdadera integración recién parecía comenzar: un día de 1955, Rosa Parks se rehusó a acatar la ley “Jim Crow”, que obligaba a las personas de color a ceder su asiento en el autobús a personas blancas. Como hito en la historia de la lucha por los derechos civiles, aquellos sucesos incitaron una campaña por la causa de los derechos en Montgomery, donde uno de los líderes fue el mismísimo pastor bautista Martin Luther King.
Sabemos de la historia que continuó: muertes y persecuciones, encarcelamientos y congoja, y luego, leyes promulgadas y derechos reconocidos. Resultado: en 2009 esa “actitud que cambió” es manifiesta, y se convirtió en la causa profunda de la elección y asunción del primer Presidente negro, hace tan sólo unos días.
Las aristas de esta nueva historia no supondrán el éxito “por necesidad” de la gestión política iniciada recientemente por Barack Obama. El éxito futuro no tiene garantías: pero sí buenas probabilidades si se erige a partir de una sana lectura del pasado, reconociendo errores y virtudes, éxitos y desilusiones.
Revolución y evolución cultural
Los norteamericanos todos, y especialmente los miles de descendientes de aquellos afroamericanos segregados en el pasado, exultantes de su nuevo presidente, hicieron del 20 de enero una celebración extensible al mundo: no por los actores en juego, insisto, sino por esa actitud viable de perdón e integración dentro de una sociedad.
Los tormentosos hechos del pasado, no opacaron la presentación del Presidente Obama: su discurso no partió del resentimiento sin más, sino llamando a la reconciliación que brota de la justicia.
Ortega y Gasset afirmaba que “cultura es el sistema de ideas vivas que cada tiempo posee”. También se enseñó por allí que “en los pueblos las primeras revoluciones fueron religiosas, luego vinieron las políticas: faltan ahora las de la cultura”.
La reconciliación nacional es posible: la seguridad de un buen futuro no se compra ni vende, pero sí puede afirmarse sobre bases sólidas e inquebrantables, cultivando la revolución de aquellas ideas que nos acercan, el mejor cimiento para los días que vendrán.
Nota XXVI
Consolidarnos
Por JUAN L. MANAZZONI
Enero 2009

Consolidar la gobernabilidad democrática ha sido y es un objetivo elemental para casi todas las fuerzas que conforman el espectro político argentino. En años electorales, como este que comenzamos hace una semana y media, vuelve a resucitar esta declamación, que de seguro vislumbra y promete sustanciosos avances para nuestra optimización y mejor ordenación social.

Según el concepto que hace propio el Banco Interamericano de Desarrollo – BID, la gobernabilidad indica el proceso a través del cual la autoridad se ejerce en una determinada comunidad política, incluyendo:
i. la forma en que los titulares de la autoridad son elegidos, controlados y reemplazados;
ii. los principios y normas bajo los que se ejercen las interacciones entre el Estado, el sector privado y las organizaciones de la sociedad civil en términos de competencias, responsabilidad y funciones; y,
iii. la capacidad de la autoridad para identificar necesidades, captar recursos, definir políticas y llevarlas a cabo. (*)

Esta definición agrega luz en espacios aún grises sobre los que debemos trabajar los argentinos. Dadas estas dimensiones cuya auténtica consolidación requiere tiempo y maduración, no significa esta observación una imputación directa de responsabilidades sino más bien un rol o papel que solidariamente nos toca a todos, sin distinción de tiempos, edades o partidos.

El ejercicio de la autoridad sobre nuestra comunidad política, y las observaciones acerca de la mejora de este proceso, devienen en un derecho (y también en un deber), dadas las consecuencias inmediatas del mismo sobre cada ciudadano.

Desagregando la enunciación citada, el primero de sus aspectos señala los modos en que los titulares de la autoridad son elegidos, controlados y reemplazados: hoy desde muchos sectores políticos se sobreentiende la necesidad de rever y modernizar el sistema electoral, pasando por la dinámica interna de los partidos políticos (sobre todo en lo que hace a la selección de sus candidatos); y llegando a los mecanismos de asignación y procedimiento en los organismos destinados al control para una administración pública eficaz.

Los procedimientos y métodos en materia de selección, asignación y control, en modo evidente aguardan un desarrollo distinto, que origine las expectativas y eficiencias que aun no generó.

En segundo término, respecto a la necesaria y cabal interacción que se aguarda para la vida en sociedad, esto es, entre los sectores público, privado y el de la sociedad civil, también allí, como compatriotas, nos debemos la imperiosa tarea de reformular los modos de cooperación y participación: tener en cuenta la voz y el parecer de aquellos que producen, comercializan o prestan servicios a la sociedad, recurriendo al miedo de un nuevo corporativismo, es un fácil reduccionismo.

En esta materia, los argentinos sobrellevamos un gran momento de dolor y desencuentro el pasado año 2008: tamaña experiencia debió enseñarnos que las decisiones públicas planteadas en términos unilaterales, devienen en el modo menos ventajoso para cualquier sector de la sociedad, aún para aquél que adopta tales determinaciones.

En tercer y último lugar, encontramos la dimensión administrativa del Estado, por la que se intenta responder y satisfacer a las necesidades detectadas sobre la población. Es quizá por ello la perspectiva en la que el ciudadano “de a pie” deposita mayores expectativas y esperanzas: a partir de la consideración racional de necesidades y expectativas frente a recursos, metas y objetivos, se disponen políticas vitales que intentan el crecimiento presente y futuro, y que originan efectos directos en la vida de los ciudadanos.

Hemos oído mucho acerca de la necesaria labor por dotar cada vez de mayores grados de institucionalidad a la República. No obstante, con frecuencia se ha comprimido aquél llamado al fortalecimiento necesario de las instituciones al sólo ámbito que refiere al primero de los ítems citados: es decir, al modo “en que los titulares de la autoridad son elegidos, controlados y reemplazados”, y a la manera en que éstos deciden y ejercen la autoridad.

Mientras, cede al mismo tiempo el reclamo por robustecer las instituciones administrativas y burocráticas en los tres niveles del Estado: unos de los mayores esfuerzos que debe comenzar será que las instituciones administrativas sean consolidadas, por la importancia que detentan en sí mismas, y porque su solidez es condición necesaria para todo crecimiento futuro.

Todo intento de reforma de Estado deberá incluir siempre, todos y cada uno de estos aspectos: la verdadera modernización vendrá con la mejora en los procedimientos de selección, seguimiento y control de los titulares de la autoridad, en los modos de colaboración entres sectores sociales y en mayores niveles de eficiencia administrativa.


(*) www.iadb.org
Nota XXV
2008
por JUAN L. MANAZZONI
Diciembre 2008

Días atrás, con mucho acierto afirmaba un comentarista en un diario porteño, que los hechos de estos últimos años debían llevar una referencia obligada, la sigla “a.C” o la “d.C”: antes del campo o después del campo. Un modo de mostrar cómo la confrontación entre el Gobierno y el mundo agropecuario caló hondo en la vida de los argentinos. Al punto que nos lleva a sintetizar que 2008, entre otras cosas, fue el año en que comenzó la debacle de poder y el repliegue de los Kirchner.

Es inevitable el impulso por averiguar en qué momento puntual comenzó el desplome de un Gobierno que sólo unos meses antes había sido electo con amplia mayoría.

El punto de inflexión

En un preciso momento del año, un punto de inflexión marcó el paso por el cual el Gobierno argentino saltó de una situación prolongada de estabilidad y crecimiento en lo que hace a su aceptación popular e imagen positiva, a otra (cada vez más pronunciada), de debilidad y caída.

Para algunos, el “voto no positivo” del vicepresidente Julio Cobos fue el inicio de esta adversidad letal a la que referimos. Sin embargo, un mínimo esfuerzo ayuda a recordar que el descontento generalizado hacia al Gobierno, por su forma de responder al reclamo agrario, había comenzado antes.

El cambio de esa tendencia de aceptación podría haber iniciado también aquella noche de julio, en la Cámara de Diputados, donde una ajustada votación logró media sanción para ratificar la Resolución 125, ocasión en la que ya un importante sector del bloque peronista, crítico de la situación generada, se opuso a las directivas del Poder Ejecutivo y votó en contra, dando a luz el germen de un bloque disidente que en noviembre abandonó al oficialismo.

Pero otra vez la memoria nos ayuda a recordar que aquél descontento comenzó aún antes de que “la 125” llegue al Congreso. El instante de desencuentro más revelador fue un martes de marzo, cuando la clase media porteña salió a la calle a protestar con sus cacerolas frente a un altivo discurso presidencial que denunciaba “los piquetes de la abundancia”. Ese momento y no otro mostró por vez primera un avanzado conglomerado de protestas entre sectores sociales diferentes, a quienes los unía el descontento: y que ante la falta de un ámbito donde formular sus reclamos, explotaba en las calles.

Una historia sin partido

Desde 2003, el matrimonio Kirchner construyó su poder debilitando los ya decadentes partidos políticos argentinos: inicialmente enfrentaron a su mismo partido de origen, el PJ. Más tarde, bajo el paraguas de “la transversalidad” primero, y de la Concertación después, cooptaron cuadros y dirigentes de fuerzas opositoras, amortiguando su capacidad de acción. Luego dijeron regresar a “normalizar” su partido, al que habían desafiado: volvieron y nombraron a su gente en la estructura tradicional.

En suma, se preocuparon por ahogar cualquier expresión política en el país que no se identificara con ellos. Recuérdense aquellos discursos de Néstor Kirchner, en los inicios de la primera gestión, cuando duramente cruzaba embates contra “las corporaciones” y anunciaba su intención de desarticularlas. Entre ellas, la corporación política.

El intento de ahogo de los Kirchner hacia los partidos políticos desde 2003 tuvo un doble efecto negativo: para la sociedad, por un lado, aquellos ataques reprimieron el necesario crecimiento y fortalecimiento de éstos, esperable tras la implosión de 2001; por otro lado, para el Gobierno, su cruzada se les volvió en contra, tanto que hoy ante su propia debilidad, necesita del sustento de un partido sólido (esto es: eficiente, propositivo y plural), que ellos se preocuparon por no tener.

Durante el conflicto agropecuario, la protesta del campo no pudo ser contenida ni canalizada tratando de evitar poner en vilo a la sociedad argentina en general. Inevitablemente y con dolor, aquél desencuentro terminó extendiéndose a toda la órbita política argentina, en todos sus estamentos.

Por aquellos días el PJ se cerró puertas adentro, obviando la escucha de los reclamos sociales. Mientras que su excesiva centralización hizo que se sintetizaran las responsabilidades de la guerra gaucha en dos o tres personas. Hoy, finalizada la protesta, el Gobierno necesita un partido fuerte que lo acompañe y sustente: pero su propio partido está vacío de autonomía y vida propia.

Dirigentes de la frustrada concertación, piqueteros y progresistas afines, lamentan que Kirchner se haya “encerrado en el PJ”. Es hora de preguntarnos qué poder real tiene hoy el mismo PJ. Sencillamente, ninguno. Los miembros de Consejo Nacional, la más alta autoridad ejecutiva del partido del Gobierno, fueron puestos allí a dedo y con la misma lógica del kirchnerismo: o responden sin chistar al núcleo duro del poder, o son excluidos. El disenso, vedado.

La centralización y el apriete

Es un hecho que Kirchner cayó en una encerrona: su forma de actuar y sus discursos dan cuenta clara de ello. Pero Kirchner no se cerró al PJ, sino a su aquél primer círculo de recaudadores, digitadores de la obra pública, y repartidores de beneficios estatales: sus “agentes de apriete”, imprescindibles para su concepción de poder.

Desde la obra pública que discrecionalmente maneja Julio De Vido, pasando por la artimaña de los transportes que hace Ricardo Jaime, hasta el trastoque del polémico Guillermo Moreno a las reglas de comercio. Ni hablar del burdo patoterismo de ejemplares como Luis D’Elía, que llegaron al culmen de irrumpir el espacio público para intimar otras manifestaciones autónomas. Como aquella noche de las cacerolas, en la que D’Elía con su gente, “ocupó” la Plaza de Mayo.

Hoy la 125 no existe; el campo ya no logra movilizar como en el otoño: pero la huella que el conflicto dejó es indeleble. Mientras oímos una catarata de anuncios faraónicos que caen como lluvia al mar, vemos que aunque cambie o no cambie el calendario, no hay dudas de que una nueva época ya comenzó.