La centralización obrera
Por JUAN L. MANAZZONI
Marzo de 2008
En la antigua Roma, cuando los trabajadores decidían protestar solidariamente por sus condiciones y mejoras, escapaban de su labor y resolvían no trabajar, quedándose en el Aventino, una de las siete colinas sobre las que se fundó la ciudad, con los brazos cruzados.
También es en Roma, en la época de la monarquía, cuando aparecen las más antiguas corporaciones, como la de los tocadores de flauta, herreros y zapateros, alfareros, entre otras.
Más tarde, en la Edad Media europea, patronos y obreros llegaron a congregarse en asociaciones similares a las de socorros mutuos, únicas por actividad, para cultivar y resguardar el oficio: a la tarea de reivindicar lo que al obrero le corresponde, se le suma entonces la de enseñar, transmitir y calificar la labor: y con clara conciencia de la mutua y necesaria correlación entre el capital y el trabajo.
El siglo XV trajo consigo un gran cambio: tras el auge que las Cruzadas dieron al comercio, éste termina separándose de la industria, y así el trabajo físico y manual comienza a desestimarse de a poco, y originando cierta distancia que con el tiempo devino en conflicto.
Con la Revolución Industrial, el maquinismo acarrea la producción en masa y el trabajo manual merma más aún: el obrero es más marginado, se lo considera ya casi un número, sin derechos; emerge un gran problema a resolver: lo que en el siglo XIX no tardará en llamarse “la Cuestión social”. Y con ella, los movimientos y organizaciones obreras; los teorizantes, Marx, la revolución rusa de 1917 y toda una historia de décadas y luchas obreras.
Si bien en esta docena de párrafos no podemos reducir esa escalera de hechos y acciones de los que siempre se esforzaron por defender a los trabajadores, esta poca luz del pasado debe ayudarnos a evitar que, livianamente, por el mal ejemplo de alguno, se tiña u opaque esta actividad elemental para la vida social que es la defensa del los trabajadores: como en todo, las malas prácticas de algunos no dan derecho a acusar a los demás.
Hoy los argentinos nos debemos un debate para el rescate de aquella acción gremial, a fin de salvar la tarea de surcar justicia en los lugares de trabajo.
La sociedad de las telecomunicaciones y la Globalización presenta una nueva disposición económica, y que conlleva un nuevo esquema de trabajo: más que nunca, en la actualidad son valores fundamentales de inclusión el conocimiento y el protagonismo tecnológico. A un nuevo esquema de trabajo, correspondería, naturalmente, una nueva clave sindical.
Por ejemplo, mientras la tecnología avanza exponencialmente, se denuncia el contraste entre la tesis que afirma que las únicas inversiones competitivas son las que incorporan tecnologías de avanzada, ante la consecuente y paradojal expulsión de mano de obra. Mientras se crece por un lado y se decrece por otro. En este nuevo “diseño”, hay talleres y oficinas que pierden trabajadores, y así, muchos sindicatos restan cada vez mayor influencia y representación.
Este ejemplo sirve para ilustrar la necesidad de establecer las claves de un nuevo y saludable sindicalismo argentino. Puede afirmarse que esas claves son dos: la modernización y la centralización para la atención del Trabajador.
Modernizarse es necesario para responder a este nuevo esquema de vida económica y productiva, implicado desde la integración a un mundo que cambia vertiginosa, cotidiana y profundamente. Por ello, volver la mirada y la acción hacia “el conocimiento y el protagonismo tecnológico” es un deber insoslayable de quienes dicen defender al trabajo. Y ello de suyo será más efectivo que unas cuantas medidas de fuerza.
Centrarse en el foco para lo cual existió siempre el sindicalismo supone retornar la atención hacia el trabajador mismo, para su defensa con justicia, “la reina de las virtudes republicanas”, al decir de Bolívar. Más que a la defensa de las solas organizaciones: ya que éstas, sin el valor del Trabajador, no tienen razón de existencia.
Más allá del “divide y vencerás” que nos legó Julio César, hoy se asienta más la necesidad de recuperar la “unidad para la defensa” de los obreros, arista fundamental para el progreso social.
Nos fue enseñado que es la “unidad de concepción la que promueve la unidad de acción”: la división del movimiento obrero será funcional a intereses, que son o sombríos, o meramente particulares.
¿A quién le conviene más la división del movimiento y su central obrera? Naturalmente que a quienes bajo la bandera de la competencia buscan sembrar división y cosechar beneficios.
Por ello, la unidad y la innovación para la representatividad clara y el amparo de los obreros son hoy las guías por las que habrá de salvarse este fundamento del desarrollo con Justicia social.
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