jueves, 18 de septiembre de 2008

Nota I

Con la democracia se come, se cura y se educa.

Por JUAN L. MANAZZONI
Enero de 2008.

Constituye esta afirmación del presidente Alfonsín una de las más significativas expresiones del aquél espíritu democrático que vibraba la Argentina de los años ’80, ante la inminencia y efectivo retorno del actual régimen político: la Democracia.

Más allá del merecido reconocimiento para el autor de esta frase y en gran medida, bastonero de los procesos de aquel momento, es hoy esperable que a veinticuatro años de ese comienzo formal, los argentinos elaboremos un pensamiento, aunque pequeño, acerca de esta realidad esperada, vivida, y que por los años, por la historia será revivida.

“Con la democracia se come, se cura y se educa” fue una frase breve y categórica que logró expresar entonces una de las mayores expectativas en el corto plazo, y esperanzas, en el largo, que cada argentino guardaba en sí, en un país hundido en el caos y la violencia, las crisis económicas y la parálisis social. Un país callado, y a la fuerza. Una Argentina que junto a la Democracia, esperaba encontrar una pretendida socia: ‘la eficiencia’.

Hoy esta perpetuada afirmación reabre el debate que desde hace años separa los conceptos de “democracia sustantiva” y “democracia mínima”.

Con su expresión, Alfonsín (como lo habían hecho también antes los peronistas) auguraba que a la par de organizar democráticamente el país, se lograría garantizar y ejercer la inclusión social y cierta equidad económica. Consagraba de esa manera una necesaria relación de causa-consecuencia entre el pueblo gobernante y la eficiencia lograda por ese mismo gobierno. Ese planteo está implicado al hablar de “democracia sustantiva”, junto con aquél que posibilita la verdadera participación ciudadana tras la previa satisfacción de las básicas necesidades de los mismos ciudadanos. “¿De qué sirve la libertad política para los que no tienen pan? Sólo tiene valor para los teorizantes y los políticos ambiciosos”, señalaba Marat, el revolucionario jacobino de la Francia que sucedió a 1789.

Enfrente, los defensores de la democracia mínima argüían y aún lo hacen hoy, que como mecanismo o procedimiento, la Democracia en esencia prescinde de otras exigencias o demandas de origen social: si es en la necesidad de “Paz, pan y trabajo” cuando se reclama el régimen democrático, se corre el serio peligro de que, ante la falta de éstos, se apele a una “solución extraordinaria”, como pretendió dar razón de si misma la dictadura militar. Qué pensar entonces acerca de la posibilidad de que esta “solución” acabe por responder positivamente a ciertas demandas ciudadanas: ha sido así, como la historia vio justificar no pocos autoritarismos.

Vale observar la historia argentina del siglo XX y su itinerario recorrido. Efectivamente esta consideración lleva a recordar que razones como aquéllas fueron exhibidas ante el estallido de golpes que se llevaron a presidentes como Frondizi, Illia o la misma Isabel Perón: con el argumento de la “necesidad de salvar al País” los militares tomaron el poder antes o durante períodos críticos.

Sin dudar de la alta vocación cívica del presidente Alfonsín, un cuarto de siglo más tarde, la sociedad nacional se halla ante una situación diferente: hemos experimentado que aún en Democracia, muchas veces “no hemos comido, o no nos hemos educado o no nos hemos curado”. La esperanza y las expectativas de entonces no fueron cumplidas plenamente.

Pero hoy, al hablar de Democracia, las generaciones que nacimos y crecimos con la libertad hecha institución, volvemos a defenderla y lo hacemos por su valor propio: la reivindicamos por ella misma, independientemente de sus juicios de eficiencia. Éstos últimos suponen otro debate. Así fue como en 2001, aún frente a una arrolladora y multifacética crisis, el régimen subsistió.

Hemos dado un paso hacia delante: frente a críticas pesadas (y a veces ligeras también) de las que es objeto nuestro sistema político, y ante al pesimismo que a veces se quiere sembrar, hoy la Argentina reafirma su compromiso con la Democracia. Quizá ciertos actores o elementos o circunstancias disgusten a algunos, a varios o a muchos. Pero una abrumadora mayoría, forjada en un TODOS, vuelve a decir que aunque toquemos fondo, la solución la encontramos juntos, como Nación.

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