Actitud federal
Por JUAN L. MANAZZONI
Febrero de 2008
Desde que el hombre desarrollara lo propio de su condición política y social e interactuara con los demás para la toma de las decisiones públicas, históricamente, la pesquisa por obtener cada vez más poder, ha sido una actitud constante, aún en regímenes políticos extremadamente diversos.
Desde que el hombre desarrollara lo propio de su condición política y social e interactuara con los demás para la toma de las decisiones públicas, históricamente, la pesquisa por obtener cada vez más poder, ha sido una actitud constante, aún en regímenes políticos extremadamente diversos.
Siempre se ha buscado el poder en mayores proporciones, a fin de implantar de la mejor manera las decisiones y disposiciones por adoptar. Frente a estas búsquedas sin fin, que las más de las veces derivaron en ambiciones desmesuradas, con el correr de los siglos fueron forjándose mecanismos para enmarcar el accionar de los poderosos en orden a un mayor beneficio público, por sobre el mero encumbramiento de aquellos.
Así es como se gesta el Federalismo: simplemente, una "forma descentralizada del poder", consagrado en la pionera Constitución norteamericana. El origen de este vocablo proviene del latín foedus, que significa “pacto, tratado o alianza”, por la posibilidad de concebir jurisdicciones “aliadas” y de menor jerarquía que un Estado más abarcativo que toma decisiones por todos sus integrantes.
Nuestro pasado nacional, tantas veces mal teñido por algunas historiografías liberales y descolorido en defender la nacionalidad, muestra en la evidencia de los hechos el arrojo de célebres caudillos provinciales, allá por el siglo XIX, que recurrieron a la violencia del fuego, la guerra y sus luchas, pero conservaron, con la llama del espíritu nacional, un país coaligado y así, la unidad de la hermandad argentina. Recién después de tres décadas de pugna por el reparto y la asignación de competencias, fue que al fin se llegaron a plasmar el establecimiento y la operatividad del federalismo en las Letras constitucionales.
Emblemáticamente, en la Constitución de 1860, por la que la Provincia de Buenos Aires se incorporó definitivamente a la Confederación Argentina, el general Mitre –quien dos años más tarde sería electo según ese mismo texto constitucional-, reemplazó lo que hasta entonces se denominaba Confederación por el concepto de Nación: toda referencia a la Organización del país debía revelar principalmente la unidad del pueblo argentino, todo y entero.
Y a la vez se nos advertía: el federalismo no se agota como principio de organización del Estado, porque nace de un sistema de valores y solidaridad nacional que es subyacente y preexiste a cualquier ley escrita. Por eso, que es sobre este sistema de valores solidarios que habremos de cimentar cualquier reforma o ampliación del edificio nacional.
En el siglo XX, Juan Perón ilustró clara y resumidamente la noción para nuestro federalismo local: junto a un gobierno central que estratégicamente planifica los objetivos básicos según la Doctrina nacional, existen múltiples estados provinciales con libertad y autonomía, riquezas y ventajas, que ejecutan operativamente lo necesario en pos de aquellos objetivos generales, conforme a sus necesidades y preferencias locales.
A partir de ese principio se consagra nuestro modo de gobierno: un régimen presidencialista fuerte y unificado, balanceado ante un Congreso bicameral, que garantiza la igualdad, autonomías y representatividades de las provincias (con proporción poblacional en Diputados, e igualdad numérica en el Senado) y las que, a la vez, tienen su ordenación propia.
Así nos encauzamos más hacia el deseado reparto del poder con criterio integrador, a fin de que 1) el ejercicio del mismo sea concertado, objetivado y no peligrosamente restringido a unos pocos actores o regiones, 2) las responsabilidades también sean compartidas socialmente, 3) y el vigor del gobierno sea cada vez mayor: siempre a partir del fomento y desarrollo de las potencialidades sociales y reduciendo las asimetrías que surgen al contraste de realidades locales.
Sólo uniéndonos en equitativa integración nacional los argentinos podremos forjar un futuro con proyección y apertura mundial. No recurriendo a negociar “desde afuera” el destino de la Patria, sino regresando a la voluntad del pueblo que sagradamente se expresa en el voto y en esa participación que cada vez más debemos hacer prosperar.
En la madrugada del Bicentenario, los argentinos sumamos años de vida y camino conjunto o desencuentros, y volvemos a encontrar en el federalismo otro de los valores vitales para la construcción de una sociedad que busca avanzar, integrando a toda la Nación, sin exclusiones. En el marco pacífico que nos consagra el Estado de derecho, se necesita de aportes nuevos al debate hacia un constante perfeccionamiento de la Organización nacional.
La mentada recuperación y renovación de los partidos políticos se encuadra en esta expedición: como estructuras canalizadoras de demandas sociales y participación electoral, es necesario que estas agrupaciones lleguen a cada rincón del país: no sólo a buscar votos, sino a permitir que el último argentino que quiere ser oído, pueda disponer su voz y su trabajo a la Grandeza de la Nación.
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