jueves, 18 de septiembre de 2008

Nota VIII

La autoridad de Cristina

Por Juan L. Manazzoni
Marzo de 2008

En los últimos días, los argentinos venimos escuchando cómo actores pertenecientes a diversas esferas de la vida social, “cuestionan la autoridad” de la Presidenta de la República, al acusar de que la última palabra en materia de decisión pública no proviene de la actual Jefa de Estado.

Se oye a algunos decir que “Cristina está debilitada”, presa de Néstor Kirchner, su marido, proclamado presidente del Partido Justicialista por estos días, quien se constituiría, de última y según quienes denuncian, en la autoridad real del país.

“La Autoridad pertenece a quien hace cambiar y no a quien experimenta el cambio: la Autoridad es, en lo esencial, activa y no pasiva” dice Kojève. En otras palabras, quien tiene autoridad es aquel agente consciente y libre que por sí logra cambiar las cosas. ¿Por qué dicen que Cristina Fernández no es la agente que conduce los cambios?

“Dime con quién andas…”

Tratemos de desenredar la madeja y mínimamente una distinción aclarará las aguas: comencemos por fijarnos quiénes son los que se embarcan en estas denuncias, ¿los que con su voto acompañaron al peronismo en octubre pasado? ¿O los que sufragaron por otras propuestas o proyectos políticos?

Basta con encender por un momento la televisión para ver que quienes manifiestan estas “preocupaciones” son referentes políticos de la oposición argentina, desvirtuada y abatida. Los mismos que están debilitados y aplanados como oposición, son los que en proyección, dicen estar “preocupados por la debilidad del actual Gobierno”.

Claramente, son los que el 28 de octubre pasado votaron o representaron otras opciones, distintas del proyecto ganador y distintas y distantes entre sí. Son los que perdieron frente a este Gobierno, y hoy quieren que la Presidenta decida de acuerdo a sus intereses, o que no decida o que, llanamente, no sea Presidenta: esos son los que hablan de la supuesta débil autoridad de Cristina.

Estos que transfieren su propia debilidad adjudicándosela al Gobierno, evidentemente, apelan de nuevo a la misma actitud derrotista, irresponsable y mediocre que los argentinos ya vimos, y que consiste en poner en cuestión una institución o investidura por causa de diferendos ideológicos o coyunturales o de intereses.

Allá por el año 2001, cercano en el tiempo, lejano por todo lo hecho y más lejano aún para la memoria de los que niegan esa historia, la Argentina afrontó una de las crisis más distorsivas de su historia: el 20 de diciembre de aquel año, con el Gobierno caía un modelo de país que a las claras resultaba un fracaso.

Dos fueron las actitudes frente a aquél desmayo: la de quienes apostaron a la posibilidad de una ordenada salida que funcionara (y funcionó), y la de aquellos que, en medio del caos, siguieron gritando sin nada proponer y denunciando sin nada que expresar.

Frente a la desazón y el desaliento esparcidos, fue el canal institucional, no obstante, el mismo en el que pocos creían, la vía por la que se recuperó la senda de la gobernabilidad.

Hoy, paradojalmente, muchos de aquellos que llevaron el país hacia el abismo, muchos de aquellos que casi licuaron la capacidad institucional de la República, vaciando de poder y credibilidad, son los que quieren opacar a quien ejerce la Presidencia, restando consecuentemente a la institución presidencial misma, restablecida en su capacidad de iniciativa y decisión.

En aquellos días delicados de 2001, hubo dirigentes políticos, que sembraron el recordado “que se vayan todos”: lo peor, es que quienes lo pronunciaban, no eran desperdigados representantes de grupos antisistema, sino los que al mismo tiempo alzaban discursos para constituirse en monumentos de la República. ¿Un ejemplo? Elisa Carrió.

La señora Carrió, “una denunciante” al decir de su padrino político, el mítico Raúl Alfonsín, o “la iluminada” como osa hacerse llamar, la misma que fue diputada nacional por la Alianza cuando ésta conformó aquél fugaz e infausto gobierno, junto a grupos parciales que se abrogan la totalidad de las representaciones sectoriales, y algunos defensores de una Argentina ‘que ya fue y que nos fue’, se acercan entre sí… ¿con unidad de concepción? No, sino con “otro objetivo”. Cabe preguntarse cuál será el objetivo que en el fondo une a estos actores.

Tras el estallido de un conflicto sectorial, campo-Gobierno, cuyo fenómeno generalizado fue el perjudicial desabastecimiento que padeció la sociedad toda, aquellos actores volvieron a los micrófonos con cínico aire de inquietud; ahora bien, pero no inquietos por algo que perciben, están inquietos por lograr lo que están buscando: con cara de preocupación, trabajan por desprestigiar al Gobierno de toda la Nación.

Y aquí se manifiesta el doblez, que señala a estos fariseos sociales: se fundan ligas y coaliciones bajo la bandera de lo cívico y lo republicano, mientras en verdad se tejen hilos para enredar la marcha de esas reformas propuestas que la gente votó; ante esas reformas, es totalmente legítimo oponerse, pero eso sí: respetando las reglas del juego democrático y no apremiándolas.

Algunos dicen que los dirigentes de este Gobierno día tras día se obsesionan ante posibles teorías conspirativas: lo dicen para ganar de mano, y tratar de excluir esa posibilidad real. Ahora bien, antes de esa imputación, preguntémonos “¿no será cierto que esas conspiraciones existen?” Tratemos, no de repetir como loro, sino al contrario, busquemos tener pensamiento propio, y preguntémonos: “¿cómo se explica esta solidaridad entre sectores opositores que por largo tiempo y públicamente se mostraron indiferentes entre sí?”

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