jueves, 18 de septiembre de 2008

Nota IX

Los dos caminos

Por JUAN L. MANAZZONI
Abril de 2008

1. El conflicto entre el Gobierno y el campo, que incide cada vez más en nuestra vidas y en las opiniones que van surgiendo, hace que por estos días la vida de los argentinos corra por el cauce que dos extremos generan: la intransigencia y la intolerancia, actitudes ambas que se muestran entre el meollo de intereses de las partes contendientes.

Dos son los caminos que bifurcan ante el conflicto campo-Gobierno, caminos que no están dados por el actor que cada uno apoye: en clave democrática, esos dos caminos son el de la intransigencia y el de la intolerancia.

Desencuentros como el actual, hacen que emerjan cuestiones de fondo que nos interpelan a cada ciudadano, trascendiendo simpatías políticas o intereses de sector, a fijar una apreciación de la situación, por el hecho mismo de conformar todos la Patria que nos une. Solucionar un problema como el actual, clara necesidad para el bien de todos y argumento asimismo por el que una de las partes contendientes da la pelea, se hace cada vez más imperioso.

2. Alejando nuestra mirada de las diferencias concretas que existen y separan a algunos argentinos de otros argentinos, pueden contemplarse dos posibles vías por las que transitan hoy las partes que se enfrentan, es decir, el método o camino que eligen recorrer.

Ver que hay diferencias no necesita demostración: dos actores colectivos identificados claramente pelean por un poder real, que les lleve a decidir lo que consideran mejor según su propia visión.

Pero más allá de los mensajes defendidos y enarbolados, se encuentra la actitud de cada uno, que como envoltorio colorea el cuadro de situación. Esa actitud, humana por cierto, que las partes y cada ciudadano vaya adoptando, será un férreo determinante para el mañana en la solución de la coyuntura en el corto plazo, y en el mediano para la reconfiguración del mapa de poder de la Argentina que viene.

Las actitudes de intransigencia o intolerancia hoy son excluyentes: intransigencia implica no consentir en aquello que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con las diferencias. Es decir, para el intransigente no es válido saldar distancias, dar soluciones o satisfacer demandas, violentando los valores y la ética que se profesa. Son para él sus ideales, sea la Justicia social, las libertades cívicas o lo que sea, lo más alto de su escala de valores, que lo llevan a actuar de determinada manera.

Gráfico de la intransigencia es aquél viejo apotegma yrigoyenista: "que se pierdan mil presidencias pero que se salven los principios", fundiendo el desarrollo de las sociedades con el cumplimiento de sus leyes morales y positivas.

A diferencia, otros afirman que la defensa de los valores e ideales hasta el fin acaba por cerrar oportunidades: “la intransigencia rima con incompetencia” decía Milton Friedman. Lamentablemente, es común oír esa concepción en boca de muchos argentinos.

3. La historia muestra casos en los que muchas veces, quien esta disfrazada detrás de la intransigencia, es su reverso, o sea, la intolerancia: falta de respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.

Una actitud intolerante relativa al conjunto social es por demás riesgosa y para todos. La falta de respetos detrás de una bandera inocente, termina en violencia social y en mayores desmadres generales.

Cuando se enarbola una Causa nacional que no lo es en esencia, se arriesga la paz social, retardando un progreso institucionalizado, por un lado, mientras se falta a los derechos y libertades del adversario, por el otro. Cuando estos datos se manifiestan, ya no hay intransigencia: lo que hay es intolerancia, más allá de los discursos.

4. La verdadera intransigencia, aquella que no negocia valores ni adapta los ideales perennes a las circunstacias, en un marco de Estado de derecho, no puede poner en peligro el Bienestar de la Nación ni jaquear el ejercicio de derechos individuales.

El cincuentenario de la asunción de Arturo Frondizi nos hizo revivir otra vez la enseñanza de que los planteos y coerciones a su Gobierno sólo llevaron al estancamiento de un proyecto que consagrado por el voto popular, prometía al desarrollo nacional, y entonces, tras su caída, no se presentaron alternativas mejores, por años.

Hoy, en una discusión que es, como dijimos en otra oportunidad, coyuntural y de intereses, que sí pueden legítimamente ser negociados, todo planteo o demanda social debe darse en un marco de respeto por la institucionalidad y no al margen de ella: con intransigencia respecto de los valores sociales pero sin intolerancia alguna.

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