sábado, 15 de noviembre de 2008

Nota XXII
A Perón sí le dio el cuero
Por JUAN L. MANAZZONI
Noviembre de 2008

El 17 de noviembre de 1972 fue viernes: aquella jornada que el gobierno de Lanusse había decretado feriado nacional, entre lo gris del día, vio descender del cielo un DC-8 de Alitalia, a partir del cual una nueva historia se sobrescribiría.

Mañana se cumplen 36 años de la vuelta a la Argentina del ex presidente Juan D. Perón, tras esos 17 años de exilio que lo mantuvieron alejado físicamente de la vida de los argentinos, mas no del desarrollo político de entonces. Ese liderazgo próximo en medio del destierro, llevó a muchos a designar a Perón como la causa primordial de los desórdenes imperantes desde su partida. Mientras que, por contraste, para sus miles de seguidores, sólo en él se hallaba la salida a los problemas generalizados. Para unos, Perón era el problema y para otros, la solución.

El movimiento justicialista, como alternativa, se presentaba identificado tras la conducción del viejo Líder, pero con una competencia interna, a partir de la composición heterogénea que siempre lo caracterizó, que a su vez enredaba crecientemente esa misma conducción. Entre sus adversarios se contaban, por un lado, la fuerte presencia de sus históricos, sobre todo, de la UCR de Ricardo Balbín y de los surgentes renovadores de Alfonsín; y por el otro, la de aquella fuerza “con poder de veto”, ineludible por aquellos años, que algunos han dado en llamar “el partido militar”. No obstante aquél complicado laberinto del año 1972, pocos meses más tarde se derivaría en la vuelta de la democracia tras 7 años de dictadura militar.

Son destacables los niveles de participación política y compromiso de entonces por mejorar la situación general, aún en medio del extendido descalabro que el país venía padeciendo. La sociedad argentina de aquel tiempo, altamente politizada, tanto se movilizó que lo hizo también al margen de los partidos tradicionales, que presentaban enérgicos y promisorios liderazgos y grandes cuerpos de militancia y cierta organización. La seria equivocación en la selección de los métodos merece una consideración por separado.

Tras 17 años de exilio forzado y luchas entre argentinos, la vuelta de Perón otorgó por tercera vez la Presidencia de la República al fundador del Justicialismo. Aquel regreso acabó con la dictadura de Lanusse y contribuyó a la democracia del ’73: volvieron las instituciones y su factor fundamental que es la aceptación popular. Con lamento, conocemos la historia de los caminos luego transitados: las inestabilidades que comenzaron con el golpe de Uriburu en 1930, no menguaron y 3 años más tarde nuevamente el poder se escurría de la voluntad popular.

Lo que siguiera

Abriendo la mochila de la historia que siguiera a aquellos días, encontramos la muerte de Perón, la sucesión con un des-gobierno disminuido, una feroz dictadura militar, y luego: la vuelta de la Democracia, el juicio a las Juntas, la Reforma de la Constitución, alternancias de colores partidarios y paradigmas ideológicos, al tiempo que los años de Democracia suman 25 y un sexto mandato presidencial es ejercido.

Hoy Perón ya no está. El partido que él fundó, mayoritario y oficialista por estos días, se vacía cada vez más de liderazgo y conducción, ramificando sus líneas internas, de por sí diversas, en corrientes que se vuelven cada vez más antagónicas. Los partidos políticos de la oposición son débiles, tanto en cantidad de adhesiones como en calidad de propuestas (al menos, como los conocimos en el pasado); lo que hemos conocido como fuerzas u opciones políticas “terceras” se encuentran atomizadas y desde luego, diezmadas. Enhorabuena, al menos descontamos ya la inexistencia de una fuerza con capacidad de veto al poder político, como sí lo fueron por años las armas militares. A la vez que hoy día la nota de participación de la sociedad está marcada, sobre todo, por la apatía.

Sin embargo, el panorama que se nos presenta no es del todo sombrío: en medio de esa apatía, aún existe (aunque se la denomine de otro modo) una clara intención de descanso en las instituciones de la República: intención que se manifestó con ímpetu durante la rebelión del campo, pero que habiendo finalizado ésta, quedó como uno de los reclamos sociales más enérgicos.

Paternalismo

El paternalismo es una modalidad absorbente de ejercicio del poder que concierta decisiones arbitrarias e inapelables, con ciertos elementos sentimentales y basándose en la incapacidad del gobernado para tomar las decisiones consideradas “correctas”. De algún modo (y de ahí su denominación), es una forma de autoridad propia del padre en la familia tradicional, que se extiende a relaciones sociales de otro tipo.

Aunque muchos años de actitudes paternalistas dejaron en nosotros una fuerte marca, ésta no es indeleble: con frecuencia, sobre todo en momentos de crisis, subestimándonos, aguardamos “una autoridad fuerte” y “que sepa imponerse”. Pero con sólo progresar un tanto, vamos y reclamamos por un poder político moderado y con menos intrusiones.

Ante esta ambivalencia, muchas veces se mofan de los argentinos señalándonos como “adolescentes”. Pero si probamos asumir esa mirada y reconvertirla por una visión optimista, es posible afirmar esa adolescencia que nos adjudican, desde el punto de una etapa fundamental de crecimiento: quizá con algunas carencias que nos gustaría no tener, quizá con ciertas discordancias, pero donde ya no idealizamos proezas de otros tiempos ni capacidades extraordinarias, como recetas para esta época, sino que depositamos en nuestras propias fuerzas las esperanzas de desarrollo colectivo.

2008 nos vuelve más conscientes de que mucho progresamos: aunque con dificultad y de a poco, aprendemos a caminar solos, y los 25 años de Democracia dan cuenta de ello. Repetidamente hemos apreciado que los reveses de historia no se revierten con concentración de poder: sino por el contrario, a partir de la moderación y la convergencia de voluntades dispuestas al consenso.

Las actuales circunstancias vislumbran algo positivo y promisorio para 2009: ante una crisis, el reclamo fuerte es por la moderación política y la voluntad de generar consenso social. En esta crisis no esperamos que un Boeing baje de la tormenta: pedimos más diálogo y más respeto. Y éste es uno de los pasos más grandes que hemos dado.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Nota XXI
Alfonsín
Por JUAN L. MANAZZONI
Noviembre de 2008

Innumerables han sido las voces que se han escrito y pronunciado por estos días, en conmemoración y homenaje con motivo de cumplirse 25 años del inicio de la transición democrática. Es muy probable que estas letras aquí consignadas no agreguen más sobre lo ya dicho, tanto y bien. Pero la centralidad que se adjudica a aquellos sucesos es ineludible para cualquier mirada política que quiera realizarse.

Con fuerza, vuelven a nuestra imaginación los acontecimientos de 1983, traídos recientemente por un ejercicio de memoria colectiva. La recuperación democrática como proceso eminente de la historia política de la Argentina reciente, nos conmueve a todos: tanto por los 53 años de inestabilidad que le precedieron, como por aquellos 25 en que sí hemos logrado mayores consensos.

Con el 51,7% de los votos, el 30 de octubre de 1983 el electorado nacional consagraba a Raúl Alfonsín, candidato por la Unión Cívica Radical, como Presidente de todos los argentinos, mientras llevaba la fórmula justicialista Luder-Bittel, a un segundo lugar dado por el 40,1% de los sufragios.

Muchos no habíamos aún nacido, no estuvimos presentes ni fuimos testigos reales de los acontecimientos que devolvieron al pueblo argentino su posibilidad democrática. Sin embargo, sí vivimos la derivación directa de aquellos sucesos que configuraron, no sólo los 25 años que llegan hasta el 2008, sino los tantos que aún están por venir, influyendo en directo nuestra vida cotidiana. Somos hijos de la libertad: de una libertad que ya no es anhelo, sino institución.

Vimos al Radicalismo, a quien tocó conducir los comienzos de la nueva época democrática; vimos al Justicialismo, que gobernó las dos terceras partes de estos veinticinco años; y también vimos alternativas desde terceras fuerzas que emergieron y también llegaron a desaparecer. Pese a los vaivenes, yerros y fracasos de la interpretación política que hicimos, hoy destacamos la posibilidad asumida no sólo de asignar esas dirigencias (según el noble discernimiento de la voluntad popular), sino también la de participar y así componer, conjuntamente, los destinos comunes.

Quizás con frecuencia los argentinos reclamemos por algunos de los tantos defectos o menoscabos de nuestro sistema, de las diversas gestiones de gobierno o de ciertas políticas adoptadas: ahora bien, cuánto debemos reconocer que, aún pese a esas muchas limitaciones, nuestro general convencimiento en favor de la Democracia es progresivo, creciente, y sin vueltas atrás.

Desde hace 25 años, la política ya no está librada al designio de aquellos armados golpistas o de “ciudadanos que preocupados, detrás de una falsa defensa de libertades”, con nula conciencia cívica pero altos intereses, causaban prácticas desleales sorteando la auténtica libertad de los argentinos.

El jueves último, cuando en el Luna Park la Juventud Radical homenajeó al primer presidente de la Democracia, uno de los videos proyectados sintetizó una idea en una figura notable: lo grande de la Democracia es que nos permite “hasta equivocarnos y luego corregirnos”; mientras que fue en nombre de su “perfección”, cuando se concluyó en dictaduras atroces e inhumanas.

Hemos superado pruebas pasadas, y hemos asumido otras nuevas. “Atrás quedaron los desafíos de aquella época, como la neutralización del poder de las Fuerzas Armadas, el respeto por los derechos humanos o la supremacía de la Constitución”, escribía Antonio Cafiero hace unos días.

Y cómo no dar la palabra a quien guió la avanzada de aquella gesta: “parece poco, pero nos costó más de 50 años de alternancia cívico-militar entender que el pueblo, y sólo el pueblo, es capaz de decidir su destino y que, como sosteníamos en 1983, las grandes mayorías no tienen derecho a permanecer en silencio” (Raúl Alfonsín, 30/10/2008).

Octubre de 1983 no fue sólo el conseguirnos un Gobierno según nuestra voluntad: fue lograr el comienzo de un camino que nos permite expresar todas nuestras voluntades, aún siendo distintas. Fue un proponer y un aceptar: un verdadero ejercicio de voluntad y libertad colectivas.